CAPITULO 62

935 Words
VALENTINA  La insinuación, ahora clara, me golpeó con la fuerza de una bofetada. Me puse de pie tan rápido que la silla chirrió contra el suelo de madera podrida. —No me gusta el tono que está usando, detective. —No quise decir… —empezó a decir, alzando una mano. —¡Quiero irme! ¡Ahora! —Corté, la voz temblando no de miedo, sino de una rabia hirviente y una traición abrasadora. —Valentina, espera. —Hermana Valentina, detective —espeté, clavándole la mirada—. Que no se le olvide quién soy. —Habíamos quedado en ser amigos —recordó, con voz más suave, pero para mí ya era demasiado tarde. —Un amigo no me acusaría como lo acaba de hacer, con la voz y las miradas —dije—. Un amigo confía. Usted sólo ve un caso. Y ahora, me ve a mí como un eslabón más en su cadena de sospechas. —Sólo estaba siguiendo la lógica de los hechos —intentó explicar, pero ya no había explicación que valiera. —La lógica de sus hechos le acaba de costar un testigo —dije, dando media vuelta—. Y le acaba de costar un amigo. Llame a sus hombres. Devuélvame al infierno del que me sacó. Prefiero esa certeza a esta… a esta confusión venenosa. Caminé hacia la puerta del almacén, pero él se interpuso, no con violencia, sino con una rapidez desesperada. Su mano se cerró alrededor de mi brazo, no con la fuerza de los falsos agentes, sino con una firmeza tensa, cargada de urgencia. —Lo siento, Valentina —dijo, y su voz era áspera, cargada de una frustración dirigida hacia sí mismo—. Soy un idiota. Un perfecto idiota. Trato de hacer las cosas bien, de separar lo personal de lo profesional, y termino sumergiéndome tan profundamente en el papel de detective que me olvido de ser un hombre. Me olvido de… de ver. —Es lo que es —repliqué, intentando liberar mi brazo sin éxito—. No es un amigo. Es su trabajo. Y yo soy parte de él. —Lamento si te hice sentir culpable. Lo lamento de verdad. Sólo… necesito saber por dónde empezar. Y cuando las piezas apuntan, incluso en direcciones que duelen, siento que debo seguirlas. Es mi maldición. —Ya le dije lo que sé —respondí, cansada—. Empiece por preguntarle a Sor Benedetta la razón para lastimar a los niños y al orfanato. Esa es la única pista concreta que tengo. —Claro —asintió, pero no me soltó. Su mirada buscaba la mía, implorando una tregua que yo ya no estaba dispuesta a dar. —Ahora, suélteme. —Por favor, no puedes irte en este momento. No así. —¡No tengo nada más que decirle, detective! ¡Suélteme! —Por favor —su voz bajó a un susurro ronco, casi quebrado—. Sólo… quiero que volvamos a empezar. Estábamos en un buen camino. Te vi bajar la guardia. Te vi confiar. Y yo… yo también estaba confiando. —No intente convencerme con sus máscaras, detective. Ya las conozco todas. —¡Exacto! —exclamó, y la palabra salió como un latigazo—. No quiero usar máscaras. Por eso te digo esto ahora, aquí, en este lugar de mierda. Soy yo. Marco Bellini. Un detective obsesionado, a veces cegado, por encontrar una justicia que siento que se me escapa entre los dedos. Un hombre atrapado en un laberinto oscuro desde hace años, usando la única luz que tiene —esta obsesión, este trabajo— para intentar encontrar la salida. Y a veces, en esa búsqueda, piso a la gente que debería estar ayudando. Como acabo de hacer contigo. Su confesión me paralizó. No era una excusa elaborada. Era una admisión cruda, fea y humana. Su mano en mi brazo se relajó, pero no se retiró, como si ese contacto fuera ahora el único cable a tierra que tenía. —Esa luz a veces quema, Valentina. Y hoy te quemé a ti. No fue mi intención. Fue mi torpeza. Mi… miedo a que este caso, tu caso, se me vaya de las manos y alguien más salga lastimado. Alguien como tú. El aire entre nosotros vibraba con la crudeza de sus palabras. Ya no había detective y sospechosa. Había un hombre cansado y una mujer acorralada, en un almacén abandonado, hablando de sus monstruos. —Suélteme, Marco —dije, y esta vez mi voz no era un grito, sino una petición. Él lo hizo. De inmediato. Como si mi simple petición fuera la orden más importante. Me froté el brazo donde su mano había estado. No por dolor, sino por la impresión que su contacto, y sus palabras, habían dejado. —No sé si puedo confiar en esto —musité, mirando el suelo de tablas podridas. —Yo tampoco —admitió él, con una honestidad devastadora—. No sé si puedo confiar en mí mismo para no volver a equivocarme. Pero te prometo que lo intentaré. Y te pido una oportunidad para demostrarte que esa amistad que ofrecí no era otra máscara. Guardé silencio. El sonido del mar, el crujido de la madera, el latido de mi propio corazón. Era demasiado. Demasiada verdad, demasiada vulnerabilidad después del miedo y la rabia. —Llame a sus hombres —repetí, pero el mandato había perdido su filo—. Lléveme de vuelta. Necesito… necesito pensar. Él asintió, una simple inclinación de cabeza. No hubo más súplicas. Sacó un teléfono y marcó un número. —Listos en cinco —dijo, y colgó.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD