Capítulo 5: Estúpidas decisiones
¿Desde cuándo Sebastia tenía una motocicleta?
–Tú eliges. ¿Dónde subes?
Miré todas las motocicletas. La verdad es que me daba bastante miedo subirme a una, más con tres chicos al volante a quienes no conocía lo suficiente.
Sebastian Me miraba con su sonrisa arrogante como si supiera que elegiría ir con él. Y así era, pero ya no. Era mi primo y me daba una pizca más de confianza que la que tenía en los demás; pero con tan solo ver su cara me arrepentí completamente.
No iría con él.
No haría nada que lo hiciera sentirse satisfecho.
–Iré contigo, Pedro –Pedro parecía sorprendido, pero aun así me sonrió.
El viaje fue increíblemente tranquilo.
Pedro se fue a una velocidad moderada, ya que se había dado cuenta de que le tenía miedo a las motocicletas, cuando casi lo estrangulo con mis brazos de lo fuerte que lo agarré.
Cuando llegamos me sorprendí.
Había muchas motocicletas y también autos. La mayoría eran chicos, pero aun así había una que otra chica. El aire olía a una mezcla de basura, cigarrillos y mari,huana.
Unos metros más allá había una pista marcada por las llantas de los autos en el barro. ¿Cómo no me había dado cuenta? Estábamos en las carreras clandestinas.
Cuando llegamos varias personas se nos quedaron mirando.
Bueno, no a nosotros, sino a mi primo y a su motocicleta. Era frustrante que en todos lados el pudiera llamar la atención de esa manera.
–Bienvenida, a nuestro pasatiempo de los viernes –comentó Pedro mientras me ayudaba a bajar.
–¿Vienen aquí todos los viernes? –pregunté observando todo.
–Sí, pero no mires mucho a las personas. Aquí cualquier cosa provoca una pelea.
¿Cómo era que podríamos meternos en problemas solo por mirar a una persona? Es ilógico, pero por la pinta de esos tipos estaba segura de que no quería averiguarlo.
Cuando estuvimos todos abajo de las motos una chica se acercó corriendo a nuestra dirección. Tenía unos ojos color café muy grandes y era terriblemente pálida. Pero lo que más llamaba la atención de su persona era su cabello azul metálico.
La chica se abalanzó a los brazos de Pedro y le dio un rápido beso en los labios.
–Hola, chicos –la chica sonrió hasta reparar en Donovan y en mí–. Trajeron personas nuevas.
Se acercó a mí y me dio una sonrisa cálida.
–Hola. Me llamó Paola.
–Hola, soy Patricia. -Pude oír cómo a mi lado Donovan tosía falsamente–. Y él es mi hermano Donovan.
Paola saludó a Donovan y me agarró del brazo para seguir a los chicos que habían comenzado a caminar.
–Bueno, ¿qué te trae por aquí? ¿Es que acaso vienes a correr? –Paola alzó una ceja y yo negué con la cabeza.
–No, es solo que los chicos me invitaron. La verdad ni siquiera sabía que veníamos a las carreras –dije–. Sebastian me advirtió de que no era un lugar para mí, pero pensé que exageraba –comenté mientras volvía a mirar alrededor.
–Espera, ¿Sebastian? ¿Te estás acostando con él?
Estaba segura de que me había puesto colorada.
Comencé a reír.
–No, no, claro que no. Él es mi primo.
Paola iba a responderme, pero fue interrumpida por Sebastian quien llego a nuestro lado seguido por los chicos. Por un momento entré en desesperación pensando que podrían haber escuchado de lo que hablábamos, pero Sebastian tenía su rostro normal y despreocupado.
–Bueno, chicas, ¿alguna quiere correr conmigo en la carrera de parejas? –dijo Sebastian.
Él nos miró a las dos y yo no respondí nada, porque ni siquiera sabía en lo que consistía la carrera de parejas.
–Yo paso. Mejor veo la carrera desde aquí con Pedro –Paola habló y se abrazó con su novio.
