VALENTINA
Él sonrió, no un gesto de alegría, sino de pura lujuria por el desafío. Alzó una mano y, con una lentitud obscena, pasó la yema de sus dedos por mi mejilla, recogiendo una lágrima de rabia o de sudor frío. Su toque era como seda sobre una herida abierta.
—Podría poseerte por la fuerza —susurró, su voz un ronroneo peligroso—. Aquí, ahora, sobre este escritorio. Podría reducirte a llanto y sumisión en minutos, y nadie en este edificio se atrevería a intervenir. Pero no soy ese tipo de hombre. No quiero un cuerpo conquistado. Quiero el alma que lo habita. Quiero que te entregues. Que admites que este deseo que te quema por dentro es por mí. Que el odio y la atracción son la misma moneda, y la cara que miras con terror… es la mía.
Retiré la cabeza bruscamente, como si su piel emitiera ácido.
—Nunca —logré susurrar, pero la palabra tembló, traicionándome.
Su sonrisa se ensanchó, alimentada por ese temblor, por la g****a en mi armadura.
—¿Lo dices en serio? ¿O solo te aferras a esa noble idea porque aún no has visto el rostro de la verdadera desesperación? —Se inclinó, su aliento caliente rozando mi párpado—. El viernes a las cinco. Imagínalo. Los niños, tus niños, llorando en la acera fría, abrazando sus escasas pertenencias en una bolsa de plástico. Las hermanas, deshechas, sin saber a dónde ir. Y tú, impotente, observando cómo todo por lo que has luchado se convierte en polvo ante tus ojos. En ese instante, cuando el amor que sientes por ellos pese más que todo tu orgullo… entonces vendrás. Y entonces hablaremos de lo que realmente prefieres.
Se acercó un poco más, tanto que el aliento levente de sus palabras rozó mis labios.
—La oferta sigue en pie. Hasta el último segundo. Y sabes perfectamente cómo encontrarme. Cuando ese orgullo tuyo, tan alto y frágil, se te haga insoportablemente pesado… me buscarás.
Lo empujé con fuerza, rompiendo la burbuja claustrofóbica que había creado a su alrededor.
—No volveré. Y te aseguro, Dorian, que aunque nos arrojen a la calle, no habrás ganado. —Respiré hondo, dejando que el odio, puro y cristalino, limpiara la confusión—. Te odio —dije, y las palabras salieron limpias, afiladas como fragmentos de vidrio—. Te detesto más de lo que mi vocabulario puede expresar. Eres un cáncer. Envenenas todo lo que tocas, y lo peor es que disfrutas del sabor del veneno.
—Cuidado con tu lenguaje, Valentina —advirtió, y su voz cayó a un susurro glacial, cargado de una amenaza tangible—. Estás aquí por mi buena voluntad. Un capricho mío. Podría hacer una llamada ahora mismo, y ese montón de piedras quemadas sería un solar, mañana al amanecer. Y tú, y todas tus hermanitas de pacotilla, estarían buscando refugio en los cubos de basura. O encontrarían algo mucho, mucho peor. —Hizo una pausa, dejando que la imagen se grabara a fuego—. Pero no quiero eso. Nunca lo quise para ti. Tú… eres distinta. Un diamante en un estercolero. Podrías tener algo infinitamente mejor que rezar en la miseria. Podrías estar aquí. Conmigo. Compartiendo este poder, en lugar de sufrirlo.
El intento de seducción era grotesco, un soborno repulsivo envuelto en halagos que sabían a mentira y a poder corrompido. Aparté la cabeza, no solo por rechazo, sino porque su proximidad me parecía una contaminación física.
—¿Contigo? ¿Después de envenenar su comida, después de quemar su techo… después de condenarlos a la calle?
—Shhh —interrumpió, y su dedo índice se posó con firmeza sobre mis labios, un gesto de silencio que era también una demostración de dominio. Sus ojos, de un azul grisáceo y gélido, se clavaron en los míos con una intensidad casi violenta—. Ya te he dicho que no tengo nada que ver con esos… lamentables accidentes. Mira mis ojos. Míralos bien. Te están diciendo la verdad.
Me obligó a alzar la barbilla con su otra mano. Su rostro estaba ahora a centímetros del mío.
—Mírame —continuó, su voz bajó a un susurro—. Mis ojos no mienten. Lo supiste esa noche. Esa noche en que me cuidaste, en que tus manos tocaron mi piel desnuda para limpiar la sangre caliente. No fue piedad. Fue reconocimiento. Lo sabes ahora, con tus labios temblando y tu cuerpo respondiendo al mío. Esa noche no fue casualidad, Valentina. Fue destino. El tuyo y el mío, enredados desde antes de que tú lo supieras.
Antes de que pudiera reaccionar, o fingir una reacción, sus labios se abatieron sobre los míos. No fue un beso de persuasión; fue una toma de posesión. Sus labios, al principio duros, se movieron con una pericia salvaje, envolviendo los míos, sellando cualquier protesta. Una mano se enredó en mi cabello, sujetándome con firmeza contra su pecho, mientras la otra me ceñía la cintura, aprisionándome. Me envolvió en un torbellino de sensaciones contradictorias: el sabor a whisky y a poder, la fuerza bruta de su abrazo, la invasión de su lengua que reclamaba cada centímetro de mi boca como territorio conquistado. Era un beso que no pedía, que ordenaba. Y lo peor, la traición más profunda, fue sentir cómo una parte de mí, enterrada bajo capas de miedo y odio, se estremecía y respondía. Un calor traicionero se encendió en mi vientre, una debilidad en mis rodillas. Por un instante, perdido en la voracidad de su boca, el mundo se redujo a ese duelo de fuerzas donde mi resistencia se licuaba.
Pero la oscuridad que había dentro de mí, la que había cultivado con cada injusticia, no se rendía tan fácilmente. Con un esfuerzo titánico, reuní los fragmentos de mi voluntad. Lo aparté con un empujón cargado de toda mi furia. Y cuando su rostro, marcado por la sorpresa y un brillo lujurioso, quedó expuesto, mi mano voló. Una bofetada. Luego otra. Sonidos secos que resonaron en la lujosa oficina.
Él ni siquiera retrocedió. Se llevó lentamente el dorso de la mano a su labio, donde un fino hilo de sangre asomaba. Se lo limpió con la punta de la lengua, y una sonrisa ancha, de puro y obsceno triunfo, se dibujó en su rostro.
—Eres mía —declaró, y su voz era una caricia venenosa—. Tu cuerpo acaba de confesarlo. Tú lo sabes.
—¡Basta! —grité, recuperando el aliento, la rabia limpiando el último vestigio de confusión—. ¡Lo único que quiero es que pagues por el daño que nos has hecho!
—El único daño que le he hecho a ese orfanato, querida Valentina —dijo, enderezándose con una elegancia insultante—, ha sido corromper a la más santa de sus hermanas. Y ni siquiera tuve que esforzarme mucho. Eres un volcán dormido, y yo solo encendí la mecha.
—La policía determinará la verdad —logré escupir, apoyándome en la única autoridad que se me ocurría, por débil que fuera.