La locura para muchos puede ser un trastorno o perturbaciones mentales, donde la persona comete una acción de forma irreflexiva, llevando una perdida de control de emociones. En mi caso, según mis padres, tengo una distorsión de la realidad; donde aparecen mis supuestas alucinaciones y comportamientos absurdos y sin motivo. La inexistencia para ellos se basaba en algo que no existe en nuestra realidad, imposible de ver o de escuchar. Si ellos estuvieran en mis zapatos lo entenderían, no pensarían que mis “alucinaciones” fueran como un personaje ficticio, imaginario o irreal.
Todo eso no tenía nada que ver conmigo, porque en mi vida no existía locura y tampoco lo supuesto inexistente que se consideraba nulo… sino el terror y lo paranormal.
―Y bien – empezó Agustín – ¿Qué intentabas hacer saliendo de casa, Bridget? – pregunta llanamente.
Me quedé en silencio, jugando con los dedos de mis manos sintiéndome inquita y nerviosa, tuve que respirar profundo.
―Sabes que puedes decirme lo que quieras, pero te noto algo incomoda hablando sobre esto, ¿me equivoco? – inquirió mi psicólogo.
―No, no se equivoca – respondo en voz baja.
―Esta bien, lo entiendo – acepta sin problema. Agustín sabia que yo era una paciente de hablar poco y agradezco que me diera mis momentos para decir lo que siento –. Yo estoy aquí para ayudarte y tenemos mucho tiempo trabajando en como te sientes, se que te cuesta hablar sobre ello y pienso seguir ayudándote ¿vale?
Asiento con la cabeza, aunque en el fondo, deseaba salir de ahí.
―Te hare unas preguntas – avisa, tomando una carpeta del escritorio y se ajusta sus lentes por unos segundos, carraspea: – ¿durante el día como te sentiste? ¿en qué ámbito te afecta todo esto?
Inhale hondo.
―Yo…―en ese momento no puede hablar, sentí como si tuviera algo en la garganta, me ardió y no pude respirar.
―¿Sucede algo?
Mis manos temblaron, de nuevo esa sensación de ser observada me inquieta, el control de mi cuerpo ya no me pertenecía. La sangre en mi sistema subió de temperatura y mis ojos adquirieron un color carmesí, el hombre justo en frente palidece, mis uñas crecieron al igual que las extremidades de mis dedos. Gruñí y chillé de dolor, después, sin sentido alguno enterré mis dedos en su escritorio hasta casi hacer contacto con sus manos. Mi voz ya no era la misma, tampoco mi rostro, se convirtió justo como el de los demonios. Mis dientes eran filosos, las venas sobresalían en la piel, la respiración entrecortada había hecho que mi corazón chocara contra el pecho. Fulmino al psicólogo con la mirada, el hombre no me reconoce, estaba helado y completamente petrificado, no reconoció el monstruo que tenia frente suyo.
―Dime tu secreto – dije. Mi voz era muy gruesa y escalofriante.
―¿D- de que hablas? – Agustín tartamudea. Sonreí con malicia al verlo temblar.
Mis uñas tocaron con mas profundidad la madera, haciendo que esta crujiera, el psicólogo se tapa los oídos y cierra sus ojos. Yo me levanto e inclino mi cuerpo sobre el escritorio, mirándolo muy fijamente, Agustín traga saliva con temor.
―Dime tu secreto – repito una vez más.
―¿Cuál secreto? – el hombre pareció confundido, por lo tanto, tome su mano izquierda hasta enterrar mi uña en ella; Agustín gimió de dolor.
―Te ayudare a recordar tu oscuro secreto– le dije, sonriendo de lado.
†
La mano del psicólogo tembló al instante en que mis uñas se enterraron más en su piel, llevándolo asi en un flashback de recuerdos en su pasado:
» Eran exactamente las 6:57pm cuando una mujer había llegado hasta la casa de Agustín, un 18 de mayo del 2016, ambos se pusieron de acuerdo para verse a escondidas. La esposa del psicólogo, Elena Alonso, no supo nunca de tal encuentro entre ambos; cosa que ese día su esposa estuvo hasta tarde trabajando. La amante de Agustín sabia perfectamente que era un hombre casado y nunca le importo tener algún tipo de relación con el hombre.
―¿Seguro que ella llegara tarde? – pregunta su amante una vez había entrado a la casa –. Tengo muchas ganas de estar contigo.
―No te preocupes por eso, ella no vendrá – asegura Agustín, acercándose muy poco a poco, para luego rodear sus brazos en su cintura – ahora, debemos empezar, tambien tengo ganas de estar contigo.
La mujer sonríe encantada por sus ganas de unirse entre las sábanas, jadeantes y contemplados por el calor de sus cuerpos. Comenzaron a besarse al mismo tiempo en que se desvestían, de ahí, el recuerdo termino.
†
Agustín sacudió la cabeza de un parpadeo, la oscuridad no tarda en volver a teñir mis ojos carmesís de forma mucho mas intensa, provocando que mis pupilas se dupliquen. La frente del hombre estaba llena de sudor y por su boca gemía, imploraba, que le soltase la mano. Pero sobre todo se preguntaba como yo pude saber un secreto tan grande en su vida, porque nadie más sabia sobre ello.
―Asi es Agustín, sé que engañas a tu esposa desde hace muchos años y, créeme, que puedo hacer que ella se divorcie de ti en segundos – sentencie, hundiendo mis cejas, mostrando lo filoso que estaban mis dientes.
―¿Cómo es posible que sepas eso? ¿Qué demonios eres tú? – se apresura a decir con pocas fuerzas, observando como mis uñas dibujaban en la palma su mano, la inicial de su nombre.
―Soy eso que acabas de mencionar…un demonio – le dije con detenimiento –, soy aquello que muchos temen de presenciar y, en algunos casos, pocos son los que nos logran ver o escuchar.
―¿Y porque yo puedo hacerlo? – siguió preguntando – ¿Por qué puedo verte?
―Cuando los demonios llegamos a la realidad, en la presencia de los humanos, es porque queremos hacer un trato con dicha persona – explique, mirándolo.
―¿Quieres hacer un trato conmigo? – inquirió. Sonreí como respuesta y asentí despacio, soltando la mano impregnada de sangre – ¿Qué tengo que hacer?