VALENTINA
De pronto, con un movimiento rápido, sacó una tarjeta negra y mate del bolsillo de su chaleco y me la deslizó entre los dedos entumecidos, que aún aferraban la tela del hábito.
—Toma. Para tu causa. —Una risa baja, gutural, escapó de su pecho—. Hay hombres ahí que pagan bien por… servicios religiosos.
Sentí que el suelo cedía bajo mis pies. Apreté los puños hasta que las uñas se clavaron en las palmas, conteniendo el impulso de arrojarle la tarjeta a la cara. No lo hice.
—Eres una basura, y arderas en el infierno —escupí, con todo el odio que cabía en mis pulmones.
—Y tú la puta que Dios abandonó. —Se ajustó un gemelo de la camisa, indiferente—. Recoge tus papeles. Y la próxima vez que te toque un milagro… reza para que no sea yo.
Abrió la puerta tan indiferentes, para marcharse.
—Eres un monstruo— logro pronunciar. Él se volvió, solo medio perfil.
—No —dijo, enderezándose—. Soy el hombre que acaba de darte una salida. Úsala… o arderás con tus huérfanos.
—Lo único que lamento… es haber estado esa noche en la capilla. Debería haberte dejado morir. —dije mientras con el dorso de la mano, me secaba las lágrimas que ardían como ácido en mis mejillas.
Dorian se río. Una carcajada corta, brutal, que resonó en la habitación como un disparo.
—Si pudieras volver atrás, me buscarías otra vez. Porque aunque te duela admitirlo… nadie te ha hecho sentir tan viva como yo. Ahora vete, antes de que me arrepienta del tiempo que te he dado y mande a demoler ese maldito lugar ahora mismo.
La puerta se cerró de verdad esta vez, con un golpe definitivo. Me quedé allí, temblando contra la pared, oliendo a él, a tabaco, a sexo y a mi propia derrota. Luego, lentamente, me incliné y recogí los papeles del suelo. Los apreté contra mi pecho, donde el hábito aún olía a incienso y a lavanda, un perfume que ahora me parecía de otra vida. De la vida de alguien que ya no existía.
Sali del despacho como si el aire dentro se hubiera vuelto veneno. No caminaba; mis piernas me llevaban por pura memoria muscular, mientras mi mente era un blanco estático, un silencio atronador después de la explosión.
El pasillo se alargó ante mí, como un túnel iluminado por apliques de oro que ahora me parecían los ojos de insectos dorados observándome. Los hombres de Dorian, me seguían con la mirada. No decían nada, pero el peso de su atención era un fardo físico. Uno de ellos, cerca de la salida, dejó que sus dedos rozaran el borde de mi manto al pasar. Un roce deliberado, lento, que me heló la piel hasta los huesos.
—Parece que el jefe ha tenido una noche caritativa —murmuró, y su voz baja, cargada de insinuación, se me clavó más hondo que cualquier insulto.
Otro, más joven y con una sonrisa torcida, emitió un gemido burlón, bajo y lascivo. Fue la chispa. Una risa ronca, contenida pero unánime, se extendió entre ellos como un reguero de pólvora. El rubor me subió desde el cuello hasta las sienes, una quemadura de pura vergüenza. Bajé la cabeza, apreté los dientes hasta que me dolió el cráneo, y aceleré el paso, sintiendo cada una de sus miradas como dedos sucios sobre mi espalda.
La espera frente a los ascensores fue una tortura pública prolongada. Me sentí desnuda, transparente. Estaba segura de que podían ver a través de la lana gruesa del hábito, de leer en mi postura encogida y en mis ojos evasivos la historia sórdida que acababa de escribir Dorian sobre mi piel. Cuando las puertas de bronce se abrieron por fin, me colé dentro como un animal acorralado que huye a su madriguera. El ding suave al cerrarse fue el sonido más liberador que había escuchado.
Y entonces, sola en ese cubo de espejos que multiplicaba la imagen de una mujer con el rostro desencajado y el hábito en desorden, el cuerpo me falló. Me desplomé contra la pared, el frío del metal atravesó la tela hasta los huesos. Y lloré. No fueron sollozos, sino un llanto silencioso y profundo, un manantial de sal y rabia que brotaba de un abismo recién abierto en mi alma. Las lágrimas ardían al caer, pero no me limpié. Dejé que corrieran, que abrieran surcos en mi cara. ¿De qué servía limpiar el agua, si la suciedad, el olor a su colonia amaderada, a tabaco y a sudor, lo llevaba impregnado en la piel? Aún sentía el mapa que sus manos habían trazado, un territorio de conquista violenta. Un temblor fino, como el de una cuerda a punto de romperse, me recorría por dentro.
En la planta baja, la puerta se abrió. Me sequé la cara con el dorso de la mano y me puse de pie, obligando a mis piernas a sostenerme. Caminé por el lujoso vestíbulo con la vergüenza pesando como una losa de mármol sobre mis hombros. No miré a nadie. Sentí las miradas de los guardias de seguridad, de la recepcionista, pero seguí adelante, con la cabeza baja, rumbo a la salida y a la lluvia que parecía querer lavarlo todo.
Afuera, la ciudad se había oscurecido bajo una llovizna pertinaz. Corrí hacia el primer taxi que vi estacionado.
—Al orfanato Santa María —dije, metiéndome en el asiento trasero. Mi voz sonaba a destiempo.