–¿Y tú que dices, Paty? –me miró a los ojos y por un momento me quedé pegada observándolos, eran de un profundo color azul hipnotizante.
–No, no tengo ganas –el levantó ambas cejas y rio.
–Eres una maldita cobarde, Paty. –Donovan le dio un pequeño empujón de regaño, pero Sebastian no pareció notarlo.
–Yo no soy una cobarde –di un paso al frente y quedamos cara a cara.
–¿Ah, no? Entonces, demuéstralo –se acercó aún más a mí y nuestros rostros quedaron separados por centímetros.
Analicé entre los amigos de Sebastian y sonreí.
–Bien –sonreí y me di la vuelta–. Camilo iré contigo.
El amigo de Sebastian sonrió.
–Muy bien, preciosa –dijo intentado aguantar la risa y le guiñó un ojo a Sebastian.
Cuando me di la vuelta, Sebastian parecía sorprendido, pero rápidamente cambió su expresión por una arrogante.
Pasó por mi lado sin decir nada y se acercó con pasos firmes a un grupo de chicas que hablaban entre sí.
Se paró al lado y se puso a coquetearle a una. Un momento después la trajo a nuestro lado.
–Chicos –él podía estar hablando en plural, pero me miraba solamente a mí–. ella es Thalia y correrá conmigo.
La chica tenía una sonrisa triunfal en el rostro, como si fuera un orgullo correr con él.
Me acerqué lentamente a Camilo, aún con la mirada de Thom, y le susurré:
-Camilo, sonará estúpido, pero, ¿cómo es eso de la carrera? –Camilo me miró y se rio.
–Las personas apuestan dinero y el que gana se lo lleva todo. Tú irás conmigo en la motocicleta y tienes una misión muy importante –me apuntó con el índice.
Fruncí las cejas. ¿Qué misión?
Camilo me tomó del brazo y me acercó un poco más hacia la pista donde se suponía que iba a ser la carrera.
–¿Ves esos banderines que están colgados de una soga?
Me fijé bien y asentí. Había varios banderines triangulares de color verde fluorescente colgados, de lo que parecía ser un hilo.
–Bueno, a lo largo de la carrera va a haber más o menos cinco o seis cuerdas con banderines –dirigió su mirada hacia mí–. Tu trabajo es que, cada vez que vayamos llegando a una de esas, levantes los brazos y saques el banderín.
¿Qué?
Lo miré con miedo.
Yo no podría hacer eso. Los banderines estaban muy altos y yo era demasiado pequeña, además de que si me soltaba tenía una gran posibilidad de caerme.
–No es tan difícil, yo intentaré pasar por los que están más abajo y te diré justo cuando debas levantar las manos y agarrarlos.
–¿Qué pasa si no puedo agarrar uno? –pregunté nerviosa.
Camilo se encogió de hombros.
–Sólo gana el que llega con todos los banderines, pero no te preocupes si no lo haces. Es tu primera vez y es probable que eso ocurra.
Asentí con la cabeza y miré con miedo los banderines. ¿Ya era demasiado tarde como para arrepentirme?
Él caminó de vuelta hacia donde estaban los chicos y yo lo seguí.
–Bueno, suerte en la carrera –Paola me abrazó–. Agárrate bien, no te vayas a caer –se rio con ganas y yo la miré un poco asustada.
Camilo me arrastró hasta la pista y se subió a su motocicleta. Me miró.
–Sé que estás nerviosa, Paty, pero todo va a estar bien, ¿sí? No voy a dejar que te pase nada.
Asentí con la cabeza y me subí detrás de él en la moto.
Sebastian y la chica estaban a dos motos más allá y estaban muy concentrados. Al parecer las carreras aquí son algo muy en serio.
Algunas motocicletas alrededor comenzaron a apretar el acelerador provocando que el ruido me pusiera aún más nerviosa. Hace unos
minutos ni siquiera me había subido a una motocicleta y ahora iba a correr con un chico que había conocido un día antes.
–¿Lista, preciosa? –Camilo gritó, por el ruido.
–Lista. -jadee.
Y empezó.