VALENTINA
Él se encogió de hombros, un gesto de una elegancia fatigada, y se dejó caer en el trono de cuero detrás de su escritorio, dominando el espacio como un emperador ante una insurgente.
—Soy un hombre de negocios, querida Valentina. No una obra de caridad —su voz era un susurro sedoso, casi hipnótico—. La deuda era un activo tóxico. Lo vendí a un fondo de cobranzas especializado en… limpiar lastres. Un trámite frío, sí. Ya no es asunto mío.
—¡Claro que lo es! —Mi grito hizo temblar el aire tranquilo. Avancé y golpeé la superficie pulida del escritorio con las palmas de las manos—. Tú orquestaste cada paso. El envenenamiento, el incendio… cada desastre.
—No me culpes de incendios que no encendí —interrumpió, alzando una mano con fingida paciencia.
—¿Y vas a negar ahora que fuiste el arquitecto de todo lo que ha pasado en el orfanato? —escupí, inclinándome sobre el escritorio, invadiendo su espacio.
—Lo niego. Soy un hombre de negocios. No me ensucio las manos —su sonrisa era un guiño cínico.
—¡Mientes! Lo hiciste para presionarnos, para rompernos. Y cuando viste que yo no me doblegaría, decidiste no solo vengarte, sino borrarnos del mapa.
Se quedó quieto por un momento. Luego, una luz extraña, cálida y peligrosa, brilló en sus ojos. Se inclinó hacia adelante, acortando la distancia que mi desafío había creado.
—¿De verdad crees que he movilizado recursos, que he tejido esta tragedia solo por ti? —Su voz bajó a un tono confidencial, lleno de una intimidad perversa—. Para tenerte de nuevo en este despacho, justo aquí, vibrante de rabia y de miedo. Para sentir otra vez ese fuego que te recorre cuando estás acorralada. Porque, querida Valentina, es el único momento en que pareces realmente viva. El único momento en que dejas de ser la sombra piadosa para convertirte en esto. Una fuerza de la naturaleza, indomable y magnética, que tanto me vuelve loco.
Él se levantó entonces, sin prisas, y se acercó acorralándome en el escritorio.
—Admítelo —susurró, ya a mi lado, su aliento rozando mi oreja—. Lo hiciste porque esta tensión entre nosotros te arrastra aquí tanto como a mí. Porque sabes, en algún lugar oscuro dentro de ti, que esto es más real que cualquier voto, que cualquier rezo. Esto es puro, primitivo. Y te aterra lo mucho que deseas rendirte a ello.
Un temblor, que no era solo de ira, me recorrió. Él lo percibió. Una sonrisa lenta, de triunfo lúbrico, se dibujó en sus labios.
—¿Rendirme a ti? ¡jamás!
—Qué perspicaz eres —murmuró— y qué… inflamable. Ese fuego bajo la ceniza de tu santidad. Esa contradicción perfecta entre la devoción y la ferocidad… es la cosa más intoxicante que he encontrado en esta ciudad podrida. Es lo único que no he podido comprar, ni clasificar, ni dominar por completo. Y esa resistencia… esa última y desesperada lucha tuya… es lo que me mantiene despierto por la noche. Es la obsesión que consume todo lo demás. Y eso, Valentina… eso me tiene absolutamente y completamente… enloquecido.
Su confesión no era un halago. Era una reclamación. Una exhibición de poder aún más profunda que las amenazas.
—Pero los hechos son los hechos, por muy poéticos que sean tus arrebatos. El viernes, a las cinco en punto, serán desalojados.
Un escalofrío visceral, no de miedo sino de rabia helada, me enervó.
—Si no estás detrás, ¿cómo sabes el día y la hora exacta?
Una sonrisa lenta, cargada de secreto y superioridad, se dibujó en sus labios. Era la sonrisa de un hombre que disfruta mostrando, sin decirlo, los hilos que mueve.
—¿Y vas a probarlo, Valentina? ¿Con qué? Tu palabra de ex- santa despechada contra la de un filántropo respetable cuyas donaciones al hospital son de dominio público.
—Iré a la policía, denunciaré el caso—espeté, aunque la amenaza sonó hueca incluso para mí.
Su sonrisa se transformó en una mueca de lujuria lasciva y conocimiento.
—¡Ah, la policía! Claro. Ahora tú y el detective Bellini son… ¿confidentes? ¿Cómplices? —Se acercó otro paso, invadiendo mi espacio hasta que el calor de su cuerpo y el olor a whisky se volvieron una barrera física—. Me pregunto de qué hablarían, a solas, en ese almacén húmedo que huele a mar y a ratas muertas. ¿De la justicia? ¿O de las sombras que ambos llevan dentro? Él, el justiciero amargado que se acuesta con su decepción. Tú, la santa con los ojos de una asesina. Debe de ser un diálogo… electrizante. ¿Se tocan cuando hablan? ¿Rozan las manos «accidentalmente»?
El aire se me heló en los pulmones. No era solo la invasión; era el conocimiento preciso, la vigilancia constante.
—¿Me vigilas? —la pregunta salió como un susurro aterrado.
—Desde el primer día que estuviste aquí dije que eras mía. Lo dije y lo hice verdad. Cada respiración que tomas, cada paso que das en esa prisión de santidad, lo sé. Nadie se acerca a lo mío. Y ese perro policía, con su olor a fracaso y gabardina barata, se atrevió a meter sus narices. Y sus manos. Eso tiene un precio que aún no ha empezado a pagar.