CAPITULO 61

1249 Words
VALENTINA El almacén olía a salitre, madera podrida y a la humedad que se filtraba del mar cercano. Tras el shock inicial, la rabia y el ofrecimiento absurdo de Bellini de dejarse golpear, un silencio pesado se había instalado. Él se levantó, buscó en una bolsa de papel arrugada y sacó dos cajas de cartón. Las colocó sobre una caja de madera que hizo de mesa improvisada. —Empanadas de carne —dijo, abriendo una—. Y por aquí, pizza de pepperoni. Tome. —Me deslizó una caja y una lata de cola fría hacia mi lado de la “mesa”. Luego, se sentó de nuevo, a una distancia que ya no era la de un interrogador, pero tampoco la de un amigo. Mis manos, ya libres de las esposas, temblaban levemente. El aroma de la comida, tan mundano, tan fuera de lugar aquí, despertó un hambre visceral que me avergonzó. Comí en silencio los primeros bocados, evitando su mirada. Él hizo lo mismo. El sonido del mar rompiendo en la playa era el único acompañamiento. —Sabe —dijo él al fin, tomando un sorbo de su refresco—, en todos estos años, nunca había secuestrado a una monja para cenar con ella en un almacén abandonado. Hay una primera vez para todo, supongo. No pude evitarlo. Una sonrisa breve, amarga, se me escapó y al mirarlo, vi en sus ojos cansados, un destello de complicidad irónica. —No sé si felicitarlo por la originalidad, detective. —Valentina… quiero que me llames Marco. No detective, no señor. Marco. Sentí un nudo en la garganta. Era más que una formalidad. —¿Por qué? —susurré. —Porque la autoridad, el uniforme, el miedo… eso ya no funciona entre nosotros. Lo quemamos hoy. —Hizo un gesto vago hacia la puerta, hacia el mundo que había más allá—. Necesito que me veas como lo que soy ahora para ti: un hombre. Un hombre que está hasta el cuello en este caso, sí, pero también un hombre que… que quiere ser tu amigo. La palabra resonó en el aire salado. Amigo. Era tan sencilla y tan enorme a la vez. —¿Amigo? —repetí, incrédula. —Sí —asintió, con una convicción absoluta—. Alguien en quien puedas confiar. Ciegamente. Quiero que sepas que cuando mires a tu alrededor y sólo veas caras que te dan miedo o que no entiendes, hay una persona, un punto fijo, al que puedes recurrir. Las lágrimas volvieron a presionar detrás de mis ojos, pero esta vez no eran de miedo o rabia. Eran de un alivio tan profundo que casi me doblaba por la mitad. —No sé si sé cómo tener un amigo —confesé. Él sonrió, una sonrisa triste y comprensiva. —Yo tampoco soy un experto. Pero se empieza por cosas como esta. Por cenar comida fría en un lugar horrible. Por reírse de los chistes malos del otro, compartiendo una locura y por prometerle que no está solo. Extendió su mano sobre la caja de madera, no para tocar la mía, sino con la palma hacia arriba, en un gesto de ofrenda y tregua. —No me llames detective. Llámame Marco. Y cuando digas ese nombre, quiero que recuerdes esta noche. Que recuerdes que tienes a alguien. Un aliado. Un amigo. Para lo que sea que venga. Miro su mano, luego su rostro, marcado por la fatiga. Y en ese momento, creí. Creí en él. No en la institución que representaba, no en las leyes a menudo ciegas, sino en el hombre que había ideado un plan loco para sacarme de allí, que me había hecho reír, y que ahora me ofrecía, sin condiciones aparentes, un salvavidas. Muy lentamente, posé mi mano sobre la suya. No un apretón, sólo el contacto de mi piel sobre la suya, fría al principio, pero que rápidamente encontró calor. —Marco —dije, probando el nombre, sintiendo su peso y su promesa. Él cerró suavemente sus dedos alrededor de los míos, en un gesto no de posesión, sino de pacto. —Valentina —respondió. El uso de su nombre, la vulnerabilidad que insinuaba, me desarmó un poco. Tomé un sorbo de la cola, fría y burbujeante, dejando que el azúcar me diera un valor artificial. —El envenenamiento —dije, mirando las burbujas ascender en la lata—. Fue provocado por Sor Benedetta. Al principio me negaba a creerlo, pero hubo hechos extraños que me llevaron a esta conclusión. Él dejó la porción de pizza a medio camino de su boca. No pareció sorprendido, sólo intensamente concentrado. —¿Qué hechos? —En la madrugada, cuando se llevaron a los niños, yo fui a la cocina. Por instinto. Necesitaba recordar qué habían comido los niños en común. Luego revisé los ingredientes… no sé por qué. —Tomé aire, recordando la escena con una claridad dolorosa—. Pero cuando estaba con el frasco de orégano, ella apareció de pronto. Su mirada era de terror. Y luego, de inmediato, se convirtió en un enojo furioso contra mí. Me pidió que dejara todo en su lugar y me culpó, deliberadamente, de hacerle daño a los niños. Fue… una acusación demasiado precisa, demasiado rápida. Como si necesitara un chivo expiatorio allí mismo. Luego, Sor Giulietta me confesó, asustada, que había visto actuar extraño a Benedetta días antes, y que la había visto buscando algo en la cocina, muy de noche. Bellini asintió lentamente, como si las piezas empezaran a encajar. —¿Por qué? ¿Y por qué no lo dijo entonces? —¡Porque nadie me creería! —exploté, la frustración de semanas saliendo a flote—. Incluso la madre Agnes piensa que soy yo la responsable. Todo empezó a torcerse desde que hablé con Dorian Martinelli aquella vez. Creen que soy un monstruo, una traidora. Incluso hoy, cuando me trajeron esposada, vi en sus ojos… satisfacción. El día del incendio, le dije a Benedetta que sabía que había sido ella. Y su gesto… su silencio helado… me confirmó que sí. Pero, ¿por qué lo haría? ¿Qué gana con esto? Bellini terminó su porción de pizza, pensativo. Su mirada ya no estaba en la comida, sino en mí, con una intensidad nueva. No era la de un policía analizando una declaración. Era más personal, más… curiosidad. —Tengo una teoría de que el incendio fue provocado por la misma persona. —¿Qué ganaría Benedetta dañando directamente el hogar de nuestros niños? —pregunté, desconcertada. —Antes que Dorian Martinelli, la propiedad pertenecía a Enzo Falconi, quien estaba en disputa con los Di Santis. —Marco se inclinó hacia adelante, sus codos sobre las rodillas—. Pero hay cosas que no terminan de cuajar. Por ejemplo, hace unas semanas, los Falconi le cedieron la propiedad a Dorian. Luego él les pide un pago exorbitante para no demoler el lugar, y pasan percances y desastres. ¿Por qué? Una sensación de inquietud me recorrió. Su tono había cambiado. La complicidad de hacía un momento se teñía de algo más afilado. —¿Por qué me miras como si yo tuviera esa respuesta? —Quizás porque fuiste tú quien habló con Martinelli —dijo, su voz neutra pero cargada de una implicación pesada. El suelo pareció inclinarse bajo mis pies. —¿Y eso qué tiene que ver? —Tú mismo lo dijiste: las desgracias cayeron una tras otra después de ese encuentro.
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