CAPITULO 67

1041 Words
VALENTINA El papel del desalojo ardía en mi bolsillo, un carbón vivo que consumía mi resignación y la convertía en una brasa de ira pura. No esperé. No podía. Cada minuto era un grano de arena que se escapaba en el reloj de arena de nuestro destino. Crucé el patio con paso rápido, decidido, ignorando las miradas curiosas de los niños que jugaban con los escasos juguetes no quemados. Mi objetivo era la puerta principal, la calle, la ciudad, y en ella, la guarida del lobo. —¡Hermana Valentina! La voz, aguda y cargada de alarma, me detuvo en seco. Sor Clara, se interpuso en mi camino. —¿A dónde va? La madre Agnes dijo que nadie salga sin permiso después de… de lo de la otra vez. La miré. No vi a una compañera, vi otro eslabón en la cadena de miedo que nos aprisionaba. —Voy a ver a Dorian Martinelli —dije, y mi voz sonó clara, cortante, en el aire quieto—. Voy a reclamarle lo que ha hecho. Y no me da miedo que se lo digas a todas, Sor Clara. Dile a la madre Agnes, dile al padre Vittorio, grítalo desde la torre si quieres. Pero no voy a quedarme con los brazos cruzados mientras nos echan a la calle. No pienso pedir permiso para buscar una solución cuando ellos sólo planean nuestra rendición. La dejé boquiabierta, palideciendo, y seguí mi camino. Sus pasos no me siguieron. En la calle, el mundo exterior parecía irreal, estridente. Levanté la mano y detuve el primer taxi que pasó. Di la dirección del edificio de oficinas de Martinelli con una calma que no sentía. Durante el trayecto, los recuerdos de mi última visita asaltaron mi mente como avispas. Cada uno era una punzada de humillación, de rabia contenida. Pero esta vez, el miedo estaba sepultado bajo algo más poderoso: la desesperación absoluta y la furia de quien no tiene nada más que perder. El edificio se alzaba ante mí, un colmillo de cristal y acero. Respiré hondo, ajustándome el velo que se me había descolocado. No iba como una suplicante. Iba como una demandante. En el vestíbulo, me dirigí a la recepcionista, una mujer impecable con una sonrisa de plástico. —Necesito ver a Dorian Martinelli. Soy la hermana Valentina, del orfanato Santa Maria —dije, manteniendo la voz lo más neutra posible. La mujer alzó una ceja perfectamente delineada, sin dejar de sonreír. Su mirada recorrió mi hábito sencillo, las manchas de tierra en el dobladillo. —¿Tiene cita, hermana? —preguntó, y el tono, aunque educado, goteaba una burla sutil, condescendiente. Antes de que pudiera responder, un hombre que estaba recostado contra una columna, se acerca. —Oye, mira —dijo, con una sonrisa—. Es la monjita del barrio pobre. ¿Vuelves por más, hermana? La última vez no quedaste satisfecha, ¿eh? —Su comentario fue seguido por una risa gutural de otro hombre junto al mostro de seguridad. Un calor de humillación y rabia me subió por el cuello. Ignoré al matón, clavando la mirada en la recepcionista. —Dígale que estoy subiendo. Ahora. La risa del guardaespaldas creció. —¡Desesperada se pone la santita! ¿Te corrieron ya del convento y viniste a buscar refugio con el jefe? Las palabras soeces y los abucheos quedaron atrás cuando me giré y crucé el vestíbulo con paso firme hacia los ascensores. Sentía sus miradas pegadas a mi espalda, como dedos sucios. Recordaba el camino. El corazón me martillaba las costillas, un tambor de guerra en medio del pánico, pero mis piernas obedecían a una voluntad de hierro, a la imagen de los niños durmiendo en camas que pronto no serían suyas. El ascensor era una cápsula de espejos y acero pulido. Mi reflejo me devolvió la imagen de una mujer pálida, con ojos desmesurados y labios apretados, atrapada en un hábito que de repente parecía una ridícula disfraz. El viaje fue un silencio breve y opresivo, solo roto por el suave zumbido del mecanismo. Las puertas se deslizaron abriéndose. Un hombre sentado tras un escritorio minimalista, con el rostro anguloso y la mirada de un halcón, se puso de pie al instante, alarmado. —¡Hermana! —su voz fue un latigazo seco—. No puede pasar sin anunciarse. El señor Martinelli no recibe sin previo aviso. Pero yo ya estaba en movimiento. Había cruzado el umbral de las puertas de bronce antes de que pudiera terminar la frase. No era valentía. Era la inercia de una piedra que ya había sido lanzada al abismo. No había vuelta atrás. Cada paso por esa alfombra espesa, bajo la fría luz de las lámparas de diseño, me acercaba no a un hombre, sino al núcleo mismo de la tormenta que amenazaba con arrasarlo todo. Y esta vez, no iba a suplicar. Iba a enfrentarla. Dorian estaba de pie junto al ventanal, hablando por teléfono. Al verme, sus palabras se cortaron. Una sucesión rápida de emociones cruzó su rostro: sorpresa, irritación, y luego, esa curiosidad perversa y familiar. Avancé por la alfombra espesa, sintiendo de nuevo la opulencia obscena de ese lugar. Cada paso me llevaba más cerca del precipicio, pero ya estaba en caída libre. Colgó mirándome con indiferencia. No dije nada. Cuando estuve a su alcance, levanté la mano y le propiné una bofetada con toda la fuerza que me daban los días de hambre, las noches de miedo y la traición reciente. El golpe resonó en la habitación silenciosa. Su cabeza giró ligeramente hacia un lado. No reaccionó solo me miró. En sus ojos no había ira, sino asombro. En ese instante el secretario ya estaba en la puerta para anunciarme y vio a bofetada, él lo miro y sin palabras el secretario cerró la puerta retirándose. —Parece que las monjas ya no enseñan mansedumbre —murmuró con una sonrisa peligrosa asomando en sus labios. —Vendiste la propiedad —las palabras salieron de mis labios como cuchillos, cortando cualquier pretensión de saludo—. Y ahora nos dan una semana para pagar una deuda imposible. Sabes perfectamente que no podemos. Es una ejecución lenta y burocrática. ¿Por qué? ¿Por qué esta crueldad innecesaria?
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