Casi sin duda alguna, uno de los mayores atractivos de buscar hacer un pacto con el Demonio, con el demonio abrahámico –el cristiano más específicamente–, es la idea de satisfacer los mayores placeres de la vida. Ser rico, enamorar a quien se desee, vencer al enemigo, ser fastuoso y virtuoso, e incluso, paradójicamente, ser eternamente joven o cualquier otro capricho que se pueda pasar por la cabeza. Finalmente, entregar el alma a cambio no parece tan salido de quicio, si uno puede llegar a ser feliz y no se tiene tan claro qué es el alma. Se podría pensar que son los espíritus más agobiados los que tienden a dejarse seducir por los beneficios del contrato de sangre, pues encuentran más alivio en el placer inmediato, y la gloria, que en la idea una eternidad sublime e intangible en el Paraíso.
Sin embargo, las leyendas han dado buena cuenta de las enormes posibilidades que implica invocar a Satanás o alguno de sus esbirros, a tal punto que es difícil no pensarlo dos veces.
Los inquisidores dominicos del siglo XV, Heinrich Kramer y Jacob Sprenger, conferían a las brujas la capacidad de volar durante los aquelarres, entre otras atribuciones envidiables, en su infame El Martillo de las Brujas. En el siglo XVIII, el compositor italiano Giuseppe Tartini concedió la inspiración de su obra, Sonata para violín en sol menor, a un pacto con el Demonio, y de ahí que la bautizara el Trino del Diablo.
Por la misma época, se decía del virtuosismo del violín de Niccolo Paganini que estaba fundamentado en alguna clase de convenio diabólico. Y así, el Ángel Caído ha permitido a los seres humanos gozar de una vida terrenal “sobrehumana”, por decirlo de algún modo. Los ejemplos son innumerables, unos más probables que otros. Teófilo el Penitente se asocia con el Diablo para consagrarse obispo; Mefistófeles le ofrece a Fausto juventud y sabiduría; riqueza en monedas de oro y plata le concedió el inocente diablo al astuto labrador del conocido cuento de los hermanos Grimm; Urbain Grandier invocó al demonio Asmodeo para seducir a las monjas de un convento de ursulinas en Loudun; y el barón de Vaujour decidió intercambiar su alma “con el único propósito de vivir felizmente su duodécimo lustro, de que nunca le faltara dinero y de conservar asimismo en el más alto grado de potencia sus facultades prolíficas hasta esa edad”, como lo relata el Marqués de Sade.
En la década de 1980, y buena parte de 1990, muchas escenas parecidas figuraron en la cultura popular, especialmente visibles en el mundo del rock. Si bien tales historias se pueden rastrear hasta 1950, la globalización y el impacto de las nuevas tecnologías de comunicación en el consumo cultural durante las últimas décadas del siglo XX, permitieron propagar el aparente bulo de pactos entre miembros de las bandas musicales con Lucifer. La puesta en escena y la imaginería de grupos como Black Sabbath, Kiss o Iron Maiden ayudaron a fortalecer los rumores que, años atrás, habían cultivado Elvis Presley, los Rolling Stones, Led Zeppelin y Misfits, entre muchos otros.
El impacto en la opinión pública no fue nada parecido a una histeria colectiva, pero sí sirvió de argumento para que distintos grupos de la sociedad consideraran oportuno establecer controles a la producción de contenidos culturales que lograron alcanzar mucha influencia. En 1985 se creó en Estados Unidos, por ejemplo, el Centro de Recursos Musicales de Padres, una entidad que tuvo tal fuerza que logró llevar a uno de los integrantes de Twisted Sister a los estrados, por considerar que los contenidos del grupo incitaban a la desobediencia.
Era la época de la música pesada, de los pentagramas al revés, de la euforia adolescente con Damián y La Profecía (realmente de 1976), del 666, de los niños del maíz, de la tabla Ouija, de Vic Rattlehead, de Eddie the Head, de Alf y de la segunda edición de AD&D. Y en esa época el satanismo se situó inestablemente en la opinión pública de buena parte del mundo occidental. No era una cacería de brujas, pero los padres, o algunos adultos en general, temían perder a su juventud en siniestras orgías maléficas, donde se sacrificaban neonatos y se adoraba a Baphomet. Sospechaban de sus hijos. En los colegios se dictaban conferencias y se proyectaban documentales sobre los mensajes subliminales en las portadas de los discos y de varios productos, ya no siendo los nazis protagonistas, sino el Ángel de las Tinieblas. Hasta se especuló que Xuxa, una famosa presentadora infantil brasileña, ocultaba mensajes satánicos en sus discos por medio del backmasking, técnica que se suponía había usado por primera vez Alice Cooper para adorar a Satán siguiendo las indicaciones de una bruja.
