CAPITULO 75

1280 Words
VALENTINA Unas horas más tarde, llego a la dirección. El edificio es discreto, un fantasma de ladrillo y sombras entre otros comercios cerrados, sus ventanas ciegas como ojos muertos. Subo por una escalera angosta que serpentea en la penumbra, mis dedos se aferran al pasamanos frío y pegajoso como si pudiera frenar el temblor que me recorre desde dentro, un temblor que es mitad miedo, mitad anticipación venenosa. Frente a la puerta marcada con una «C» desgastada y sucia, me detengo. Respiro. Una, dos, tres veces profundas. El aire aquí huele a polvo, a humedad, y por debajo, a algo más... Es el olor del precio a pagar. Al abrir, una bocanada de aire cálido, espeso y cargado, me envuelve como una segunda piel. Es como sumergirme en un líquido denso y opaco. Avanzo con lentitud de sonámbula, mis pasos son silenciosos sobre una alfombra de terciopelo rojo tan profunda y oscura que parece un charco de sangre vieja, coagulada bajo la luz tenue. Todo el espacio está bañado en una penumbra ámbar, iluminado solo por lámparas de salón bajas, con pantallas de seda que proyectan patrones obscenos en las paredes, y por el parpadeo hipnótico, irregular, de docenas de velas cortas. El aire es una niebla visible, cargada de un perfume dulzón, empalagoso, a incienso y a cera derretida. Es embriagador de una manera sórdida, que promete olvidar y ser olvidado. Y en el centro, como un ídolo perverso en un altar oculto, está él. Sentado en un sillón de cuero n***o, desgastado en los brazos, impecablemente vestido con un traje n***o que brilla bajo la luz como el lomo de una serpiente. Lleva una máscara. No es grotesca, es elegante en su simplicidad, metálica, plateada, cubriendo su rostro. Pero a través de las rendijas, sus ojos brillan con una luz fría, quieta, calculadora. No parpadean. En una mano enguantada de cuero n***o sostiene una copa de vino tinto, de un color tan oscuro que parece sangre. La hace girar lentamente entre sus dedos, no para beber, sino para saborear el ritual, el poder absoluto de la espera, de verme parada aquí, expuesta ya sin que me haya tocado. No dice nada. Trago saliva, que se me atasca en una garganta seca. Doy dos pasos más dentro de la habitación. Mantengo la cabeza ligeramente inclinada, la mirada baja, pero lo siento todo: cada centímetro de mi piel está alerta, erizado. Mi corazón es un animal salvaje enjaulado, golpeando contra mis costillas con tal fuerza que temo que el sonido se oiga. Entonces habla. Su voz llega distorsionada por la máscara, dándole un tono metálico, impersonal, como si hablara una máquina. —Interesante disfraz. El hábito le da un toque… deliciosamente perverso. Me gustan las mujeres que se anticipan al juego. Que entienden las reglas no escritas. Y su puntualidad… es un buen comienzo. —Hace una pausa, la copa se detiene—. Prométame que hará de esta noche algo memorable. Algo que valga cada céntimo. Me detengo. Por instinto, mis manos buscan la una a la otra frente al vientre, entrelazándose en el gesto automático, consolador, de la oración. Pero aquí no hay santidad. Solo hay este cuarto, este hombre, y el pacto sucio que me trajo. —He venido —digo, y mi voz es un hilo tenso, un susurro ronco que se pierde, absorbido, en la atmósfera cargada y opresiva—. Tal como acordamos. Él alza la copa ligeramente, un brindis burlón, obsceno, hacia mí. El vino oscuro se mueve como un remolino lento. —¿Ha venido a confesar sus pecados, hermana… o a cometer unos nuevos? Quizá a encontrar una nueva forma de rezar. El silencio que guardo pesa toneladas. Es el silencio denso de un cuerpo que ya se ha arrojado al vacío, pero que aún no ha comenzado a caer. Es el instante suspendido entre la decisión y la consecuencia. Luego, asiento. Un solo movimiento, seco, mecánico, como si mi cabeza ya no me perteneciera. Mis ojos siguen clavados en el rojo voraz de la alfombra, que desde mi perspectiva arrodillada ya no es un suelo, sino una pendiente, una boca a punto de engullirme. —Estoy… dispuesta. La palabra sale de mis labios y sabe a rendición incondicional. Él no se mueve. La copa de vino permanece inmóvil en su mano. Desde lo alto, su voz metálica cae como una piedra. —¿Dispuesta a qué? —pregunta, y el tono es de pura curiosidad lúbrica—. No sea tímida ahora, después de haber llamado a esa puerta. Las palabras tienen peso. Defínase. Dígame exactamente a qué se ha entregado. ¿A soportar? ¿A permitir? ¿O a… participar? La pregunta es un cuchillo que desmenuza mi ambigüedad. El aire, cargado de incienso, me quema los pulmones. Levanto la vista por primera vez. —A todo —susurro, y esta vez la voz no es plana. Tiembla, pero con una convicción extraña, fatalista—. A todo lo que usted quiera que haga. A todo lo que usted ordene. —Hago una pausa, tragando el nudo de orgullo y miedo que me estrangula—. Sabré obedecer. La última frase cuelga en el aire, una promesa terrible y completa. No he dicho «aceptaré» o «soportaré». He dicho obedeceré. He reconocido su autoridad, he aceptado su mando. He convertido mi voluntad en un instrumento suyo, para que la afile o la rompa a su antojo. Baja la copa sin prisa, la deja sobre una mesita baja con un clic suave. Da un leve golpecito, seco, con los dedos enguantados sobre el brazo del sillón de cuero. El sonido es pequeño, pero en el silencio es una orden tan clara como un grito. —Entonces, acérquese. Y arrodíllese. Obedezco. No vacilo. No hay espacio para la vacilación aquí. El hábito, pesado y amplio, se arremolina a mi alrededor con un susurro de tela cuando mis rodillas se hunden en el terciopelo rojo, profundo y mullido. La sensación es incongruente: la sumisión forzada sobre un lecho de lujo sórdido. El incienso me quema la garganta al respirar, mezclándose con el sabor del miedo y con algo más… una excitación prohibida, vergonzante, que empieza como un punto de calor bajo el ombligo y se expande como una mancha de aceite. Mis labios se mueven, formando las palabras de un rezo mudo, automático. Padre Nuestro que estás en los cielos… Pero ya no sé si pido fuerza a Dios para resistir, o perdón anticipado por lo que sé, en lo más hondo, que voy a desear. Por lo que una parte de mí ya está deseando. —Cuénteme sus pecados más ardientes. —dice—Los más lujuriosos. Los que esconde bajo esos pliegues de tela piadosa. Los que la hacen gemir en sueños. —He tenido… pensamientos —murmuro, la mirada perdida en la espesura del terciopelo rojo, tan cerca que cada fibra se dibuja como un tallo sangriento en un bosque prohibido—. Pensamientos impuros. Deseos… que no pertenecen a una sierva de Dios. Que la manchan. Que la convierten en algo… sucio. Mi voz se apaga, ahogada por la vergüenza y por la excitación que esas mismas palabras despiertan. Confesarlo es hacerlo más real, más peligroso. —Puedes hacerlo mejor, preciosa —corta su voz, distorsionada pero impregnada de una intimidad repulsiva—. Esa timidez es adorable, pero no es lo que he pagado por escuchar. —Siento la presión de sus dedos enguantados bajo mi mentón, fríos a través del cuero. Me obliga a alzar el rostro, a despegar la vista de la alfombra y enfrentar la oscuridad metálica de su máscara—. Dilo otra vez.
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