Capítulo 6: La carrera

1511 Words
Capítulo 6: La carrera Ahogué un grito y cerré los ojos con fuerza cuando arrancó. Aún tenía los ojos cerrados, pero caí en la cuenta de que tenía que ver cuando se acercaran los banderines, así que los abrí. Traté de ver sobre el hombro de Camilo, pero aún no se veía ningún hilo con banderines. Me atreví a mirar hacia los lados y me encontré con una motocicleta muy cerca de la nuestra. Era nada más ni nada menos que la de Sebastian. La chica no estaba agarrada del estómago de mi primo, sino que de la parte de atrás de la moto como si ya estuviera acostumbrado. –Preciosa, aquí vienen los primeros banderines –me gritó Camilo. Volví a mirar sobre el hombro de Camilo y los vi. Era una hilera de banderines triangulares de color naranjo fuerte y cada vez estaban más cerca. –Cuando yo te diga –gritó el castaño y esperé soltando un poco mis manos–. ¡Ahora! En cuanto Camilo me gritó levanté los brazos y me di un pequeño impulso hacia arriba. Sentí la tela fría entre mis manos y la agarré. –¡Lo hice! –chillé emocionada. Sentí cómo Camilo se reía y yo también lo hice. –¿Dónde me guardo esto? –si lo tenía en la mano no podría agarrar los demás con facilidad. Miré hacia la motocicleta de Sebastian, que ahora iba un poco más delante de la de Sebastian. La chica se había metido el banderín en el sostén y dejaba solo una pequeña parte al aire. Apreté los labios y miré mi propio sostén. Bueno, si no quedaba otra... Metí con cuidado el banderín en mi pecho y lo enrollé bien para que no se cayera. Rodeé a Camilo con mis dos brazos y miré nuevamente sobre su hombro. Vi cómo a unos metros de distancia había una nueva hilera de banderines, esta vez de color rosado. Me preparé y cuando Camino me dijo “¡Ahora!” volví a agarrarlo. Asi pasó la carrera hasta que tuve en mis manos cuatro banderines de distintos colores. Estábamos por llegar a la meta y sólo faltaban los banderines de color verde. Pero en cuanto mis dedos tomaron la tela Camilo aceleró de golpe y el banderín se me escapó de los dedos. Segundos después Camilo detuvo la motocicleta. –No pude agarrar el último –dije derrotada–. Casi lo tenía. Camilo se bajó de la motocicleta y me miró con una sonrisa. –Da igual. Llegamos segundos, pero como no pudiste agarrar el último nos quedamos sin nada –se encogió de hombros. Puse una mueca con mis labios. –De verdad lo siento –me disculpé. –No te preocupes –me ayudó a bajarme de la motocicleta–. Pero deberías sacarte esos banderines de ahí. Miré los banderines de colores en mi pecho y los saqué de ahí con rapidez. –Fue divertido –le dije mientras caminábamos hacia donde los chicos estaban. Camilo se rio, pero fue interrumpido por una voz a sus espaldas. –Tal vez será para la próxima. Ambos nos giramos para ver quién había hablado. Frente a mí tenía a un hombre robusto que estaba más o menos cerca de los treinta. Llevaba un fajo de dinero en las manos y dos chicas con vestidos apretados y cortos lo acompañaban, una a cada lado,oh, creí realmente que había ganado Sebastian. No él. –Fue solamente suerte Juaquín –le dijo Camilo y ese hombre se rio. –Todo este dinero es más que suerte – balanceó el dinero en su mano. Hasta que detuvo su mirada en mí. –Y esta chica, ¿quién es? -Preguntó. –Eso no te importa, Juaquín. -dijo Sebastian habló mientras aparecía a nuestro lado. –Pero miren quién llegó. El guapo Sebastian –Juaquín se rio. –Sé que soy guapo. Pero no es necesario que te humilles enfrente de todos. Juaquín apretó la mandíbula y lo miró enojado. –Me gusta tu sentido del humor, pero no creo que lo tengas cuando llame a mis hombres para que te den una paliza y termines en el hospital -advirtió. Sebastian no habló más. Se notaba que Juaquín no era de buena influencia. –Entonces, volviendo a ti, guapa –me miró–,¿cómo te llamas? Me tensé. No contesté nada. No podía. –¿Acaso necesitas que te lo grite? –habló con fuerza y yo retrocedí de la impresión. –No se te ocurra volver a