CAPITULO 66

1045 Words
VALENTINA Dos días han pasado y he tratado de enfocarme en algo simple, vital: regar las hierbas medicinales que sobrevivieron al incendio, junto al muro lateral. La tierra aun huele a ceniza húmeda y a frágil esperanza. Estos días han llegado personas para dejar donaciones sin embrago la llegada de este sujeto es inquietante. Traje gris claro, impecable. Sor Clara, siempre tan etérea, lo guiaba con gestos nerviosos hacia la oficina del padre Vittorio. Dejé la regadera secándome las manos en el delantal y fue a espiar. No pasaron ni diez minutos. La puerta de la oficina se abrió de golpe. El padre Vittorio emergió, no con su habitual compostura, sino con el rostro desencajado, persiguiendo al hombre del traje gris que ya se dirigía, con el mismo paso implacable, hacia la salida. —¡Señor, espere! ¡Por favor, espere! —La voz del padre era un grito ahogado, cargado de una desesperación que nunca le había oído—. ¡Esto no puede hacerse así! ¡No de esta manera, no tan de repente! El hombre apenas aminoró la marcha. Giró la cabeza, solo un poco, un perfil cortante e impasible. Ni un rastro de empatía, ni siquiera de fastidio. Sólo la frialdad. —La decisión está tomada, padre. Yo solo soy el mensajero. —¡Pero podría hablar con ellos, explicar la situación de los niños! ¡Hay tiempo, hay…! —Lo siento. No hubo más, salió por el portón y se Subió a un coche gris, discreto, y arrancó. El motor zumbó alejándose, dejando una estela de polvo y un silencio súbito, más pesado que cualquier alarido. No lo pensé. Corrí hacia el padre Vittorio, que se había quedado plantado en medio del patio, como si el suelo se hubiera vuelto inestable bajo sus pies. —¿Padre? ¿Quién era ese hombre? ¿Qué ha pasado? Él pareció verme por primera vez. Sus ojos, normalmente tan llenos de una bondad tranquila, estaban nublados por el shock. Sin decir palabra, metió una mano temblorosa en el interior de su sotana y sacó una hoja de papel, doblada en tres. Me la tendió. Era un documento legal. El papel era grueso, de calidad. Sellos notariales, direcciones en Milán. Las palabras bailaron ante mis ojos antes de que pudiera enfocarlas: «Aviso de desalojo inmediato». Y más abajo, cantidades, fechas, artículos de ley. —Hija… —su voz era un susurro roto—. Esto… es lo peor del mundo. —¿Qué significa esto? —pregunté, aunque una parte de mí ya lo sabía. El padre cerró los ojos un instante, como buscando fuerzas. —Ese hombre representa al propietario actual del terreno. No… al anterior. Exige el pago inmediato de una deuda atrasada por concepto de «uso de suelo». 5 millones de euros. Si no cumplimos antes del viernes próximo a las cinco de la tarde… la orden de desalojo será ejecutada por la fuerza pública. El suelo sí cedió entonces. Me sostuve de la pared cercana. —¿Pero cómo…? Martinelli era el dueño. Él… —Lo era —cortó el padre con amargura—. Hace dos días, vendió la propiedad. Transfirió todos los derechos, y todas las deudas, a una sociedad fiduciaria con sede en Milán. Ya no tenemos trato con él. Ahora nuestro dueño es un banco, o un fondo de inversión… un monstruo sin rostro al que no podemos suplicar. Las palabras resonaban como campanadas fúnebres. Vendió la propiedad hace dos días. Justo después del incendio. No era una coincidencia. Era la jugada final, el jaque mate. Dorian se lavaba las manos, obtenía su beneficio, y nos arrojaba al abismo con una frialdad calculada. —¿Y los niños? —logré decir, la voz ronca—. ¿Y las hermanas? ¿Qué hacemos? El padre Vittorio se pasó una mano por el rostro, derrotado. —Hablaré con la madre Agnes. Empezaremos a hacer llamadas. A mendigar cupo en otros orfanatos, a rogar a otros conventos que nos acojan. Tendremos que separarnos, Valentina. Separar a los hermanos, dividir a las hermanas… —Su voz se quebró en un sollozo contenido—. Pero Dios es testigo, nadie ha respondido a nuestras cartas en meses. Todos están saturados, sin fondos… Miré el documento otra vez. Lo arrugué entre mis dedos, la rabia subiéndome como un ácido por la garganta. Cinco millones de euros. Una fortuna inalcanzable. Un plazo de una semana. Era una sentencia de muerte disfrazada de papeleo. —¿Nos vamos a rendir así? —pregunté, y mi voz sonó extrañamente firme en medio del caos interior—. ¿Sin luchar? Él me miró, y en sus ojos vi la batalla entre una fe a prueba de todo y la cruda realidad que nos aplastaba. —Esto no es una cuestión de fe, hija —murmuró, con una dulzura desgarradora—. Es cuestión de tiempo. Y el tiempo… se nos ha agotado. No podemos reunir esa cantidad. Es imposible. Cerré los ojos, apretando los párpados. La desesperación quería ahogarme, pero debajo de ella, algo más duro y puntiagudo empezaba a emerger. La imagen de Marco Bellini, en la penumbra del almacén, ofreciendo su ayuda. —Dios no puede abandonarnos, padre —susurré, pero ya no era una súplica. Era un desafío, una declaración de guerra a la inevitabilidad. —Dios nunca lo hace —respondió él, tomando el documento arrugado de mis manos con infinita ternura—. Pero a veces… sus caminos requieren que caminemos por el desierto antes de ver la tierra prometida. Y este… este parece ser un desierto muy árido. Preparémonos para lo peor, hija. Mientras yo sigo buscando un milagro. Me dio la espalda, enderezando la sotana con un gesto que pretendía ser digno pero que sólo delataba su fragilidad. Caminó lentamente hacia la fría oficina de la madre Agnes, a planificar nuestra disolución. Me quedé allí, en el jardín, el olor a tierra húmeda y a fin mezclándose en el aire. No. No podía ser el final No así. Si Dios no iba a enviar un milagro, entonces tendría que fabricarlo yo. Era una locura y peligroso. Pero era la única jugada que nos quedaba en un tablero donde todas las demás piezas ya nos habían sido arrebatadas.
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