Con una perspectiva más convencional, se podría decir que se trataba de una reacción histérica protocolectiva (no una histeria) frente al bombardeo de productos contraculturales que aprovecharon el crecimiento de las industrias culturales para posicionarse. Parece resultar casi obvio decir que el satanismo es un producto de la cultura popular durante 1980 y 1990. Es común considerar que su figura fue (o incluso es) apenas una estrategia de mercadeo. Un análisis similar se puede emplear para otros contextos en los que el Diablo jugó un papel importante.
Desde ese punto de vista, por ejemplo, se interpreta la extirpación de idolatrías en el Nuevo Mundo, donde se supone que el culto al Diablo fue una excusa de los españoles para saquear el oro del continente; o también el caso de la Inquisición en Cartagena de Indias, en el que se interpretan las acusaciones de brujería como una excusa para abolir los rituales de negros, mulatos y judíos, con el fin de someterlos. ¿Significa, entonces, que nadie nunca ha creído en Satanás? ¿Que quienes condenan o respaldan su culto son los titiriteros que urden el destino de la gente para su conveniencia? ¿Significa eso que no es posible vender el alma al Diablo para conseguir la gloria terrenal?
Muchos de los jóvenes que pasaron tardes enteras forzando discos de acetato a sonar al revés, mientras entrecerraban los ojos vanamente, tratando de entender alguno de los mensajes ocultos en las canciones o buscando la imagen de Lucifer en el reflejo de las portadas, vieron sus esfuerzos frustrados. Aun así, la música inspirada en su imagen se sigue componiendo y el saludo con los dedos en forma de cuernos se ha internacionalizado en múltiples escenas musicales. Y esto ya no es visto como satanismo. El satanismo cogió un rumbo más atroz.
En enero de 2014, el diario The Economist publicó un artículo titulado What do Satanists believe (en qué creen los satánicos), con ocasión de la petición por parte del Templo Satánico de poner una estatua del Macho Cabrío junto al monumento de los Diez Mandamientos que yace en el Capitolio del Estado de Oklahoma, EE. UU. El argumento de esta institución, que antes había pasado inadvertida por la opinión pública, es que su orden promulga la defensa de los derechos básicos individuales. Y en efecto lo hace.
La historia del Templo Satánico crece paralelamente a la del rock. Justamente en esa época se rumoraba en algunos círculos la existencia de un Papa n***o, vicario del Anticristo. El denominado Papa n***o se llamaba Anton Szandor LaVey, un ocultista estadounidense que había basado sus estudios en los escritos del célebre Aleister Crowley. La obra que lo posicionó en los distintos círculos esotéricos fue la Biblia Negra, publicada en 1969, en donde consignaba los principios filosóficos de la Iglesia de Satán. La obra permaneció más como un mito que como un libro de mesa de noche, y sus consignas quedaron relativamente relegadas. Pero, en la década de 1970, círculos pequeños de activistas y fanáticos de librerías ahogadas en incienso, tuvieron acceso a la opera magna del Papa n***o y se creó una congregación nada despreciable de seguidores de Satán.
Ahora bien, ¿en qué creen los satánicos? Un capítulo de la Biblia Negra es titulado “Del Infierno, el Diablo y de cómo vender tu alma”. Difícilmente se puede sugerir que Teófilo el Penitente o Tartini siguieron rituales similares para lograr invocar al Ángel Caído. Quien lo lea no va a encontrar la fórmula para hacer pactos con el Demonio. Tan solo va a encontrar ideas posmodernas, dignas de la época, acerca de las libertades individuales por fuera de los parámetros de la sociedad imperante, sustentadas en vagas alusiones a Nietzsche, combinadas con rituales que involucran posiciones de yoga y saludos al Sol. Basta decir que otro de los capítulos se titula “El Dios al que adoras podrías ser tú mismo”. Interesantes reflexiones sobre cómo ser feliz, eso sí, pero ninguna sola pista sobre cómo invocar a Satanás.
Aquelarres y brujas, orgías a la luz de la Luna, sacrificios humanos ante el señor de las tinieblas. Satán sigue siendo venerado y adorado. Sus seguidores se cuentan por miles y las sectas oscuras han encontrado un nuevo camino para su expansión: el entramado de Internet.
En la Edad Media, los seguidores de Lucifer eran perseguidos y sus brujas quemadas en la hoguera. Hoy, algunas de estas sectas están compuestas por personajes que forman parte de la vida pública, con dinero y mucha influencia. Ya no permanecen ocultos y celebran sus misas negras en la Red. Han abandonado los bosques tenebrosos y cambiado la luz de la Luna por la fibra óptica... Incluso el 'pacto último', la venta del alma al diablo, es posible en Internet. Si alguien está plenamente decidido, si ha renunciado al dios de sus padres y se muestra totalmente dispuesto a iniciar el camino tenebroso, no tiene más que navegar por algunas páginas de la Red.
De todas formas, no es necesaria una decisión tan radical para aproximarse al Lado Oscuro . Una búsqueda con términos como Satán, Belcebú, satanismo... da acceso a miles de referencias. El número de sectas que hacen proselitismo a través de la Red es muy numeroso. Algunas, previo pago, permiten que el usuario se sume a los adoradores del Mal
En esta confesión, queda claro que la caridad comienza y acaba en uno mismo, el amor es primero hacia la propia persona y luego... ¡ya se verá!. En la misma línea de este Profeta del Mal se encuentran la Iglesia Mundial de la Liberación Satánica, fundada por Paul Valenti, y el Templo de Set, creado por seguidores de Alton S. La Vey, presente desde los inicios de Internet. También es de destacar La Iglesia del Virus, que tiene una idea muy singular sobre Dios, ya que lo considera una enfermedad (exactamente un virus) que ataca y hace que se sigan sus creencias; la Ordo Sinistra Vivendi es un grupo elitista integrado por filósofos y ocultistas que dicen no pertenecer a ninguna secta ni seguir ningún dogma. Sostienen que sólo buscan potenciar el yo de cada uno de los iniciados y desarrollar los poderes ocultos; y la Grotto of the Wolf, que nació con el boom de Internet y su presencia se reduce a esta red de redes. Hay muchas más sectas e iglesias satánicas (casi todas ellas estadounidenses) que tienen presencia en Internet, bien con su propia Web o a través de una dirección de correo electrónico.
Negación de Dios.
La característica común a todas ellas es su adoración a Satán, la práctica de la magia negra y las ciencias ocultas y su negación de cualquier tipo de dios celestial. En casi todas estas direcciones es posible establecer una conversación con sus integrantes, incluso con su fundador, expresar una opinión y participar en un coloquio. También existe una dirección que explica en qué consiste esta doctrina y permite dialogar y solventar dudas sobre qué piensan y sienten los satanistas. Satán, las misas negras y la venta de almas es un negocio de ayer y de hoy. O quizás algo más que negocio: "Oh, Señor de la Oscuridad, a Ti te rogamos. Recibe y acepta este sacrificio que nosotros Te ofrecemos. Para que podamos soportar Tu señal y Tus deseos y puedas satisfacer nuestras plegarias y destruyas a nuestros enemigos".
Investigando descubrí que es un patrón que se repite: en todo el mundo hay gente que está convencida de que existen sectas satánicas que abusan de niños. Si no se encuentran los muertos es porque los esconden bien. Es gente que está por todas partes y los casos son similares en Estados Unidos, Francia, Italia…”. ¿Y por qué se produce esto? “Los rituales satánicos forman parte de nuestro imaginación. Hace siglos ya se denunciaba que los judíos llevaban niños a hacer rituales en los cementerios. Sin embargo, luego las investigaciones señalan que la mayoría de los casos son mentira o son un grupo de adolescentes haciendo una pintada en la tapia de un cementerio”, explica el autor del podcast Veleno, macabro y duro suceso del que se publicó un largo reportaje en El Confidencial.
La historia trata sobre unos niños que denunciaron a sus familiares por realizar ritos satánicos y abusar de ellos en un cementerio cercano a Módena y que, según dictó después la Justicia, se inventaron todo. Algunas víctimas dijeron ya adultas que fueron manipuladas por los psicólogos para contar un enloquecido y cruel relato que en un inicio fue aceptado como veraz, pese a estar lleno de sucesos estrambóticos. En el país donde en Turín, considerada una de las tres ciudades satánicas junto a Praga y París, hay hasta rutas turísticas de ese rastro demoniaco —y que tiene de norte a sur presencia de curas exorcistas—, el terreno estaba abonado para creer en estas denuncias.
Hay, en todo caso, una generalizada convicción en la aldea global, desde el inicio de los tiempos, de que existe el bien y el mal como energía o deidad. En el budismo a ese mal se le conoce como Mara, en el zoroastrismo como Ahriman, el hinduismo lo conoce como Iama y los incas lo llamaban Supay. En el judeo-cristianismo es una figura esencial que recibe diversos nombres. En todo caso, en Occidente, fue tras la Edad Media que la idea de Belcebú, Satán, Lucifer… tomó forma hasta convertirla en una amenaza mundana. Miles de personas han muerto en los pasados siglos acusadas de adorar al maligno. ¿Qué puede haber más cruel y despreciable que un niño al que tortura y sacrifica un adulto porque adora al demonio? ¿Qué amenaza hay mayor que la de quien hace el mal porque cree que eso es lo correcto?
Pablo Trincia habla de un fenómeno global, el de creer que hay una red de pedófilos satanistas por el planeta. Un ejemplo fue el llamado 'Pizzagate', historia de 2016 . En ella se narra como un tipo se hizo 600 kilómetros en vehículo desde Carolina de Norte a las pizzería Comet Pin Pong de Washington, armado con un fúsil, convencido de que allí algunos políticos demócratas abusaban y sacrificaban a menores. La creencia de una inmensa red de adoradores del mal está en la base de la filosofía QAnon de la extrema derecha estadounidense. Miles de personas en EEUU son hoy capaces de ir a la ciudad de Dallas a esperar la resurrección de J.F.K o estar convencidos de que viven rodeados de pedófilos que veneran al diablo y que, eso sí, pertenecen al Partido Demócrata de EEUU.
En la paranoia absoluta, el satanismo ha sido relacionado con las vacunas del covid-19. Hay un artículo de El País titulado 'Satanás y desinformación: una rentable alianza en tiempos de coronavirus', donde se habla de esta conexión: “Invocar al demonio y a la simbología que lo representa, como el número 666, para denunciar una conspiración oculta que intenta dominar el mundo ha permitido a Fort Russ News, una web prorrusa creada por expertos serbios y alojada en servidores estadounidenses, mejorar en un 400% el tráfico de su página web desde el pasado marzo, en plena pandemia, según ha investigado UE Vs Desinformación”, dice el primer párrafo. Las teorías conspirativas con el aderezo demoníaco ganan mucho empaque y sirven para explicar la quema de la catedral de Notre Dame en París o que desaparecen cientos de niños por todas partes que son sacrificados en rituales que nadie ha visto.
La unión de todas estas creencias tiene, por ejemplo, un nombre: Robert David Steele, un antiguo oficial de la CIA que se convirtió en emblema de las teorías QAnon. “Miles de niños son secuestrados, abusados, asesinados y sacrificados al diablo por razones de poder. Lo dicen las víctimas, los testigos, las pruebas”, declaró en una entrevista este hombre que afirmaba que el Covid era una mentira y acabó muriendo por esa enfermedad en agosto pasado.
El demonio es un fantasma que renace hoy con fuerza, pero el boom contemporáneo de este miedo -viejo como los juicios de las Brujas del Salem- tiene que ver con una canción que desató la fiebre de belcebú. En 1971, la banda de rock británica Led Zeppelin publicó el tema 'Stairway to Heaven', una de sus piezas más reconocidas. Diez años después, una enorme polémica estalló cuando alguien aseguró que si el disco se escuchaba al revés (¿quién escucha discos al revés?) la canción dice: “Brindo por mi dulce satanás, cuyo estrecho camino me solía poner triste, cuyo poder es de satán. Te dará, te dará, 6, 6, 6…”. Inmediatamente se desataron todo tipo de teorías conspirativas y los programas de televisión americanos se llenaron de especiales que hablaban de satanistas, sectas, el peligro de sus mensajes subliminales y, por supuesto, p*******a. De nada sirvió que el propio grupo explicara que todo era absurdo: “¿A quién se le hubiese ocurrido eso? Tienes que tener mucho tiempo libre para siquiera considerar que alguien pueda hacer eso. La sola idea me parece sucia, pero es muy estadounidense, en ningún otro sitio del mundo nadie se lo ha planteado”, dijo su cantante y compositor, Robert Plant.