CAPITULO 74

638 Words
La capilla está sumida en una penumbra acogedora y, de repente, opresiva. La única luz viene de un puñado de velas que parpadean ante el altar, sus reflejos danzando sobre los rostros tallados de los santos. El padre Vittorio está arrodillado en el banco de adelante, su figura encorvada, sus manos entrelazadas con fuerza. —La madre superiora ya me contó adónde fuiste hoy —dice, su voz es serena, pero cada palabra está cargada de una tristeza profunda—. Y quiero agradecerte tu buena voluntad, hija. Tu corazón siempre ha estado en el lugar correcto. Pero… no es correcto que pidas ayuda a terceros así, por tu cuenta. Y menos… a un policía. Mantengo su mirada, aunque me cuesta. —El detective Bellini es un hombre bueno, padre. Quiere ayudarnos. —Lo sé —admite con un suspiro leve, un sonido de resignación—. Puede que su intención sea noble. Pero las personas que están detrás de todo esto… las que quieren este terreno, las que envían papeles y amenazas… no lo son. Son peligrosas. Y mientras más gente se involucre, más ojos nos miran, más hilos se mueven… más posibilidades hay de que alguien salga lastimado. De que tú salgas lastimada. Aprieto los labios, sintiendo la frustración como un nudo en la garganta. —No puedo quedarme de brazos cruzados, padre. No mientras todo se desmorona a nuestro alrededor. No puedo… conformarme con esperar a que las oraciones surtan efecto, cuando el frío y la calle son plazos mucho más reales. Él me mira, y en sus ojos veo una batalla: el afecto que me tiene contra el miedo atroz por lo que podría pasarme. —Sé que tu corazón es fuerte, Valentina. Más fuerte que tu prudencia. Pero la madre Agnes… no lo ve así. Para ella, que hayas ido a buscar a Bellini después del incendio, que actúes por tu cuenta… fue la gota que colmó el vaso. Ve desobediencia donde hay desesperación. —Se inclina un poco hacia mí, su voz se vuelve grave, urgente, casi paternal—. Prométeme, hija. Prométeme que no te involucrarás más en este asunto. Que dejarás que la madre y yo llevemos este peso. No sabes lo que puedes provocar si sigues indagando, si sigues… saliendo. Respiro hondo. Mi mirada se escapa de la suya y se clava en el crucifijo que cuelga detrás del altar. —Padre, no puedo prometer eso. No cuando sé que puedo hacer algo. Que puedo… conseguir un nuevo hogar para todos. Sin que nos separen. Sin que los niños duerman en la calle. —Lo que debes hacer —insiste— es proteger tu vida. Tu integridad. Déjame a mí ocuparme de lo demás. La fe mueve montañas, hija. A veces, solo hay que darle tiempo. Pero niego lentamente. No con rabia, sino con esa calma obstinada, esa terquedad silenciosa que sé que él reconoce. —No puedo. Hay un largo silencio. El chisporroteo de las velas es el único sonido. —Al menos —dice al final, vencido, rogando por una migaja de consuelo— prométeme que no saldrás otra vez. Que no te pondrás en riesgo. Por favor. Bajo la mirada. —Lo prometo —murmuro. La mentira sale de mis labios con una facilidad que me aterra. Me quedo un instante más, mirando la espalda encorvada del hombre que ha sido mi guía, mi consuelo. Luego, giro sobre mis talones y salgo de la capilla, dejando atrás el aroma a cera y a esperanza gastada. La promesa rota ya pesa en mi pecho, pero es un peso ligero comparado con el de las miradas de los niños. Y sé, con una certeza fría y clara, que antes de que la noche termine, habré traicionado no una, sino todas las promesas que he hecho en mi vida.
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