DORIAN
No respondí. Me puse de pie, sintiendo el peso del arma en la sobaquera. No la necesitaba, pero su presencia era un recordatorio, para él y para mí. Caminé con lentitud hacia la mujer. Ella respiraba con dificultad, sus ojos vidriosos me siguieron. Apunté con el cañón a su sien.
—Si mi mercancía no está exactamente donde dices —dije, mirando a Grimaldi por encima del cañón—, si Gaetano regresa con las manos vacías… tus hijos seguirán a su madre. Uno tras otro. Y tú los verás. Antes de que te deje unirte a ellos.
El terror en sus ojos se solidificó en puro horror. No disparé. Bajé el arma. El mensaje estaba dado. La amenaza, más poderosa que la acción.
Me senté en la única silla del lugar, cruzando las piernas. El cuadro era perfecto: la mujer agonizante, los niños aterrados, el traidor destrozado colgando como una ofrenda. Era el lenguaje que entendían. El lenguaje del poder absoluto, de las consecuencias sin apelación.
Gaetano regresaría pronto. Y entonces, Grimaldi aprendería la lección final: en mi mundo, incluso la verdad tiene un precio. Y él acababa de pagar el suyo, a plazos, con la moneda más dolorosa que existe.
El silencio que siguió en el depósito era distinto. Ya no era la calma tensa de la espera, sino el vacío pesado que deja la violencia consumada. Solo lo atravesaban los sollozos ahogados, los hipos espasmódicos de los niños, arrodillados junto al cuerpo inmóvil de su madre. Formaban un cuadro patético, sus pequeñas espaldas temblando, sus voces susurrando fragmentos de oraciones que ya no creían. La inocencia no se perdía con un grito, pensé distante, sino con este silencio roto por llantos que ya no esperan consuelo.
Grimaldi pendía de sus cadenas como un peso muerto, pero sus ojos, hinchados y febriles, no se apartaban de sus hijos. En ellos no había ya desafío, solo una desesperación tan profunda que era casi tangible. Era la mirada de un hombre que ya había visto el infierno y sabía que su billete era de ida.
Casi una hora. Dejé que el tiempo se estirara, que el veneno de la incertidumbra hiciera su trabajo en sus nervios destrozados. Mi teléfono, posado sobre un barril oxidado, vibró finalmente. La pantalla iluminó la penumbra con una luz azulada y fría. Era Gaetano.
—Confirmado, jefe —dijo su voz, sin inflexiones, a través del auricular—. El cargamento está en el muelle siete, almacén auxiliar. Tal y como dijo el rata. Lo habían camuflado tras una pila de contenedores vacíos, pero está intacto. Ni un paquete faltante.
Colgué sin responder. El hecho confirmaba la verdad de Grimaldi, pero también subrayaba su traición. Y la traición, en mi mundo, tiene una sola tasa de interés.
Me giré hacia él. No hubo dramáticos discursos. Sacar el arma fue un movimiento fluido, casi natural, como ajustarse el nudo de la corbata. Caminé los pocos pasos que nos separaban hasta quedar a la distancia perfecta. Él me miró.
—Gracias por la confesión —murmuré, y no fue sarcasmo. Era un simple reconocimiento de un trámite concluido.
Apreté el gatillo. El estampido fue brutal en el espacio cerrado, un trueno seco que hizo temblar el aire. El cuerpo de Grimaldi se sacudió una última vez, un espasmo final, antes de quedar inmóvil. El silencio que siguió fue aún más profundo, roto solo por el gemido estrangulado de los niños.
No me detuve. Me volví hacia ellos. Los dos pequeños terrarios, abrazados, con los ojos hinchados de tanto llorar, mirando al monstruo que acababa de materializar sus peores pesadillas. Levanté el arma de nuevo. No sentí nada. Ni rabia, ni lástima, ni siquiera la fría satisfacción del poder. Era solo una continuación lógica. Un mensaje que debía ser completo, inolvidable.
