CAPITULO 64

1162 Words
DORIAN Grimaldi… Grimaldi sólo necesita recordar a quién pertenece. Y servir, con su castigo ejemplar, como recordatorio para cualquier otra rata que oliera el queso de la traición. Tomo mi teléfono, pero no marco. Primero, el desayuno, luego, el depósito. La justicia, mi justicia, podía esperar un par de horas. La espera, después de todo, era parte del castigo. Mientras sorbía el café ya frío, mis ojos volvieron a posarse en la foto que asomaba del bolsillo. Valentina y Bellini. Encerrados en ese deposito. Hablando. Sí, definitivamente, el detective iba a aprender que algunas piezas del tablero no estan para que las muevan hombres como él. Y si insistía… tendría que ser retirado del juego. De la forma más definitiva. El aire en el depósito olía a moho, sudor frío y el metal dulzón de la sangre. Era un olor que conocía bien, el perfume de las cuentas pendientes. Grimaldi colgaba frente a mí, un muñeco roto suspendido de ganchos oxidados. Su rostro era un paisaje de violencia reciente: el ojo derecho hinchado, los labios partidos goteando sobre su barbilla ensangrentada, cortes frescos en sus brazos donde la piel se abría como fruta demasiado madura. Jadeaba, un sonido húmedo y patético, luchando por mantenerse consciente. El sudor le corría por el torso magullado, mezclándose con la suciedad del suelo. Lo observé, dejando que la furia de los últimos dos días –dos días de insultos silenciosos, de sueño esquivo, de la humillación de ser robado por una rata como él– se asentara en un punto frío y concentrado en mi pecho. Había esperado este momento. Lo había saboreado en mi insomnio. —¿Dónde mierda están mis contenedores, Grimaldi? —Mi voz no alzó el tono. Sonó grave, ronca, la voz de un hombre que ya ha agotado la paciencia y ahora sólo habla por pura formalidad—. les di cuarenta y ocho horas para esconderte. Fue generoso de mi parte. Mis hombres te sacaron del agujero de mierda donde te metiste. Y ahora… vas a cantar. Es la única función que te queda. Grimaldi alzó la cabeza con un esfuerzo titánico. Escupió. Un hilillo de sangre y saliva que apenas llegó a mis zapatos. Una sonrisa temblorosa, desquiciada por el dolor, le torció los labios. —No tienes ni idea de con quién te metes, Dorian… Un arranque de ira, pura y candente, quiso hacerme abalanzarme. La contuve. Me acerqué despacio, con la elegancia deliberada de un felino que sabe que la presa ya no huye. Con los dedos índice y pulgar, manchados sin querer por su sangre, le levanté el mentón, forzándolo a mirarme. —No, Grimaldi —susurré, acercando mi rostro al suyo—. Tú no tienes ni puta idea de quién soy yo. Y entonces descargué el puñetazo. No en la cara, no era el momento para más teatro facial. Se lo hundí en el abdomen, justo debajo de la caja torácica. El sonido fue un "uf" seco, seguido de un jadeo agonizante. Su cuerpo se convulsionó en las cadenas, con un espasmo de puro dolor. —Dos contenedores —dije, mientras sacaba mi cuchillo de mi bolsillo interior—. Repletos de una mercancía que vale más que tu miserable vida multiplicada por cien. ¿Quién te pagó para robármelos? ¿Quién tuvo los cojones de pensar que podía jugar en mi tablero? —No voy a hablar… —graznó, con los ojos desenfocados. —Tienes una oportunidad para hacerlo. Solo una —aseguré. —Métete esa oportunidad por el culo —escupió, con un último destello de esa estupidez temeraria que lo había llevado a esto. No respondí con palabras. No era necesario. Hice un gesto leve, casi despreocupado, con los dedos. La puerta metálica al fondo se abrió con un chirrido. Y entraron. su esposa, temblando como una hoja en una tormenta, con el vestido sencillo y los ojos desorbitados de terror. Y sus niños,de seis y cuatro años cada uno. El mayor se aferraba al brazo de su madre, el pequeño lloraba en silencio, confundido. El grito que desgarró la garganta de Grimaldi no fue humano. —¡No! ¡Dorian, no! ¡Por lo que más quieras! ¡Ellos no tienen nada que ver en esto! Lo miré, manteniendo mi expresión impasible. El terror en sus ojos era ahora completo, absoluto. Más valioso que cualquier confesión. —¿Dónde está mi mercancía? —repetí, cada palabra como un martillazo—. ¿Quién te pagó? —¡No sé de qué hablas, j***r! ¡Te lo juro! —aulló, luchando contra las cadenas como un animal en una trampa. —Una pena —dije. Y con otro movimiento de cabeza, Matteo, sacó su propio cuchillo. No miró a Grimaldi. Miró a la mujer. El grito de ella fue un sonido primario, desgarrador. El cuchillo se hundió en su costado, no con saña, sino con la eficacia de un cirujano. Un golpe preciso, superficial, diseñado para causar un dolor inmenso, un terror insondable, pero no la muerte inmediata. No todavía. Ella se dobló, un gemido ahogado se escapó de sus labios mientras la sangre comenzaba a empapar el ligero algodón de su vestido. —¡Basta! ¡detente! ¡Voy a hablar! —Grimaldi estaba histérico, sus lágrimas limpiaban surcos en la sangre y la suciedad de su rostro—. ¡Lo voy a decir todo! ¡Todo, maldita sea! Hice una pausa. La mujer gimió en el suelo, formando un charco oscuro a su alrededor. Los niños, ahora desprovistos de su ancla, se arrodillaron. El mayor, con una fe conmovedora y terrible, juntó sus manitas y comenzó a murmurar, con sus ojos clavados en su madre: —Ave María, llena eres de gracia… el Señor es contigo… El pequeño sólo sollozaba, repitiendo "mamá" una y otra vez, como un mantra roto. Me acerqué de nuevo a Grimaldo. El olor a miedo y desesperación era ahora real. —Habla. Y que cada palabra sea cierta. Mi paciencia ha expirado. —Fue… fue Il Lupo Nero —balbuceó—. Su gente me contactó. Me ofrecieron cinco millones en efectivo en una cuenta en Nápoles. Me dieron todos los detalles… los horarios, los códigos, los puntos ciegos de la vigilancia… Solo tuve que ejecutar el robo. —¿Y lo hiciste? —Sí… —su cabeza cayó, derrotada—. Los desvié en la madrugada del martes. Nunca salieron del muelle. Los reemplacé por otros vacíos… con el mismo sello. Siguen en ele muelle lo juro. Giré hacia Gaetano, que permanecía inmóvil como una estatua en la sombra. —Verifícalo. Ahora. Si hay un ápice de mentira, ya sabes lo que sigue. Gaetano asintió y salió a toda prisa, su sombra desapareciendo por la puerta. Grimaldi levantó la mirada hacia mí con sus ojos suplicantes, buscando una chispa de humanidad, de clemencia. —Te lo he dicho todo, Dorian… Por favor… deja que mi esposa vaya a un hospital… mis hijos…
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD