La marca roja carmesí adquirió un aspecto más terrorífico en la palma de la mano de Agustín, el demonio había dejado su marca reflejados en los eventos pasados del hombre, el cuerpo de Bridget estaba poseído por el varón diabólico. Tenia sus ojos, su color de piel y la malicia que tanto lo caracterizaba. La controlaba a su antojo, solo para obtener los resultados que quería.
Al final el psicólogo escuchaba atentamente lo que el demonio quería que hiciera. Pidiéndole que no le dijera a nadie sobre lo ocurrido, ya que, no le convenía meter a Bridget en problemas; aun asi, los humanos quizás no le creerían porque se trataba de algo irreal. Poco probable. Sin embargo, su favor de todas maneras llevaría al hombre a su condena, trayendo consigo su alma. El demonio no era de confiar, en realidad, ninguno lo es.
―Saldrás y le dirás a mis padres que no quieres llevar mas a cabo mis terapias – le dijo Bridget, su voz seguía ronca, diabólica y aterradora. Ella continuó: –. Que eres un psicólogo harto de tu trabajo, y, por último; no intentes mostrar tu mano ¿quedo claro? – condiciona con advertencia, levantando una ceja.
―Está bien – acepto – ¿Qué otra cosa quieres que haga?
―Tambien trataras de convencerlos de que necesito compañía de otros, con jóvenes de mi edad, en donde puedan orientarme y darme educación.
―¿Por qué necesitas algo asi?
―¡Eso no te incumbe humano traicionero! – rugió diabólicamente, provocando que Agustín se sobresalte – ¿Lo harás o no?
El hombre traga saliva con dificultad y asintió con la cabeza. Poco a poco, el cuerpo de Bridget llego a su estado natural, ya sus pupilas vuelven a teñirse en su color grisáceo, las venas ya no se marcaban con exageración y las uñas fueron disminuyendo a un tamaño normal. Retrocedió algunos pasos recuperando la conciencia, sacudió la cabeza y un mareo provoca que se sentase de golpe en el sofá de cuero, su respiración entrecortada no la dejaba concentrarse del todo.
―Hare lo que pediste – avisa Agustín, levándose de la silla.
Bridget le mira confundida, sin saber a lo que se refirió exactamente. El psicólogo se dirigió hasta la puerta, no sin antes tomar una chaqueta colgada de un perchero para asi taparse la mancha carmesí de su mano. Afortunadamente su cortada no era muy profunda, de lo contrario, tendría que ver a un médico.
―Debo hablar con ustedes – les dijo Agustín con seriedad a los padres de Bridget, la adolescente desde adentro podía oír la conversación, ya que el hombre había dejado la puerta abierta.
―¿Sucedió algo? – Betty frunció el ceño, mirando por un momento hacia el interior, la joven estaba de perfil y sus miradas entre madre e hija se encontraron.
―Lamento decirles que no podre seguir con las terapias de Bridget – comunica con seriedad. El psicólogo mantuvo su mano por debajo de la chaqueta, tratando de disimular el dolor que esta le causaba.
Los padres compartieron miradas.
―¿Por qué no quiere seguir dándole terapias? – Frederick quiso saber – Sabes que ella lo necesita – le recordó. Su padre ya tenia pensado que esta sería la última sesión de terapia con su hija, pero, nunca pensó que el mismo psicólogo tomara la decisión de terminarla.
―Pienso que lo mejor es que Bridget busque compañía de otras personas – les dijo, explicando sus razones –, en donde pueda comunicarse, hablar y hacer amigos; pero sobre todo que tenga una buena educación.
―¿Y crees que ella pueda tener problemas? – cuestiona Betty –. Recordemos que Bridget presenta un trastorno y no se si es conveniente – dudo la mujer, negando con la cabeza.
―La adolescente nunca ha presentado agresión con personas – repuso Agustín, intentando convencerlos – solo tiene alucinaciones, esta perdida en su mente y en el trauma, necesita relacionarse
Los adultos se miraron entre ellos, pensando si seria buena idea el consejo del psicólogo, el cual se mantuvo callado esperando la decisión de los padres de su paciente. Agustín apretaba su mano sobre la tela de su chaqueta, mordiendo ligeramente su labio con nerviosismo, sabia que si los padres de Bridget no aceptarían; su castigo iba a hacer enorme.
―Creo que tiene razón – hablo Frederick segundos después – nuestra hija necesita relacionarse, no tiene amigos, se la pasa encerrada en su habitación y debe retomar la escuela cuanto antes.
―Asi es – afirma el psicólogo en un suspiro de alivio, pensó que no lograría convencerlos.
―¿Esta seguro que ya no quiere darle terapias? – indaga la mujer, mirando al psicólogo casi suplicante. Betty no quería alejar del todo a su hija de las terapias, se preocupaba por su salud mental y deseaba que algún día pudiera recuperarse.
―Lo siento – dijo en cambio –. Es todo lo que puedo hacer por ella, Bridget debe retomar poco a poco su vida, sin exigirle demasiado – Agustín inspiro profundo y voltea a sus espaldas para mirar por unos segundos a su paciente. La joven seguía quieta y sin moverse, pero, se preguntaba porque el psicólogo decía esas cosas.
Betty asiente con la cabeza, pasando un mechón de cabello tras la oreja, toma aire y camina hasta el interior del consultorio.
―Hija – le llamo. La joven sube la vista y se levanta del sofá –. Debemos irnos – avisa su madre haciendo un ademan con su mano, de inmediato, Bridget se dirigió a la salida junto a sus padres.
