Capítulo 4. Curar las heridas.

1229 Words
Álvaro la tomó del brazo y la arrastró al cuarto donde estaban los implementos de aseo. —Así que piensas en acercarte a mí por medio de mis abuelos. A Keila casi se le salen los ojos al escuchar estas palabras. Álvaro hablaba calmadamente y con mucha seguridad. —Por dios, ¿sigue con lo mismo? Me acabo de enterar de que ellos son sus abuelos, es más ni siquiera me acordaba su nombre —Hablaba tratando de no gritarle a Álvaro para que no los descubrieran. —Por favor, una simple búsqueda en internet te daría esta respuesta. —Tengo cosas más importantes que hacer que buscar información sobre usted. Álvaro la jalo contra su cuerpo, sus ojos se encontraron de nuevo, Keila no sabía por qué sus piernas flaqueaban, podría ser porque hace mucho no estaba así de cerca de un hombre, él no sabía qué pensar con respecto a ella, ya que esta mujer era la única persona que lo había desafiado desde el primer día que se conocieron. —Déjeme ir, me hace daño. —¿A sí?, que curioso, aún me debes esa cachetada. —Si quiere la puedo repetir, le juro que haré un escándalo y le daré una paliza si no me suelta. —Adelante, me encantaría saber qué pensarían mis abuelos. —Ellos son mejores personas que usted, déjeme ir, que se cree imbécil. —No me creo nada, soy un hombre que no va a permitir que una mujer tan baja como usted me insulte o se acerque a mi familia. Keila no pudo más, con sus tacones de 8 centímetros, pisó con fuerza a Álvaro, y le dio una patada en la espinilla, este la soltó mientras frotaba su pierna del dolor, lo que aprovechó ella para salir corriendo y evitar que la descubrieran con Álvaro. Al llegar a su oficina, Andrea se asustó al verla tan pálida. —Amiga qué pasa, ¿estás bien? —Si solo es que me siento un poco cansada, creo que me va a dar gripa. —Amiga siempre te digo, necesitas tiempo para ti, tienes que estar bien para tus hijos. —No te preocupes, puedes por favor decirle a Beatriz que me empecé a sentir mal, voy por los niños y me voy a casa. Keila tomó su bolso y al llegar a la guardería de la fundación, Mercedes la vio pálida y le preguntó —Keila, ¿estás bien, porque tan pálida? —Creo que tengo un resfriado, vengo por los niños para irnos a casa. — Pero le puedes prender el resfriado a los niños. —Me pondré unos tapabocas, no te preocupes, en verdad quiero salir de aquí ya, no me siento bien. —Está bien, apenas termine mi turno salgo para tu casa— Mercedes vivía en el mismo edificio que Keila, eran unos apartamentos pequeños al sur de la ciudad y cerca de la fundación, así que no tenía que desviar mucho su camino. Keila tomó de la mano a sus hijos y salió a toda prisa, necesitaba pensar, aclarar su mente. No podía trabajar con ese hombre, él podría hacerle algo como venganza.  Álvaro se dirigía con sus abuelos y su tía al estacionamiento, cuando vio a Keila entrando a un auto, junto con los dos pequeños. —¿Quiénes son los niños que lleva Keila? —Son sus hijos, y de una vez te digo, no llevan el apellido de su padre, así que por favor no la juzgues. Dijo Marta en tono de advertencia. —Álvaro, sé que no la juzgarás ¿verdad? —hablo Beatriz mirando detenidamente a su nieto— además ni siquiera conoces a sus hijos, al pequeño Mateo, me recuerda mucho a ti cuando eras un niño, el mismo porte y para tener 5 años es un chico muy inteligente, igual que tú a esa edad. El hombre no paraba de mirar a la mujer con los pequeños, pensó que podrían ser hijos ilegítimos, de padres con dinero, pero por la edad de Keila no pudo chantajearlos ni apoderarse de su posición. En cuanto Keila llegó a su casa, y dejó a sus hijos jugando en la habitación, tomó una cerveza que tenía escondida en la nevera y la bebió de un solo sorbo. Mateo salió de la habitación y al ver a su madre preocupada le preguntó qué le pasaba. —Nada hijo tranquilo, creo que me siento algo mal, puede ser un virus o estrés, ve a jugar con tu hermana. Mateo no creyó mucho en lo que dijo su madre, tomó un libro y fue a la habitación a cuidar a Esperanza, pensó que era mejor dejarla sola. Keila se encerró en su cuarto para pensar en voz alta y aclarar sus ideas. —Cómo es posible que este hombre me ponga tan mal, es un idiota, egoísta, pero porque tengo que trabajar con él, creo que tendré que hablar con alguna excusa para cortar relaciones, así es, le dejaré el cargo a Andrea ella es capaz, o a Irma, ya que está fascinada con Álvaro, lo único importante para mí es conservar mi trabajo, mañana hablaré con Beatriz— se dijo de una forma determinada y con esto en mente, fue a jugar con sus hijos, hace tiempo no lo hacía, así que aprovecharía la tarde para estar con ellos y olvidarse de ese hombre. Al otro día Keila llegó a una de las sedes de la fundación, era una casa sencilla, pero bien arreglada en uno de los barrios más pobres de la ciudad, en este se encontraba un grupo de mujeres, intercambiando experiencias, ya que se habían separado de sus esposos por los abusos que sufrían. Keila observaba en una esquina, como una de las mujeres tomó la iniciativa de hablar de su experiencia, comenzó a contar su historia, la forma en que decidió salir su caja y abandonar a su esposo, Patricia, una de las psicólogas de la fundación se acercó a Keila. —A veces la mejor manera de sanar tus heridas es compartirlas con personas que llevan tú mismo dolor. —Patricia, sigues con lo mismo, te tengo a ti, y ya lo superé. —Hace mucho que no hablamos, las heridas se pueden curar, pero las cicatrices a veces nos hacen daño, lo que pasó no fue tu culpa…. —Concentrémonos en ellas mejor—interrumpió Keila y se dirigió al grupo de mujeres. Al llegar a la sede principal de la fundación, fue con mucha firmeza a la oficina de Beatriz, pero se sorprendió que ella saliera en ese instante. —Hija menos mal ya llegaste, te mandé un mensaje. —No escuche el celular. —No te preocupes, vamos a la corporación, tenemos que empezar a cuadrar uno de los eventos que tenemos que adelantar. —Con respecto a eso… —Vamos hija, en el camino me platicaras, tenemos mucho que hacer. En camino a la empresa, Keila no encontró el momento adecuado para hablar del tema, al llegar a la corporación, se dirigieron a la oficina de Álvaro, ya que su abuela lo primero que quería era saludarlo, como era hora de almuerzo, había pocos empleados y la secretaría no se encontraba en su puesto, sin pensarlo mucho, Beatriz abrió la puerta de la oficina y lo que encontraron estas dos mujeres las dejo muy sorprendidas.
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