CAPITULO 63

1237 Words
DORIAN Desayunaba solo en la terraza, el café amargo y el periódico sin leer frente a mí, cuando la puerta del estudio se abrió sin que hubiera llamado. La invasión a mi privacidad a esta hora sólo podía significar una cosa: problemas. Gaetano entró, cerró la puerta y se quedó quieto como un bloque de hormigón, esperando el permiso para hablar. A su lado, como un perro flaco y nervioso, Giuseppe no podía estarse quieto, sus dedos jugueteando con el borde de su chaqueta barata y sudorosa. —Espero que esta interrupción tenga una justificación —dije, sin apartar la vista de mi taza—. Son apenas las ocho de la mañana. —Cuando lo vea con sus propios ojos, entenderá la razón —respondió Gaetano, su voz un ronquido seco. Sin esperar más, deslizó un sobre manila sobre la pulida superficie de la mesa de roble. Dejé la taza. El gesto de Gaetano, tan directo, era señal de alarma en sí mismo. Tomé el sobre, lo abrí y extraje una fotografía. Luego otra. Y otra más. La primera mostraba a Valentina saliendo del orfanato, flanqueada por dos hombres de aspecto duro. Sus muñecas, atadas frente a ella con unas esposas que brillaban bajo la luz del atardecer. Su rostro, pálido y severo, miraba al frente con una determinación que incluso en la imagen estática se percibía como un desafío. La segunda, tomada desde un coche en movimiento, seguía a una patrulla sin distintivos por la carretera costera, el mar gris al fondo. La tercera era la que hizo que el aire se me helara en los pulmones. El almacén abandonado de la playa norte. —¿Qué significa esto? —pregunté, mi voz más baja de lo que habría querido. —Nuestro vigilante reportó esto ayer por la tarde —explicó Gaetano, impersonal, como relatando el clima—. A las cinco, dos policías entraron en el orfanato. Estuvieron unos minutos y salieron con la hermana Valentina esposada. La subieron a su patrulla y la condujeron hacia la playa. Ahí estuvo un rato con nuestro detective favorito. Saco otra foto de su chaqueta interior y me la entregó. Era un primer plano, granulado pero claro, de Bellini. —¿Qué hacía ese miserable con ella? —La pregunta salió entre mis dientes apretados. —Al parecer, él estuvo ahí esperando que la trajeran. Estuvieron solos dentro aproximadamente una hora. Cuando ella se fue, él salió, habló por teléfono un momento y luego se marchó. Dejo la taza de café sobre la mesa con un golpe seco que hizo que Giuseppe diera un respingo y que el fino porcelain crujiera peligrosamente. —Así que se está metiendo con lo que es mío —dije, la frase saliendo como un silbido de vapor. Golpeé la mesa con el puño cerrado, haciendo saltar la cubertería—. ¡Ese miserable! ¿Cómo se atreve? La rabia era un fuego blanco en mis venas. No era sólo la intrusión, la obstinación de Bellini. Era la imagen de ellos dos, encerrados, a solas, durante una hora. ¿Hablando? ¿Negociando? ¿Algo más? La posesividad, una bestia que creía bien encadenada, rugió dentro de mí. Valentina no era una monja más. Era un activo, un eslabón clave, un trofeo personal. Y Bellini tenía sus sucias manos sobre ella. —Investigué a los policías que se la llevaron —continuó Gaetano, imperturbable ante mi explosión—. En realidad no son policías. Son civiles. Mercenarios baratos, a menudo usados para trabajos sucios de baja estofa. La información añadió leña al fuego. No era una detención oficial. Era un secuestro orquestado. Un montaje para tenerla a solas, lejos de miradas indiscretas. La jugada era audaz, desesperada. Y eso la hacía más peligrosa. —¿A qué está jugando Bellini? —musité, más para mí que para ellos, mis ojos fijos en la foto donde sus siluetas parecían casi fundirse en la penumbra del almacén. Ya no se trataba de un obstáculo profesional. Esto era personal. Un desafío directo a mi autoridad, a mi propiedad. Bellini no sólo estaba investigando; estaba reclutando. Estaba intentando volverla contra mí. Giuseppe, animado por mi furia, farfulló: —¿Q-qué hacemos, jefe? ¿Mandamos un mensaje al detective? Algo que le deje claro que no… —¡Cállate! —lo interrumpí, y él retrocedió como si lo hubiera golpeado—. Tú no piensas. Tú obedeces. Mi mente ya trabajaba a toda velocidad, el frío de la estrategia reemplazando al calor de la ira. Bellini había cometido un error. Un error enorme. Había usado tácticas ilegales, había falsificado una autoridad. Tenía una debilidad expuesta. —Sobre nuestro detective… es hora de recordarle en qué ciudad vive. No con un mensaje grosero. Con una visita. Una visita educada. Quiero saber cada paso que da. Cada persona que ve. Y especialmente, quiero saber si vuelve a acercarse a la hermana Valentina. Si lo hace… —hice una pausa, dejando que la amenaza flotara en el aire cargado de la habitación—, entonces tendremos que reconsiderar nuestro nivel de persuasión. Gaetano asintió, comprendiendo perfectamente. Giuseppe seguía temblando, un hilillo de sudor recorriendo su sien. —Bellini cree que está jugando al gato y al ratón —dije, recogiendo las fotos y dejando que mi dedo pulgar pasara sobre el rostro serio y desafiante de Valentina—. Pero no sabe que en este juego, los roles pueden invertirse en un instante. Y que a veces, el ratón tiene colmillos mucho más largos. Ahora, retírense. Y hagan su trabajo. —Sí, señor —dijo Giuseppe, haciendo una inclinación de cabeza casi convulsiva—. Respecto a Grimaldi… ya lo tenemos donde usted quería. Un destello de satisfacción, frío y agudo, me cruzó el pecho. Grimaldi. El contable estúpido y codicioso que creyó que podía jugar a dos bandas, desviando migajas de mis negocios hacia sus propios bolsillos. —Así que ya capturaron a mi rata —murmuré, una sonrisa delgada como el filo de una navaja asomando en mis labios—. Bien. Llévenlo al depósito. Iré en unas horas. Quiero interrogarlo personalmente. Dile a Matteo —y aquí mi voz se cargó de una advertencia de hielo— que no se atreva a tocarle un solo cabello. Lo quiero intacto. Comprendido? La tortura bruta era para animales y amateurs. El verdadero arte de la persuasión requería un lienzo impecable. El miedo a lo que podría venir, cuando la mente está intacta para imaginarlo, es infinitamente más efectivo que el dolor presente. —Sí, señor —repitió Giuseppe, palideciendo aún más al comprender la implicación. —Perfecto. Vayan. Los dos salieron, cerrando la puerta sin un ruido. El silencio volvió, pero ya no era el mismo. Estaba cargado ahora con el aroma dulzón de la venganza próxima y el sabor metálico de la guerra declarada. Me quedé de pie, mirando la ciudad que despertaba bajo un cielo plomizo. Por un lado, Bellini, el sabueso obstinado, metiéndose donde no le llamaban. Por otro, Grimaldi, la alimaña doméstica que había mordido la mano que lo alimentaba. Dos problemas distintos, que requerían soluciones distintas. Bellini necesita una lección de poder, una demostración de que su autoridad de papel y su moralidad cansada son inútiles contra la voluntad de hierro y el tejido mismo de esta ciudad. Un movimiento estratégico, público quizás, que lo desacredite o lo ponga entre la espada y la pared.
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