Capítulo 4: ¿En qué me he metido?
–¿Qué haces? –tartamudee.
Podía sentir su respiración en mi rostro, por lo que supuse que estábamos solo a unos centímetros de distancia. Nada bueno.
Lo peor era que apenas le veía las siluetas de su rostro, y esto... me empezaba a hacer sentir miles de cosas que no debían de estar ahí.
–¡Apúrense con las velas! –el grito de Donovan me hizo reaccionar. Le arranqué las velas de la mano derecha y lo empujé.
Salí caminando de la habitación de Sebastian sola y sin luz, pero la verdad no me importaba. Sólo quería estar lejos de él.
Bajé la escalera con mucho cuidado agarrándome fuerte de la pared, pero cuando quedaban unos cuantos escalones mis pies se enredaron.
Habría caído de bruces al suelo de no ser porque uno de los amigos de Sebastian que creo que se llamaba Pedro me atrapó antes de llegar al piso.
–Gracias –susurré mientras él quitaba lentamente sus manos de mi cintura.
–¡Al fin! –Donovan me arrebató las velas de la mano y Sebastian pareció a su lado mientras las encendía.
Cuando todas las velas estuvieron prendidas nos sentamos en los sillones como estábamos hace un rato.
Por un momento miré a Sebastian y él se comportaba como siempre.
Como si no hubiera estado a punto de besar a su prima. Como si hiciera eso siempre, bueno. Era claro que lo hacía siempre, pero esto era diferente porque yo era su prima, su única prima.
–Bueno, ya que no tenemos nada que hacer. ¿Por qué no nos hablas de ti? –dijo Pedro mirándome.
Tragué saliva nerviosa.
–¿Qué quieres saber?
El sonrió y luego puso una sonrisita traviesa.
–¿Tienes novio?
Abrí los ojos, sorprendida por su atrevimiento y luego miré a los
demás chicos. Todos tenían su atención puesta en mí.
–Hum… no, no tengo novio.
–¿Por qué no? Eres muy guapa.
Sebastian resopló y Donovan rodó los ojos. No me agradaban las
preguntas de Pedro.
–Simplemente porque no quiero –respondí.
Sebastian se rio despacio.
No soy de esas personas que les cuentan sus secretos a todo el mundo, no me gusta. He vivido cosas que no me gustaría que otros descubrieran, pero a fin de cuentas todos tenemos secretos. No quería que ellos pensaran que era una aguafiestas que se tomaba todo muy personal, pero el simple hecho de que ellos quieran saber de mí, me ponía nerviosa.
–No, no es eso –dije–. No me considero una persona muy interesante de la que hablar.
–Todos somos interesantes –dijo Sebastian–, porque todos tenemos una historia diferente.
Solté un suspiro.
Yo prefería no hablar de mí.
Una hora más tarde aún no llegaba ni la luz, ni la tía Carmen y estaba aburrida, ya ni siquiera ponía atención a lo que los chicos hablaban. Así que hice lo más sensato que se me ocurrió: me dormí.
No supe cuánto tiempo estuve así, pero cuando desperté estaba en los brazos de alguien.
–Vaya que si estás pesada, Paty –sonreí y supe que era Sebastian.
–¿Qué pasó con los chicos? –me acurruqué más contra Sebastian, estaba muy cómodo. Sé que esto era estúpido, pero el sueño me ganaba.
Estoy segura de que mañana me pondré furiosa conmigo misma por no pegarle una patada y caminar por mí misma a mi habitación, pero... es que sus brazos eran tan cómodos...
–Decidieron irse. Se estaba haciendo demasiado tarde y la luz aún no vuelve. Mi madre ya llegó y Donovan se fue a dormir.
Sentí cómo Sebastian abría la puerta sin esfuerzo alguno y me depositaba en la cama. Por primera vez abrí los ojos. Sebastian estaba mirándome de pie y con una sonrisa.
–Si es que se les ocurrió dibujarme algo en la cara te mataré. -dije.
Él se rió, yo volví a cerrar los ojos esperando que él se fuera, pero no
lo hizo.
–¿Por qué no te vas? –le pregunté luego de unos segundos.
–Estoy esperando a que te pongas el pijama. Sin duda sería un lindo espectáculo.
Abrí los ojos de golpe y lo miré.
Le arrojé un cojín.
–¡Vete! –El volvió a reír y cerró la puerta yéndose, suspiré frustrada.
Me volví a recostar en la cama y cerré los ojos.
¡Estúpido!
****
Vaya semana.
Pasó bastante rápido.
Hoy era viernes. Me levanté feliz y fui directo al baño, me paré enfrente del espejo y observé mi rostro, estaba totalmente limpio y sin ninguna mancha de marcador.
Había sol afuera y al parecer hacía calor.
Me coloqué un pantalón corto y una camiseta y ya estaba lista.
Bajé corriendo la escalera, pero no había nadie abajo. Al principio pensé que se habían ido sin mí, pero cuando sentí unos pasos en la
escalera mi cuerpo se relajó.
–¿Por qué tienes esa cara? –Sebastian me miraba alzando una ceja.
–Pensé que se habían ido sin mí –suspiré.
Hoy estaba horriblemente guapo. ¿Cómo es posible que todas sus camisetas se adapten completamente a su cuerpo y resalten sus músculos?