gritarle. Sebastían volvió a hablar. Su voz sonaba tranquila y a la vez firme, pero si lo mirabas estaba rojo de la rabia. –¿Me quieres mandar niño bonito? Sin más, Juaquín me agarró de la muñeca e hizo presión haciéndome daño. Intenté retroceder, pero me apretó con más fuerza. Sebastian y Camilo se iban a abalanzar sobre él, pero unos chicos que habían estado unos metros alejados los agarraron y no les permitieron acercarse. –¿Me dirás cómo te llamas o tendré que hacer esto por las malas? -Patricia –tartamudee. –Suéltala, maldición –Sebastian luchaba por acercarse, pero no podía. Juaquín se rio y soltó mi brazo. Sentía mi muñeca adormecida. –Bueno, Paty, nos veremos luego –él sonrió y se fue. Creo que pude volver a respirar. Los hombres soltaron a los chicos y ambos vinieron corriendo dónde estaba yo. – ¿Estás bien? –preguntó Sebastian y yo asentí suavemente con la cabeza. Vaya mentira, estaba destrozada, nunca había tenido tanto miedo. –Es un maldito enfermo –dijo Camilo. Sebastian me miró a los ojos y soltó un suspiro prolongado. –Vamos, te llevaré a casa –dijo despacio y caminamos un rato hacia donde estaban los chicos que no tenían idea de lo que había pasado. –Buena carrera, chic… –miró mi brazo y pegó un salto–. ¿qué te pasó? Donovan se acercó corriendo hacia mí y miró con ira mi brazo. Apretó la mandíbula y sus nudillos se pusieron blancos por la presión. –¡¿Quién te hizo esto?! –Donovan dijo furioso y miró a Camilo. –Donovan, cálmate –le pedí. –¡Maldición, mira tú brazo! No puedes pedirme que me calme. –¡Donovan! –Sebastian habló–. Prometo explicarte esto, pero déjame llevar a Patricia a casa. Ella no está bien. Donovan nos observó a los dos y luego asintió con la cabeza lentamente. Comencé a caminar, pero de un momento a otro Camilo apareció a mi lado y me abrazó. Me dio una sonrisa y luego volvió donde los demás. Sebastian soltó un bufido. El camino hacia las motocicletas fue lento y en silencio Sebas iba muy metido en sus pensamientos y yo igual en los míos. Cuando llegamos al lado de su moto el subió sin problema. Yo me subí detrás un poco más lento, sintiendo que podía caerme. Tomó mis manos y las entrelazó en su estómago. –Eres muy rara. A veces puedes ser muy loca y otras puedes ser tímida. Me gusta. *** Cuando llegamos a casa de la tía Carmen, ella ya estaba dormida. Subí las escaleras despacio y Sebastian me siguió. –Bueno, aquí estás sana y salva –sonrió cuando llegamos a mi habitación. Me miró unos segundos y se dio la vuelta para salir, pero yo lo detuve. –Sebas espera –me miró atento–. Uhm… Yo quería darte las gracias y pedirte perdón. –¿Perdón?¿Por qué? –preguntó confundido. –Tú dijiste que ese no era un lugar para mí y tenías razón. Yo siempre con mis impulsividades, casi lograba que me asesinaran. Estaba tragándome mi maldito orgullo, espero que el aprecie eso, pero solo asintió con la cabeza. Tenía el rostro serio, pero de un momento a otro sonrió. –¿Por qué sonríes? –Me dijiste Sebas. La sangre subió a mis mejillas y miré hacia otra dirección que no fuera él. -¿No puedo? -pregunté. –Claro que sí, siempre puedes, ¿sí? Me gusta cómo suena cuando tú lo dices. Todo lo que sale de tus labios me gusta. Me miró intensamente, más de lo necesario. Sentí que la tensión entre los dos empezaba a agravarse y entonces él aclaró su garganta diciendo: -Nos vemos mañana. Sin más, salió de la habitación dejándome confundida. ** Caminé hacia el baño y me di una ducha rápida. Después de salir revisé mi celular para ver que Sasha había contestado mi mensaje y si lo había hecho. Sasha: “Paty, ¿Te parece si nos juntamos mañana? Llamaré a Gaby y mañana pasaré a por ti para que vayamos al centro comercial, ¿vale?” No lo dudé y comencé a escribir una respuesta de inmediato. Patricia: “Claro” Me acosté en mi cama tratando de despejar mi cabeza, pero solo venían a mi mente miles de escenarios que podía realizar con mi primo, y no pude dormir.
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