Apuné al mayor, a su pequeño pecho que se hinchaba con pánico. Y disparé.
El ruido fue de nuevo ensordecedor. Pero la bala no lo tocó. Impactó en la pared de hormigón, a un palmo de su cabeza, levantando una nube de polvo y fragmentos que les llovieron encima. Los dos niños se echaron al suelo, aterrados, cubriéndose la cabeza con los brazos.
—Eso —dije, y mi voz sonó extrañamente clara en el eco del disparo— es para que no olviden, ni un solo día de sus vidas, quién tiene el poder aquí. Para que sepan que la misericordia es un préstamo, no un derecho.
Bajé el arma. Me volví hacia Matteo, que observaba la escena recostado en el muro.
—Tienes el video de la confesión. Edítalo. Quita a los niños, quita a la mujer. Solo quiero el rostro de Grimaldi, su voz, su miedo. Envíaselo a Il Lupo Nero. Con una nota: «Tu mensaje fue recibido. Esta es mi respuesta.»
Matteo asintió. «Sí, jefe.»
Guardé mi arma en la sobaquera, el metal aún caliente a través de la tela. Al dirigirme a la salida, sin volver la vista atrás, añadí:
—Llévense a los niños. Déjenlos en la puerta del orfanato San Giuseppe, al otro lado de la ciudad. Con dinero en los bolsillos. Que no puedan rastrearlos aquí.
No era compasión. Era pragmatismo. Los niños muertos son mártires, focos de atención indeseada. Los niños vivos, traumatizados y mudos, son un recordatorio ambulante, una leyenda negra que crece en los suburbios. Una herramienta más eficaz.
Salí al corredor frío, encendiendo un cigarrillo. La primera bocanada de humo llenó mis pulmones, un contraste áspero con el olor a pólvora y muerte. Subí al auto, donde Giuseppe, pálido como la cera, ya aguardaba al volante. La puerta se cerró con un golpe sordo, aislando el mundo exterior. El silencio dentro era opresivo, cargado con el fantasma de lo que acababa de ocurrir y la tensión no dicha.
Giuseppe arrancó. Apenas salimos del camino de tierra y tomamos la carretera, la presión le reventó por los labios.
—Dejar a esos niños con vida fue un error, Dorian. Un maldito error. Son testigos. Son un hilo suelto. Il Lupo podría usarlos…
No dejé que terminara. El movimiento fue rápido, automático. El brazo se extendió, el cañón del arma, aún tibio, buscó no su cabeza, sino el marco de la ventana justo a la altura de su oreja. Apreté el gatillo.
El disparo fue atronador dentro del habitáculo cerrado. Giuseppe gritó, el coche zigzagueó violentamente antes de que él, por instinto, lo controlara y lo llevara patinando hacia el arcén. El olor a pólvora fresca se mezcló con el del tabaco y el miedo. Un hilo de sangre oscura comenzó a bajar por su cuello desde el lóbulo destrozado.
—¿Quieres seguir hablando, Giuseppe? ¿Quieres seguir pensando por mí?
Él jadeaba, con una mano pegada a la oreja, los ojos desencajados mirándome de reojo, viendo el cañón que podía girar unos centímetros y terminar el trabajo.
—Solo… solo pensé que querías oírlo. Que debías considerar…
—No te pago para pensar, Giuseppe. Te pago para conducir, para obedecer, y para mantener tu boca cerrada. El próximo pensamiento que compartas, te lo saco por la nuca. ¿Está claro?
Asintió, una sacudida brusca de la cabeza, sin atreverse a vocalizar.
Entonces, el teléfono en mi bolsillo vibró de nuevo. No era Gaetano. La vibración era distinta, insistente. Saqué el dispositivo. La pantalla iluminó mi rostro en la oscuridad del coche. Dejé que sonara dos veces más antes de deslizar el dedo para responder. Lo acerqué a mi oído, pero no dije nada.