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1129 Words
El resto del viaje lo pasamos en completo silencio. No por gusto, si no porque hicimos un trato: si le dejaba trabajar, en el viaje de vuelta me respondería todas las preguntas que quisiera. Obviamente no me negué, pero sí que me arrepentí llegadas las tres horas. Cinco horas de vuelo y solamente habíamos hablado durante media hora. Mi mayor tortura era el silencio. Podría hablar durante horas sin parar. Si me mantenía callada estando con él era porque lo observaba. Su rostro me invitaba a mirarlo, y tenía el presentimiento de que a él le ocurría lo mismo conmigo. Pese a todo, seguiríamos teniendo aquella relación cliente-prostituta, pues por muy atractivo que me resultase no podía dejarme llevar por mis impulsos. Ya había aprendido la lección unos años atrás. Por eso me negaba a besar en los labios en el trabajo. Un cliente me lo pidió a cambio de una paga mayor y no salió como esperaba. —¿Sigues viva?—. Preguntó Zac, moviendo mi brazo desde su asiento, al ver que me había mantenido callada y mirando por la ventana. Yo giré aún más el rostro, molesta porque me sacara de forma tan brusca de mis pensamientos. La limusina se detuvo poco a poco frente a otro hotel de la compañía de los Collins. Unos botones prácticamente corrieron hacia nosotros para abrirnos las puertas del vehículo, lo cual agradecí. Aquella enorme falda de vuelo me obligaba a sujetarla con mis dos manos al salir o entrar de algún lugar, así que acepté la ayuda. Zac salió primero, abrochándose la chaqueta del smoking al ver los paparazzi que habían frente al hotel. Los primeros segundos fueron un caos total. A cada paso que daba, los flashes de las cámaras me cargaban, mientras que sus gritos para intentar llamar nuestra atención dañaban mis oídos. Por suerte, Zac rodeó mi espalda con un brazo, guiándome con cuidado hasta la entrada del hotel. Apenas habían unos metros, pero para mí fueron kilómetros. —Mantén agachada la cabeza—. Me susurró al oído, y yo le hice caso sin rechistar, parecía tenerlo todo bajo control. Unos botones nos abrieron las puertas, por fin unas normales, y pudimos descansar de todo el jaleo del exterior, aunque aún se podía escuchar vagamente a través de las ventanas. Al comprobar que no había nadie con una cámara cerca, Zac me tomó del mentón con un dedo para alzar mi rostro. A diferencia de mí, se veía totalmente tranquilo. Estaría acostumbrado a aquello. Sin embargo, yo no quise volver a pasar por algo así en toda mi vida. Lo sentí como el peor de los casos en que podría darme un ataque de ansiedad. Toda aquella gente amontonada a nuestro alrededor... El ruido, las luces... Un escalofrío me recorrió la espalda, del cual Zac se percató. —Ya ha pasado —me calmó, aún observando mi rostro—. Perdona, no sabía que habría toda esta gente aquí—. Murmuró, acariciando mi cabello para tranquilizarme. Asentí intentando parecer calmada, aunque el corazón me fuese a mil por hora. Menuda bienvenida a la ciudad de mis sueños. Me aparté de él, intentando no ser muy brusca. Cuando me sentía agobiada solamente necesitaba un poco de soledad, cero contacto humano. Pero como siempre, el terco de Zac debía tener la última palabra. —Ven, vamos a la habitación, te sentirás mejor—. Dijo, tomándome del brazo para llevarme. Estaba realmente de mal humor, no quería ir con él a ninguna parte, y solamente podía ver al Zac de siempre; frío y distante. No pude ver si hacía eso por mi bien. —Déjame—. Bufé, alejándome rápidamente, de nuevo. No se dio por vencido y fue tras de mí. —Escucha, sé que no soy tu mejor amigo, pero los paparazzi pueden hacer fotografías desde las ventanas, así que vámonos—. Insistió, tomándome de nuevo del brazo. Le di un golpe en el hombro, no muy fuerte, lo suficiente para que me soltase. —Sé que eres rico y que crees que puedes tener todo lo que quieres y hacer que la gente haga lo que quieras, pero eso no funciona conmigo—. Dije entre dientes, alzando el dedo índice hacia su pecho. —Me importa una mierda lo que hagas o no, pero si no quieres tu cara en todas las noticias del país, más te vale mover tu puto culo hacia la habitación—. Espetó, tras lo cual dio media vuelta. Tenía pensado quedarme en la entrada y despejarme un poco, pero tenía razón. Odiaba admitirlo, y no lo haría en voz alta, pero sabía que todo lo que Zac había dicho era cierto. Solté un bufido de resignación y lo seguí, haciendo sonar mis tacones por el suelo de forma ruidosa. Poco me importaban los modales a esas alturas. Pude alcanzar el ascensor cerrándose, así que pude colarme hacia el interior con facilidad. El botones me miró y después miró a Zac, como si estuviese en un partido de tenis. —¿A qué esperas? El ático—. Ordenó Zac. Rodé los ojos. La noche no dejaba de mejorar. Lo que creí que sería la mejor noche de mi vida, probablemente sería una de las peores, y realmente me frustraba más que la actitud de mi cliente. En cuanto las puertas se volvieron a abrir, salí disparada hacia el pasillo, aunque no sabía qué puerta era la habitación de Zac. Él salió del ascensor con toda la calma del mundo, mostrándome la tarjeta que servía de llave para una de aquellas puertas, restregándome el hecho de que no podría abrir sin él. —Derecha—. Me indicó, con un toque amargo en la voz, aunque había algo que lo divertía de todo aquello, y no podía identificar el que. Con la misma molestia que en la entrada, caminé hacia la puerta de la derecha, esperando a que la abriese. Pero claro, no lo haría tan fácilmente. —Necesitas esto para abrir—. Zarandeó delante de mí la tarjeta. —Felicidades, eres un genio—. Respondí con sarcasmo. —La abriré... Si te disculpas primero—. Dijo, sonriendo de forma ladeada. Me crucé de brazos y apoyé mi espalda en la pared del pasillo. —¿Disculparme por qué? Si puedo saber. —Por tratarme de ese modo cuando sólo me preocupaba por ti—. Se encogió de hombros. —Zac Collins no se preocupa de nadie más que de él mismo—. Contesté con desdén. —Tú misma, pero dormirás en el pasillo. —Y tú también si no abres—. Bufé con ironía. Una pausa. —Soy capaz—. Afirmó. —Yo también—. Repliqué.
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