¿Por qué yo lo estaba mirando así?
Es decir, toda la semana lo evité, pero ahora que lo veía, la intensidad parecía ser peor.
Su cabello desordenado lo hacía parecer despreocupado y relajado. Y yo sabía que era así. Caminó a la cocina, sacó una manzana y se sentó en el sillón.
El miraba un punto fijo en la pared y yo miraba la forma como mascaba la manzana y juntaba el jugo con sus labios. Era... tan... sensual.
Tragué pesadamente saliva.
–¿Por qué me miras tanto? –Sebastian alzó una ceja y me miró tan fijo que tuve que disimular mirando a otro lado, pero creo que fallé en el intento.
Sentí cómo la sangre subía a mis mejillas.
–Yo no te estaba mirando –negué efusivamente con la cabeza.
–¿Ah, no? –sonrió–. ¿Te gusta mirar mi boca?
Se levantó y acercó a mí, pero se detuvo cuando Donovan bajó la escalera corriendo y se puso a mi lado.
–Lo siento, me retrasé. ¿Vamos?
Me sentí entre aliviada y molesta de su interrupción.
–Claro –Sebastian se levantó aún sonriendo y salió.
Otro día de escuela.
El día se pasó lento y tedioso.
Cuando por fin terminó corrí hacia el auto de Sebastian. Ahí estaba el hablando con sus amigotes.
–¿Cómo están? –saludé.
–¡Paty! –Pedro habló primero–. Qué bueno que estas aquí. ¿Quieres acompañarnos hoy?
–No creo que sea buena idea –Sebastian negó efusivamente con la cabeza. Su mirada era seria.
–¿Por qué no? –preguntó Pedro.
–Sí, ¿por qué no? –contesté mirándolo algo ofendida.
–No es un lugar para ti –dijo cruzando sus brazos en su pecho.
–¿Adónde van? –pregunté.
–Es una sorpresa. Y si vas, entonces no podrás ponerte ropa tan llamativa –agregó riendo mientras miraba mi short.
Sonreí y mirando a Sebastian de manera desafiante dije:
-Claro que sí voy.
Cuando los amigotes de Sebastian se fueron me giré para verlo.
El miraba serio y tenía la mandíbula apretada.
–¿Por qué dijiste que si?
–¿Debería haber dicho que no? –repliqué.
Sebastian apretó más los puños e hizo que sus nudillos tomaran un ligero color blanco.
–Muy bien. Haz lo que quieras, pero si después te arrepientes, no vengas por mi ayuda.
Su comentario me asustó. ¿Qué podía ser tan malo como para llegar a arrepentirme?
Eso me daba más curiosidad.
Entramos al auto cuando Donovan se acercó, llevaba una sonrisa de oreja a oreja.
-¿Y esa sonrisa? -le pregunté cuando se subió.
-Yo la conozco -dijo Sebastian pareciendo cómplice.
Sumé 2 mas 2 y abrí los ojos sorprendida.
–¡¿Tuviste sexo en la escuela?! –grité.
Sebastian arrancó.
–No, Paty, no tuve sexo en la escuela –dijo–. Aún.
Lo miré con cara de asco.
–No deberías exagerar, sólo es sexo –dijo Sebastian.
Lo ignoré y me crucé de brazos mirando a Donovan.
–¿Me puedes decir por lo menos con quién estabas?
Negó con la cabeza. En ese mismo momento, una furiosa Sasha salió de la escuela. Caminaba con pasos seguros y rápidos hacia su auto, uní los cabos sueltos.
–Espera un momento. ¿Estabas con Sasha?
Donovan miró hacia donde yo miraba y en ese mismo momento Sasha dirigió su mirada hacia nosotros. Donovan le guiñó un ojo y le tiró un beso.
Sasha no pareció sorprendida, pero si se enojó más.
–¿Qué le hiciste, Donovan? – pregunté cruzándome de brazos.
–¿Yo? Yo no le hice nada, hermanita.
–Como sea, vámonos a casa – Sebastian interrumpió antes de que
yo pudiera contestar.
****
Para la salida con los amigotes de Sebastian decidí no llevar ninguna de las dos cosas. Me coloqué unos vaqueros negros y una camiseta azul, no era llamativo por lo que supuse estaba bien.
Busqué mi teléfono y marqué el número de Sasha. Buzón de voz. Esperé a que sonara el pitido y hablé.
–Soy yo. Eh, te parecerá ridículo lo que preguntaré, pero ¿qué pasó con mi hermano? Te vi salir enojada de la escuela. Por favor, responde. Si te hizo algo ten por seguro que le daré su merecido –reí.
–Vaya trato hacia tú hermano.
Escuché y me sobresalté.
Sebastian estaba en mi puerta y me miraba.
–Joder –maldije–. Sebastian, me asustaste.
–Baja, ya nos vamos.
Sin decir más nada salió de la habitación.
Bajé la escalera de dos en dos y salí a la calle. La tía Carmen aún no llegaba del trabajo, por lo que la casa quedaría sola.
Cuando vi a los amigotes de Sebastian me quedé de piedra.
Todos estaba en motocicletas.
Mierda.
¿A donde se suponía que me había metido?