CAPITULO 69

773 Words
VALENTINA —¡No soy tu propiedad, Dorian! —grité, pero el sonido se quebró, ahogado por la proximidad y la verdad espantosa de su obsesión. —Me excita hasta el borde del dolor cuando dices mi nombre —su voz se quebró en un ronquero carnal—. Me trae ecos. De la última vez que estuviste aquí, contra la pared. De cómo lo mascabas entre dientes, entre ira y algo más… ¿Lo recuerdas? No gritabas. Gemías. Un sonido bajo, roto, que salía de aquí —su dedo, helado, me tocó justo debajo del esternón, un contacto que me hizo dar un respingo—. No gemías como una santa, Valentina. Gemías como la mujer feroz y hambrienta que llevas dentro. La mujer que me pertenece, aunque le reces a un Dios que te ha abandonado. La memoria, nítida y mancillada, me golpeó con la fuerza de un puño. La presión de su cuerpo, la lucha que se confundía con una intimidad violenta, el temblor traicionero que no era solo de rabia. Antes de que pudiera contener el impulso, mi mano se alzó y se estrelló contra su mejilla con un golpe seco que resonó como un disparo en la habitación silenciosa. —No volverás a faltarme el respeto —escupí, cada palabra como un bloque de hielo, aunque todo mi cuerpo temblaba. Él no retrocedió ni un milímetro. Soltó una carcajada baja, gutural, que no tenía alegría, solo pura y obscena fascinación. Luego, con una velocidad felina, su mano engulló la mía, la que acababa de golpearlo. No fue un acto de violencia para lastimar, sino de posesión para redirigir. Llevó mi palma, aún ardiente y húmeda, contra su mejilla, donde la piel empezaba a enrojecer y a arder. —¿Lo ves? —susurró, frotando mi mano contra su rostro con una intimidad que me revolvió el estómago—. Deseas tocarme. Lo anhelas con una furia que solo puede nacer del deseo reprimido. Tienes que disfrazarlo de ira porque el simple anhelo te aterroriza. Y entonces, sin soltarme, guió mi mano. La bajó, con una lentitud tortuosa, ceremonial. Pasó por la línea de su mandíbula, por la seda tersa de su camisa, sobre el plano duro de su pecho. Mi resistencia era un arco tenso a punto de romperse, pero su fuerza, su voluntad absoluta, era de acero. No liberó mi muñeca hasta que mi palma, contra toda mi voluntad, contra cada oración muda que gritaba en mi mente, se posó sobre la tensa, poderosa y evidente rigidez que abultaba su entrepierna, a través del fino traje de su pantalón. Una descarga de puro horror, mezclada con un escalofrío eléctrico y prohibido, me recorrió de la coronilla a los talones. —Esto, es lo único real que hay entre nosotros, Valentina. No tus votos rotos, ni ese orfanato que se desmorona. Esto. La electricidad que cruza este espacio cuando estás cerca. La obsesión que me quema las entrañas y te mantiene viva en mis pensamientos día y noche. Has venido hoy, no a suplicar por un techo. Has venido a reclamar tu lugar en este juego. A provocar la bestia que sabes que despiertas. Porque en el fondo, en ese lugar oscuro que ni siquiera te atreves a mirar, sabes que este poder, este deseo brutal y absoluto, es la única verdad que no se puede quemar, ni envenenar, ni desahuciar. Todo lo que tienes que hacer es dejar de luchar contra la marea. Y rendirte a ella. —Jamás volveré a estar entre tus brazos —declaré, y cada palabra era un clavo que esperaba clavar en el ataúd de sus intenciones. —¡Qué lástima! —exclamó, con una falsa condescendencia que destilaba poder—. Porque yo, con una simple llamada, podría comprar esa deuda ahora mismo. Podría detener el desalojo antes de que el tintero se seque en la orden. Este lugar, tu preciado orfanato… podría quedar a tu nombre. Para que lo administres, para que lo protejas. Un regalo. Un tributo, por los… servicios únicos que solo tú podrías prestar. Su oferta, vieja y retorcida, ahora venía sazonada con la urgencia del abismo. Era el chantaje supremo. Mi cuerpo, mi voluntad, mi alma, a cambio del techo sobre las cabezas de los niños. La tentación era un licor espeso y dulce que subía por mi garganta, prometiendo un alivio inmediato y una condena eterna. —¿Podría ser mío? —repetí, imitando su tono con un desprecio que quería ser vitriolo—. Prefiero vender mi alma al diablo. Al menos él cumpliría su parte del trato sin pedirme que disfrute del infierno.
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