―Gracias por todo Agustín, respeto su decisión y cualquier cosa quisiera seguir en contacto con usted– Frederick extendió su mano, el psicólogo baja la vista y estuvo a punto de mostrar la mano herida, pero rápidamente cambio por extender la otra. Ambos la estrecharon.
―Por supuesto señor, estaremos en contacto – forzó una sonrisa. «Me alejare lo más posible de ustedes» quiso decir, pero se contuvo.
―Hasta luego.
†
7 de junio, Montana.
Bridget se encontraba en su habitación, observando sus manos vendadas con detenimiento. En el día de ayer el vendaje se había roto en algunos extremos debido a la transformación de su cuerpo. Cuando el demonio estuvo poseyendo cada parte, causo que la venda fuera estirándose hasta romperse. Cosa que ahora a la joven le ocasiona dolor e hinchazón. Su marca en la palma de su mano todavía seguía intacta y no podía borrar aquellas imágenes del cuerpo tendido en el suelo, la inicial en su piel blanca decía mucho de su vida, todo dependerá de cada circunstancia que se haya dado en su presente y pasado; en el que tendrá decisiones importantes que tomar dando una gran persecución.
Bajo por las escaleras sosteniendo una pequeña maleta, una vez había llegado a la sala, camina directamente hacia la cocina para prepararse su desayuno: sándwich con huevos revueltos acompañado por una taza de cafeína. Su preferido. Esa mañana fue un tanto extraña para la joven porque en su cabeza podía oír como susurraba aquella voz, muy masculina y diabólica, que no comiera ni un solo pedazo de pan. La muchacha tuvo que detener sus manos a pocos centímetros de la taza negra, sosteniendo la tetera con fuerza, inmóvil ante escuchar aquello.
«No intentes comer, no lo hagas» le dijo el demonio.
Con las manos temblorosas, Bridget provoca que la tetera gotee el oscuro café sobre la taza. Traga saliva con dificultad.
«Se que me oyes, Bridget. No intentes ignorarme»
―¡No! – grito ella exaltada, sus padres asecharon como a la joven se le resbalo la tetera hasta el suelo, partiéndose en pedazos.
Cada día sus padres pensaban que Bridget perdió la cabeza, y con este acto les era mucho mas afirmado. Ambos se levantaron de las sillas, con los ojos bien abiertos (obviamente ellos no se lo esperaron) fue algo que la joven no pudo controlar, su mente cada vez le llena de frustración, duda e inquietud.
―¿Pero…que? – pronuncia su padre, parpadeando varias veces.
―Hija…―le llama su mama acercándose despacio y precavida – ¿estas bien? – cuestiona dándole un repaso de abajo hacia arriba.
«No quiero que comas ni bebas Bridget, ¡te matare si lo haces!» amenaza esa voz.
La muchacha comienza a respirar con agitación, sus manos le dolieron, cerro sus ojos chillando por muy pocos segundos. El dolor en su garganta regresa, ardiendo como el fuego. Odiaba tener que soportar aquello. Se agacha con rapidez tomando los pedazos de vidrio de la tetera que yacía rota en el piso.
―Espera Bridget, yo lo hago – se adelanta Betty poniéndose frente a ella, la joven chasquea la lengua en una negación – Tranquila buscare la escoba, no quiero que te cortes…―Bridget resopla colocándose de pie, aceptando la ayuda de su madre.
«Buena idea, ¿Por qué no te cortas las venas?» propuso el demonio.
―¡Cállate! – vocifero.
―¡Bridget respeta a tu madre! – regaño Frederick, frunciendo el ceño
―Perdón – se disculpo en tono bajo, su respiración continuaba agitada, manteniéndose cabizbaja.
En la encimera se encontraba su desayuno de huevos revueltos ya preparados, al igual que su sándwich. El café que estaba preparando era para sus padres y para ella, se culpaba por haber roto la tetera de su mama, porque tuvo muchos años cuidándola y la joven lo había roto sin querer. Maldijo por lo bajo. Se dio vuelta para tomar el plato de comida y, de nuevo, el demonio le habla:
«Te dije que no comieras»
Bridget con mucha furia arrojo su desayuno en el bote de basura, para luego, tirar el plato directo al fregadero.
―¿Qué haces hija? – exclamo Frederick perplejo, compartió mirada con su esposa, la cual tenía su misma expresión – ¿acaso no tienes hambre?
Ella negó.
La joven se apresura a paso largo hacia la sala, conteniendo las ganas de llorar. Se sentó sobre el sofá y toma una de las almohadas para abrazarla contra su pecho, inspirando hondo, soltó aire inclinando su cabeza hacia atrás. Sacudió la cabeza y un par de lagrimas salieron. No pudo aguantar, no era tan fuerte como antes, hiso lo que su cuerpo quería: Llorar, gritar, chillar hasta patalear. Sus padres se adentraron en la sala intentando tranquilizarla, no la reconocían, se asustaban con ella y rezaban para que su mente puede sanarse. Esa locura inexistente como Bridget muy bien sabia, no se trataba de algo simple y que se pudiera curar en pocos meses, era eso que no podías olvidar en ningún momento; nadie se salvaba de ello. Sus oscuros secretos son tatuajes en su piel que podían quedarse ahí de por vida.
Esa mañana fue un caos, una destrucción.
Y eso que apenas estaba empezando…