VALENTINA
El «insensatez» resonó en la habitación, cargado de una ira fría y contenida. Abrí la boca, buscando aire, buscando una g****a por donde colar una defensa.
—Bueno, es que… la situación es desesperada, madre. Pensé que…
—No quiero excusas —cortó, alzando una mano para silenciarme. Su mirada, gris y penetrante como el acero, no se apartaba de mí—. Su rebeldía, hermana, hasta cierto punto… es comprensible. —La admisión, sorprendente, salió con amargura—. Hasta yo, en un arranque de locura, podría haber corrido a buscar a ese miserable para arrancarle respuestas a gritos. Pero no somos mujeres corrientes. Llevamos un hábito. Y este hábito impone una conducta, una mesura, que usted parece empeñada en pisotear. Aquí no se actúa por impulsos. Se actúa con la cabeza, por el bien común. Lo de esta mañana, a regañadientes, se lo pasé. Pero esto… —Su brazo extendido señaló la ventana, la noche, mi regreso furtivo—. ¿A dónde ha ido? ¿Qué justificación tiene para exponerse, y exponernos a todas, de esta manera?
Sentí el suelo firme desvanecerse bajo mis pies. La mentira que había preparado se atascó en mi garganta, envenenada por la vergüenza de la verdad. Pero no había otra salida.
—Fui… a buscar ayuda —logré decir, y las palabras sonaron diminutas, frágiles, en el silencio cargado de la habitación.
Eso la hizo girarse por completo. Su movimiento fue lento, deliberado. Ahora la luz de la lámpara la bañaba por completo, y pude ver la profundidad de la desconfianza y la decepción en sus ojos.
—¿Ayuda? —repitió, arqueando una ceja con escepticismo glacial—. ¿A estas horas? ¿En la oscuridad, a solas? ¿Qué clase de ayuda se busca en la sombra, hermana Valentina?
La pregunta flotó en el aire entre nosotras, un puente levadizo que yo debía cruzar con una mentira convincente.
—Del detective Bellini. Me encontré con él… por casualidad, cerca de la plaza. Le conté nuestra situación. Dijo que usaría sus contactos, que buscaría un lugar, al menos temporal, para los niños. Que no nos dejarían en la calle.
La madre Agnes me estudió durante lo que pareció una eternidad.
—Agradezco su… iniciativa, hermana. Pero hay protocolos. Hay cauces. Al actuar por su cuenta, sin consultar, sin el consejo del padre Vittorio o el mío, no solo nos desautoriza. Nos hace parecer… incompetentes. Desunidos. Y en este momento, la unidad es el único escudo que nos queda.
—Lo siento, madre —dije, bajando la cabeza—. Solo quería ayudar. Pensé que el tiempo era lo más importante.
—El tiempo —repitió ella, y dio un paso hacia mí—. Sí, el tiempo es crucial. Y usted lo ha malgastado en una búsqueda individual que, en el mejor de los casos, es un gesto bienintencionado pero ingenuo. En el peor… —Hizo una pausa, dejando que la insinuación se colara en el aire—, puede atraer el tipo de atención que no necesitamos. Ya tenemos suficientes ojos sobre nosotros.
Se acercó un poco más, hasta que pude ver las finas arrugas de preocupación alrededor de sus ojos.
—A partir de ahora, no quiero que se involucre más en este asunto. No hable con policías, no haga gestiones por su cuenta. Deje que el padre Vittorio y yo llevemos el peso de esta cruz. Es nuestra responsabilidad. ¿Está claro?
Su orden no era una sugerencia. Era un muro. Asentí, sin alzar la vista.
—Sí, madre. Está claro.
—Puede retirarse.
Salí de su despacho, el peso de la mentira y el peso del verdadero plan, el de las once en punto en San Lorenzo 217, aplastándome por igual.
Salgo del despacho con paso medido, la compostura de la monja obediente aún pegada a la piel como un hábito prestado. Pero en cuanto la puerta de madera pesada se cierra tras de mí con un clic suave, el aire cambia. Mi respiración, antes contenida, se vuelve más profunda, más urgente, como si hubiera estado conteniendo el aliento bajo el agua. Subo la escalera que conduce a las celdas, cada paso resonando en el silencio sepulcral del corredor vacío.
Entro en mi celda, ese espacio mínimo que huele a cera, a tierra y a resignación. La puerta se cierra. Y entonces, solo entonces, me dejo caer sobre la cama estrecha, el colchón delgado crujiendo bajo mi peso. Cierro los ojos un instante, pero las imágenes no se van: el papel del desalojo, la sonrisa de Dorian, el número garabateado en la cabina.
Me incorporo. Con manos que intentan no temblar, saco del bolsillo oculto bajo los pliegues de mi falda dos objetos. La primera es la tarjeta negra de Dorian. La segunda es un pequeño trozo de papel arrugado, donde anoté con mi propia letra, torpe y apresurada, la dirección: San Lorenzo, 217. 3º C. 23:00.
Lo leo, una y otra vez. Como si en esos trazos de tinta azul, en esa dirección anónima, estuviera cifrado no solo mi destino, sino la salvación de todos. La clave para reunir los fragmentos de algo imposible.
Luego, me deslizo de la cama y me arrodillo frente al pequeño altar improvisado en una repisa: un crucifijo de madera desgastada, una vela ya consumida. Entrelazo las manos.
—Señor… —susurro, y mi voz suena extraña en el silencio, la voz de una extraña pidiéndole permiso a un Dios al que quizás ya he traicionado—. Sé que lo que estoy a punto de hacer es un pecado. Un pecado grave. Lo sé. Pero… castígame después. Déjame salvarlos a ellos ahora. Por favor. Déjame pagar este precio. Sólo déjame comprarles un poco más de tiempo.
Mis palabras flotan en el aire frío, sin eco. No hay respuesta. Solo el peso de mi decisión, cada vez más sólido, más real.
Un golpe suave, casi tímido, resuena en la puerta. Me sobresalto, el corazón galopándome en el pecho.
—Sor Valentina… —es la voz de sor Beatrice, filosa y siempre alerta—. El padre Vittorio quiere verla. En la capilla. Dice que es urgente.
Me levanto, desenlazando las manos con un movimiento brusco. La calma que busco imponer a mis gestos es una máscara delgada. Por dentro, la inquietud me aprieta el pecho como un puño de hielo. Salgo de la celda y atravieso el pasillo en silencio.