CAPITULO 71

1185 Words
VALENTINA La mención de la policía, y por extensión de él de Bellini, actuó como un interruptor. Algo se quebró en la máscara de seguridad de Dorian. Su compostura perfecta se agrietó. Retiró la mano que aún sostenía mi mentón como si mi piel le hubiera quemado. Su rostro se oscureció, los músculos de la mandíbula se tensaron hasta hacerse nudos. —¡Deja de mencionar a ese imbécil! —rugió, y por primera vez, la ira en su voz no era calculada, ni fría. Era pura, cruda, visceral—. ¡Detesto que pongas su nombre en tus labios! ¡Que lo uses como un escudo, que lo conviertas en tu esperanza! Es un insecto. Un mosquito zumbando donde no debe. —Se acercó de nuevo—. Y a los insectos, Valentina, se los aplasta. Sin ceremonias. Sin testigos. ¿Entiendes? El destello en sus ojos ya no era de lujuria, sino de celos posesivos convertidos en furia homicida. En ese momento, comprendí que mi mayor peligro ya no era solo su deseo por mí, sino su odio visceral hacia cualquier hombre, hacia cualquier esperanza, que se interpusiera en su obsesión. Y Marco, sin saberlo, se había convertido en el blanco perfecto. La reacción fue más reveladora que cualquier confesión. Mi amenaza, por débil que fuera, había encontrado un punto vulnerable. —Lárgate —escupió, recuperando el control a duras penas—. Ahora. Antes de que decida cuál es el precio real de tu dignidad, y te lo cobre en una moneda que no podrás pagar. No necesitaba que me lo repitiera. Di media vuelta, sintiendo su mirada, cargada de furia, deseo y una obsesión ahora totalmente expuesta, clavada en mi espalda como una daga. Me arrodillé frente a mi cama estrecha, el colchón delgado y duro bajo mis rodillas. Después de un suspiro que venía desde lo más profundo de mis entrañas, deslicé la mano bajo la funda de la almohada. Mis dedos encontraron, escondido como un pecado mortal, el objeto frío y liso: la tarjeta negra con los bordes dorados que Dorian me había entregado aquella noche en su oficina. La sostenía en la palma de la mano, y el brillo del oro parecía burlarse de la sencilla cruz de madera que colgaba en la pared frente a mí. El mundo de Dorian no se limitaba a él solo. Era una red oscura, y en toda red hay otros hilos, otras arañas dispuestas a negociar. Tal vez no con caridad, sino con un intercambio claro, brutal. Y yo, mirando ese rectángulo de laca negra, supe que había llegado al borde del abismo donde incluso ese precio empezaba a parecer pagable. Salí del orfanato como una sombra, escurriéndome por la puerta lateral que chirriaba. Las calles a esa hora estaban desiertas, bañadas por la luz amarillenta de faroles viejos. Cada paso que daba alejándome del único hogar que conocía resonaba en mi cabeza como el tañido de una campana fúnebre. No rezaba. Ya no sabía a quién dirigirme. El locutorio estaba en una callejuela, sucio y anónimo. Las cabinas con puertas corredizas de vidrio empañado parecían confesionarios profanos. Entré en una. El aire olía a humo rancio y a sudor. Mis dedos, entumecidos por el miedo, temblaban mientras descolgaba el auricular pesado. La tarjeta negra estaba sobre la reposadera. Marqué el primer número de los cinco que ahí habían tatuados. El tono sonó una, dos veces. Un clic seco. —¿Quién haba? —dijo la voz ronca. —Un… un amigo me dio este contacto. Dijo que… que usted podría resolver problemas. Que podría ayudarme. Un silencio denso, calculado, llenó la línea. Luego, una voz emergió. Grave, áspera, cargada de una indiferencia que era más aterradora que cualquier gritó. —Depende del problema. Y de la solución que puedas ofrecer. Apreté el auricular contra mi oído, como si pudiera extraer fuerza de ese objeto inanimado. —Necesito dinero. Mucho. Y rápido. Una risa baja, sin alegría, se dejó oír. —Aquí no hacemos préstamos, angelita. Hacemos intercambios. ¿Tienes algo que valga la pena? El eufemismo era claro. Nauseabundo. Tragué saliva, sintiendo el sabor amargo de la humillación ya en mi lengua. —Depende… —logré decir—. ¿Puede pagarme lo que necesito? —Eso depende de lo que pidas, y de lo que ofrezcas —respondió, su tono ahora curiosamente profesional, lo que lo hacía aún más repulsivo. —Cinco millones de euros —solté de golpe, la cifra saliendo como un suspiro desesperado—. Es una cuestión de vida o muerte. Para esta semana. Esta vez, la risa fue abierta, se hizo una gran carcajada seca y cínica que resonó en mi oído. —¡Cinco millones! ¡j***r, angelita, has venido al lugar equivocado para pedir limosnas celestiales! Aquí el cielo está cerrado, con llave y con candado. —Hizo una pausa, y oí el crujido de cuero, como si se hubiera recostado—. Te ofrezco cinco mil. En efectivo. Por una noche. Si el servicio es… satisfactorio, podrías llevarte dos mil más. Quizá, solo quizá si cubres mis expectativas, puedas llevarte 10 mil, es lo máximo que ofresco. Cinco mil, quizá siete o diez mil. Una fracción miserable. Pero era algo, un comienzo. Un depósito para la desesperación. La imagen de los niños, de la madre Agnes con su fe rota, del padre Vittorio encorvado por un peso que no podía soportar, pasó ante mis ojos como una cinta veloz. El desalojo. La calle. El frío. —¿Dónde? —pregunté, y mi voz sonó ajena, plana, como si ya perteneciera a otra persona. —Calle San Lorenzo, 217. Tercer piso, departamento C. Esta noche. Once en punto. Ni un minuto tarde. Si llegas tarde… no hay trato. No hay segunda oportunidad. —Y la línea se cortó con un clic definitivo. Colgué el auricular. Mis manos no temblaban ahora. Estaban frías, muertas. Ya no era una decisión. Era un hecho. Un camino que había tomado en la oscuridad de una cabina telefónica. Si con esos siete mil euros podía comprar tiempo, si podía pagar una semana más, encontrar una solución… entonces mi alma, o lo que quedara de ella, era un precio aceptable. Salí a la calle. El aire nocturno me azotó, pero no sentí su frío; solo el enorme vacío que se había abierto dentro de mí, una caverna silenciosa donde antes ardían la fe, la rabia y una tenue esperanza. Caminaba rápido, casi corriendo, sin rumbo, sintiendo el peso de cada ventana iluminada como un ojo que me juzgaba, que veía la mancha invisible que ya llevaba en el alma. Entonces, un breve y seco pitido de un claxon me hizo detener en seco, el corazón saltándome al garganta. Un auto oscuro se había detenido a mi lado. La ventana del conductor se deslizó hacia abajo, y la luz de una farola iluminó el rostro cansado y marcado de Marco Bellini. —Hermana Valentina. —Su voz era grave, cargada de sorpresa y de inmediata preocupación—. ¿Qué hace por aquí, a esta hora? Suba. La llevo.
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