VALENTINA
No tengo tiempo, gritó una voz dentro de mi cabeza. Tengo que volver, prepararme, llegar a San Lorenzo 217 antes de las once… Pero mis piernas, pesadas como plomo, y el instinto de escapar de la soledad espantosa de la calle, tomaron la decisión por mí. Abrí la puerta y me deslicé en el asiento del copiloto.
—Gracias —murmuré, evitando su mirada.
Arrancó, incorporándose al flujo tenue del tráfico nocturno. Su perfil era una línea tensa contra las luces de la ciudad.
—¿Qué hacía sola y tan tarde? —preguntó, sin quitarme los ojos de encima por más de un segundo—. ¿La dejaron salir del orfanato así, sin más?
—Tuve que… salir —respondí, evasiva—. A buscar ayuda. Supongo que ya habrá oído las… las nuevas malas noticias.
Él frunció el ceño, un gesto genuino de desconcierto.
—¿Malas noticias? No, no sé nada. ¿Qué ha pasado?
El nudo en mi garganta se apretó. Contarlo en voz alta hacía que fuera más real, más irreversible.
—Esta mañana… llegó un hombre. Con un documento. Los nuevos dueños del terreno… nos dan una semana. Si no pagamos cincuenta mil euros antes del viernes, nos desalojan. Nos echan a la calle.
El auto aminoró la velocidad un instante. Vi cómo su mandíbula se tensaba.
—¿Qué clase de broma macabra es esa? —preguntó.
—Es lo que me gustaría saber —dije, con la voz quebrada—. Pero es verdad. El documento es real. Estamos… no tenemos nada. No tenemos a dónde ir.
—Investigaré esto de inmediato —declaró—. Mañana mismo. Hay leyes, recursos… esto no puede ser tan sencillo para ellos.
Un silencio incómodo se instaló. Yo miraba por la ventana, las luces de la ciudad deslizándose como manchas de color sobre un lienzo n***o de desesperación.
—Mañana —continuó él, rompiendo el silencio—, también llevaremos formalmente a sor Benedetta a la comisaría para interrogarla. Si hay alguien dentro que esté involucrado, lo sacaremos a la luz. Se lo prometo.
La mención de Benedetta apenas me rozó. En ese momento, mi mente estaba en un departamento en San Lorenzo.
—No fue Dorian Martinelli —dije de repente.
Bellini giró la cabeza hacia mí.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó, cada palabra cuidadosamente medida.
—Hablé con él —admití, sintiendo cómo el aire se hacía más denso dentro del auto—. Esta tarde, después de que entregaran el papel. Fui a su oficina a confrontarlo. Me dijo que no había sido él quien incendió el orfanato ni envenenó a los niños. Pero… sí admitió que vendió el terreno. Que era un hombre de negocios, que estaba cansado de esperar un pago que nunca llegaría.
El auto se detuvo en un semáforo en rojo. Bellini se volvió completamente hacia mí, su expresión era una mezcla de incredulidad y de una ira que empezaba a hervir.
—¿Cómo es que… fue a verlo? ¿Sola? ¿Después de todo lo que ha pasado? Valentina, ¿en qué estaba pensando?
—¡No lo sé! No sé porque lo hice —repliqué, con la desesperación dando un filo a mi voz—. Fui a buscar respuestas. A intentar algo, lo que fuera.
—¿Y qué más hubo? —insistió, su tono bajando, volviéndose peligrosamente tranquilo—. ¿Qué hay realmente entre Dorian Martinelli y usted?
—Había una… deuda —dije, eligiendo las palabras con amargo cuidado—. Una promesa que no se cumplió. Pero los hombres como Dorian, detective, no se atienen a su palabra. La convierten en otra moneda de cambio, en otro instrumento de control. Y cuando se cansan del juego, simplemente liquidan sus activos, sin importarles quién queda debajo.
El semáforo cambió a verde. Bellini arrancó, pero la tensión no se disipó. En pocos minutos, el auto se detuvo frente a la sombría silueta del orfanato. Él no apagó el motor.
—No vuelva a acercarse a él —dijo, y era una orden, no una sugerencia—. No sola. No sin decírmelo. ¿Entendido? Es peligroso de una manera que usted no parece querer comprender.
No respondí. Abrí la puerta. El aire frío de la noche me envolvió de nuevo.
—Valentina —llamó, y mi nombre en su boca sonó como un ancla arrojada al vacío—. Mañana. Empezaremos a buscar un lugar. Un refugio, aunque sea temporal. No los dejaré en la calle. Es una promesa.
Asentí, sin volverme, sin poder mirarlo a los ojos. Sus palabras eran un bálsamo y un aguijón a la vez.
—Gracias, detective —murmuré, y cerré la puerta.
Camine hacia el portón sintiendo su mirad en mi espalda. Empujé la reja oxidada del orfanato y me deslicé por el patio lateral, buscando la penumbra. Pero la oscuridad aquí ya no era un refugio.
—¡Sor Valentina!
La voz me heló en el acto. Sor Beatrice emergió de detrás de la columna del lavadero, su figura delgada y su mirada de halcón atrapándome en el acto.
—¿De dónde viene a estas horas? La madre superiora la ha estado buscando por todo el convento. Con gran preocupación, debería añadir.
Mi mente, entumecida, buscó una excusa rápida.
—Tenía que… salir. Un asunto urgente.
—¿Urgente? —Arqueó una ceja, su escepticismo palpable—. En tiempos de crisis, lo urgente es la obediencia y la unidad, no las salidas nocturnas. La madre está muy disgustada. Será mejor que vaya a verla de inmediato.
Sin esperar respuesta, señaló hacia la oficina principal con un gesto cortante.
El camino hasta el despacho de la madre Agnes fue una marcha lenta hacia el patíbulo. Toqué la puerta, y ante el «Adelante» seco que escuché, entré.
Ella estaba de pie junto a la ventana, su silueta recortada contra el cristal n***o. No se volvió.
—Hermana Valentina.
Su voz no alzó el tono, pero cortó el aire como un látigo. La madre Agnes se volvió lentamente desde la ventana, su silueta rígida recortada contra el cristal n***o de la noche. La luz de la lámpara de su escritorio apenas iluminaba la mitad de su rostro, dejando el resto en una sombra severa.
—Explíqueme —continuó— qué imperiosa necesidad la obliga a abandonar esta casa, y a estos niños que tanto dice proteger, en plena noche, sin permiso y, lo que es peor, sin dar explicaciones a nadie. —Hizo una pausa, dejando que el reproche se asentara. Luego, añadió, con un filo aún más afilado—. Y no es la primera vez hoy. Esta mañana también fue un acto de puro desafío. Salió corriendo como una fiera herida a enfrentarse a Dorian Martinelli, a alborotar el avispero, sin pensar ni un segundo en las consecuencias para todas nosotras, para este lugar. ¿En qué cabeza cabe semejante… insensatez?