Supuse que se trataba de la estilista que Zac había contratado, así que me serviría de ayuda para despertarlo.
Aún así, primero me tomé la molestia de poner bajo sus pies dos cojines del sofá e inclinar su cuerpo hacia la izquierda.
No sabía las causas de su desmayo, pero estaba segura de que eso ayudaría, si mi memoria no fallaba.
Comprobé el estado de la habitación. Ventilada y a una temperatura normal, con eso no tenía problema.
Desabroché su cinturón levemente, por si le apretaba y aparté la mesa del café, por si despertaba, para evitar otro accidente.
Cuando comprobé que no había más riesgos, corrí hacia la puerta, a la cual habían vuelto a llamar un par de veces.
—Usted debe de ser...
—Deprisa, se ha desmayado, pidan ayuda—. Detuve a la primera mujer, y ambas se dirigieron deprisa al ascensor.
Volví con Zac, no quería dejarlo solo por si volvía en sí.
En su rostro habían signos de sudores fríos, cosa en que debí haberme fijado antes. Además, su semblante pálido y las ojeras que rodeaban sus ojos me indicaban que quizá se encontraba angustiado.
Hombre con dinero, me contrataba a mí, las señales de impaciencia en el semáforo...
Ansiedad.
Su mano se cerró alrededor de mi muñeca, que había mantenido a su lado, pues estaba apoyada en el suelo mientras lo inspeccionaba.
—¿Zac? ¿Me oyes?—. Pregunté intentando mantener un tono de voz calmado y suave; no quería alarmarlo.
—Sí... ¿Qué ha pasado?—. Su voz sonaba rota, estaba desubicado.
Antes de que pudiese incorporarse lo detuve con una mano en su pecho.
—Alto ahí soldado, no te incorpores deprisa—. En cuanto me hizo caso y volvió a tumbarse, continué—. Te has desmayado. ¿Tienes ansiedad?
Sus ojos verdes oscuro se clavaron en mí con molestia.
—¿Cómo...?
—No he nacido siendo prostituta—. Me reí levemente.
Lo ayudé a incorporarse poco a poco, justo cuando entraban de nuevo las mujeres, seguidas de un hombre que supuse que sería médico.
—Oh no, tenías que avisar—. Murmuró para él mismo, aunque se refería a mí.
Se levantó lentamente y negó.
—Está todo controlado, solamente le estaba gastando una broma a la señorita—. Explicó, alisándose la camisa.
Fruncí el ceño y habría replicado, de no ser por el gesto que hizo.
Se acercó a mí oído y susurró de modo que solamente yo lo escuchase:
—No digas ni una palabra, a nadie—. Su tono era amenazante.
—Deberías ir al médico—. Repliqué en el mismo tono, girándome hacia su rostro.
Ambos quedamos cara a cara, tan cerca como para sentir la respiración del otro, pero nuestras miradas eran de enojo.
Él se apartó primero, como esperaba. Sin embargo, no se alejó.
—¿Dónde has aprendido eso?—. Hizo un gesto con la cabeza, señalando los cojines.
Rodé los ojos.
—Se llama primeros auxilios, y como ya te he dicho, ninguna nace siendo prostituta, sigo siendo una mujer normal y corriente.
Me masajeé las sienes al ver que las mujeres entraban con un burro lleno de vestidos enfundados y cajas de zapatos y joyas.
—Estudié auxiliar de enfermería.
A Zac casi se le cayó la mandíbula al oírme.
Le guiñé un ojo y me acerqué a las estilistas, que me miraron con una sonrisa amplia.
—Usted debe de ser la acompañante del señor Collins, soy Mary y ella es Ruby, vamos a hacerle un pequeño cambio de imagen esta noche—. Explicó con un tono de voz perfectamente estudiado.
Tuve que hacer un esfuerzo por no reírme; parecían Barbies de cincuenta años.
—Está bien—. Asentí y me dejé guiar hasta una de las habitaciones.
Antes de que cerrasen la puerta me atreví a mirar a Zac, pero estaba enfrascado en una conversación por teléfono.
—¡Estupendo! Es usted muy bonita señorita...
—Ingrid—. Terminé yo.
Ambas asintieron, estudiándome con la mirada.
Mary parecía ser la portavoz, pues era la única que me hablaba. De mientras, Ruby buscaba entre los vestidos o me medía el cuerpo con la mirada.
—Tiene usted una piel muy blanca y suave, creo que le podemos sacar partido a eso. Además los colores oscuros combinarán con su cabello y ojos—. Me dijo, aunque parecía estar hablando consigo misma.
Miré mi vestido. No era tan caro como los que ellas habían traído, pero al menos era mío y uno de mis favoritos.
El terciopelo n***o contrastaba con mi piel y al ser ceñido y caer por encima de las rodillas me daba un aire seductor. Además los tirantes descendían hasta un escote pronunciado, que realzaba mis pechos.
No me quería desprender de él, aunque supuse que solamente sería por esas dos horas.
Ruby sacó del burro una percha con un vestido granate. Era más o menos de la misma medida que el mío, pero el cuello y mangas apenas dejaban piel al descubierto.
Negué.
—Está bien, ¿Qué le parece este?—. Dijo Mary, mostrándome uno color verde oscuro.
Jamás me había gustado ese color, pero lo habría aceptado si el vestido hubiese sido lo suficientemente bonito. Sin embargo tampoco me convenció.
El siguiente fue uno escogido por Ruby.
Azul marino con algunos brillantes blancos alrededor del cuello y cintura. No llevaba mangas y caía por las rodillas, mientras que gran parte de la espalda quedaba al descubierto.
Era difícil imaginarse por dónde se sujetaba.
Pero aún así no dejaba de ser elegante, no era para alguien como yo.
Ambas notaron el cambio de actitud en mí, por lo que las tres supimos que ese era el escogido.
—Perfecto querida, ¿Por qué no se da un baño y después se lo probamos?—. Sugirió Mary, buscando complementos adecuados.
Asentí y busqué con la mirada el cuarto de baño. Estaba dentro de la habitación.
Por supuesto, era igual de grande que en mi imaginación.
Tenía una enorme bañera con opción a jacuzzi, pero al lado también había una ducha corriente.
El lavamanos era enorme y debajo de él habían unos cajones para guardar de todo.
El espejo ocupaba gran parte de la pared, y habían luces alrededor como si fuese de una estrella de Hollywood.
Cerré la puerta al ver que allí dentro tenía todo lo que necesitaba; desde champú hasta bandas depilatorias y toallas.
Parecía haber estado listo para una mujer, pero obviamente no era yo.
Sin darle más vueltas me quité la ropa y dejé que el agua tibia de la ducha mojase mi cuerpo.