VALENTINA Su mandato es claro. No busca una admisión genérica; busca un espectáculo. Quiere el relato, los detalles, quiere verme saborear mi propia perdición mientras se la cuento. —He… he imaginado… la sensación de que alguien me descubra. Que me desvista no para curar, sino para… para mirar. Para tocar. He deseado… —la respiración se me corta— he deseado ser poseída. No por la gracia divina, sino por… por una fuerza que me anule. Que me haga dejar de pensar, de elegir. Que convierta este cuerpo en un instrumento de… de placer ajeno. Eso… eso es lo que mancha mis noches. Lo que mancha mi oración. Él se inclina hacia adelante en el sillón. El cuero viejo cruja bajo su peso. Siento su aliento antes de verlo moverse; caliente, cargado del vino y de su propia excitación, atraviesa la más

