VALENTINA
El copiloto se giró, sacó un arma corta y me apuntó sin pestañear.
—Deja de gritar o te duermo, hermana. Ya estamos llegando a tu destino.
El coche se desvió por un camino de tierra, sorteando baches, hasta detenerse frente a un almacén abandonado, aislado en un tramo desolado de la playa. La estructura de madera podrida se inclinaba bajo el viento salado.
—Salga. Por favor.
«Por favor». La palabra sonaba a burla en boca del tipo con la sonrisa de payaso cruel que tenía.
—No iré a ningún lado —dije, plantándome. Un tirón brutal me sacó del auto y me arrastró varios pasos, la grava cortándome los tobillos descalzos bajo el hábito.
Me condujeron al interior. El aire olía a sal, humedad y abandono. En el centro, bañada por la tenue luz que se filtraba por las tablas rotas, había una simple silla de madera.
—Siéntese.
—No… ¿por qué aquí? ¡Llévenme a la comisaría! —Intenté retroceder, pero el más grande me sujetó con fuerza.
—Es sólo un trámite. Si coopera, será más fácil, monjita —susurró, acercándose lo suficiente para que yo sintiera su aliento en mi cara. Hizo un amago de tocarme, una provocación sucia.
—¡Maldita sea! —gruñí, y en un arranque de pura rabia, corrí hacia la salida. El otro me atrapó fácilmente, me levantó como a un fardo y me llevó de vuelta a la silla.
Me defendí, mordiendo su brazo. La lucha fue instintiva, irracional. Un torrente de adrenalina que me hizo forcejear, patear, morder el aire. Pero era inútil. Me sentaron a la fuerza.
—¡No me aten! ¡No he hecho nada!
Fue en ese momento, entre jadeos y con la visión nublada por el terror, cuando lo vi. Una silueta emergió de las sombras en el fondo del almacén. Caminó hacia la luz.
Era Marco.
Llevaba ropa de civil, una chaqueta oscura, el rostro marcado por una tensión severa. Su presencia no trajo alivio, sólo una confusión más profunda y una ira renovada.
—Basta. Yo me haré cargo —dijo su voz, grave y cansada.
—No dijiste que era una fiera salvaje —se quejó el tipo al que había pateado, frotándose la entrepierna con una mueca.
—Fue divertido —dijo el otro con una risa—. Así me gustan. Bravas.
Ambos hombres salieron, murmurando que esperarían en el auto para devolverme al orfanato.
Bellini se acercó, deteniéndose a pocos pasos. Su mirada recorrió mi rostro, mi hábito desordenado, las muñecas enrojecidas por las esposas, el miedo y la rabia que debían emanar de mí.
—Lo siento, hermana Valentina —dijo mientras me quitaba las esposas— Fue la única manera de sacarte de allí sin que te interceptaran y que la madre superiora nos dejara empezar esa charla pospuesta.
—¿Me trajo por eso? —escupí las palabras—. ¿Qué le sucede? ¡Estoy aterrada!
—Fue una idea loca de Rinaldi —reconoció, sin quitar los ojos de mí—. Pero funcionó.
—¡Para usted! ¡Para mí esto hace que las demás hermanas piensen que soy la culpable! Las vi mirarme. Era… era puro terror y desconfianza en sus ojos.
—Yo me encargaré de decir lo contrario.
—¡Si hubiera estado ahí! ¡Ni siquiera la madre Agnes me miró! Fue una mirada de… de entrega. Acaba de arruinar lo poco que me quedaba por una estupidez.
—Necesitaba hablar contigo. Lejos de esos muros, de esas miradas. Donde pudieras sentirte… libre de hablar. O de no hacerlo.
Bellini arrastró otra silla, la colocó frente a la mía, y se sentó. No me tocó. Sólo me miró, esperando.
—Habla conmigo, Valentina —susurró, y luego, de forma inesperada, añadió—: Será una noche larga. ¿Quieres empanadas o pizza?
—¿Qué? —No podía creer lo que escuchaba.
—Digo que serán unas horas largas. Aprovechemos para comer algo.
—¿En serio piensa en comer después de… de esto?
—Usted no tiene hambre.
—¡No, estoy que ardo en coraje! Que… que quiero…
—¿Quiere golpearme? —preguntó, su tono era serio, no provocativo—. Puede hacerlo. Si eso ayuda a que se relaje y podamos hablar.
La oferta, tan absurda y a la vez tan genuina, me dejó sin aire. La rabia seguía allí, palpitando, pero ahora mezclada con un agotamiento total y una perplejidad absoluta. ¿Quién era este hombre? ¿Un monstruo que ordenaba secuestros falsos o un detective desesperado dispuesto a recibir un puñetazo con tal de obtener una respuesta?
Las lágrimas, contenidas hasta ahora por el shock y la adrenalina, empezaron a nublarme la visión. No de tristeza. De furia impotente. Y, contra toda lógica, de un alivio mínimo y amargo: por fin estaba lejos de aquellos muros. Por fin, alguien me estaba preguntando, y no sólo acusando.