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1154 Words
Nunca me había ilusionado tanto estar en el aire. Normalmente me sentía sofocada por las personas acumuladas dentro de un avión, todos encerrados mientras viajábamos, pero aquella vez fue distinto. Zac, o al menos su familia, poseía un jet privado, por lo que no tuve que preocuparme por el espacio; ahí la claustrofobia no sería un problema. De hecho, llevábamos media hora en el aire, y aún no me había sentido mal. Teníamos sofás, mesas, bebida y comida a nuestra disposición. Además ninguno de los dos parecía querer romper el silencio, por lo que sería un viaje tranquilo. Sin embargo, lo que me había dicho Zac antes de bajar en el ascensor seguía dando vueltas en mi mente. De seguro no sería todo el tiempo así de distante, eso lo suponía; acababa de romper con una novia lo suficientemente formal como para querer presentarla a sus padres. Entonces surgía otra cuestión. Dejé de mirar mi reflejo en la pantalla negra de mi teléfono, para centrar la vista en Zac, dispuesta a romper el silencio con mi pregunta. Él estaba sentado frente a mí, mirando como siempre unos papeles que parecían ser cuentas. Carraspeé para llamar su atención, pero él apenas me miró unos segundos. —¿Puedo hacerte una pregunta?—. Dije, al ver que no llamaba su atención de otro modo. Sólo entoces dejó los papeles a un lado, cruzó sus manos sobre la mesa, y me miró con el ceño fruncido. —Ambos sabemos que aunque te diga que no, la harás igualmente—. Suspiró. Tuve que aguantarme una carcajada. No llevábamos juntos ni un día, y parecía conocerme a la perfección. Sin embargo, yo no podía descifrarlo a él. —¿Quién eres, Zac? Él me miró como si estuviese loca. —¿A qué te refieres? Rodé los ojos y me crucé de brazos. Estuve a punto de subir los pies al sofá, pero me contuve. —Me has dicho que normalmente no eres así. Entonces, ¿Cómo eres en realidad?—. Insistí, analizando su rostro. Era realmente difícil no perderse en su verde mirada. Sus ojos parecían estar hechos expresamente para cautivar a cualquier persona que los mirase. Titubeó un poco, buscando la respuesta. Parecía no saberla ni él mismo. —No sé cómo responderte, supongo que tendrás que verlo por tí misma—. Se encogió de hombros, y volvió a tomar los papeles. Aquello no me llevaba a ninguna parte, no había obtenido lo que quería y no estaba satisfecha con la respuesta. Obviamente no me daría por vencida tan fácilmente. Bufé y alargué mi brazo para arrebatar de sus manos los papales, que dejé en la mesa de al lado, provocando una mirada enojada de parte de Zac. —¿Qué haces?—. Preguntó, con la intención de levantarse a recuperar lo que era suyo. —No, quédate sentado, estamos en un avión en medio del océano, nadie te va a molestar si descansas del trabajo unos segundos—. Me quejé, aunque en realidad solamente estaba enojada por su actitud, no me importaba si se relajaba o no. Recogí un poco el vestido para no pisármelo y rodeé la mesa para sentarme sobre esta, en frente de él. —Ahora dime, ¿Qué se oculta bajo la malhumorada fachada de Zachary?—. Murmuré acercando mi rostro al suyo. Él alzó las cejas al escuchar su nombre completo, sin embargo, no podía apartar la vista de mis labios. Sabía cuáles eran mis fuertes, así que rozar estos contra los suyos era la mejor táctica para obtener lo que quería. Para mi sorpresa, Zac se levantó del asiento para sacarme unos centímetros de altura. Tuve que apartar mi rostro un poco para no chocar con sus labios. Una de las normas laborales que me había puesto a mí misma era no besar en la boca bajo ningún concepto, así no mezclaría los sentimientos con el trabajo. —¿Estás segura de querer saberlo?—. Susurró, de igual forma que yo había hecho antes; muy cerca de mí. No aparté la mirada de sus ojos en ningún momento, por lo que no vi venir lo que hizo a continuación. Subió una de sus manos por mi pierna, lentamente, desde el tobillo hasta mi muslo, colándose por debajo del vestido. Rozando cada milímetro de mi piel, se acercó a mi sexo, el cual solamente estaba cubierto por la ropa interior. Un pequeño jadeo salió de mis labios al sentir uno de sus dedos acariciar aquella zona. Movió su rostro hasta que quedó cerca de mi oído. —Entonces lo sabrás—. Susurró, haciendo rozar su aliento contra mi piel, que se erizó levemente. A pesar del ligero olor a tabaco y alcohol que desprendía, no me parecía desagradable tenerlo tan cerca. Al fin y al cabo estaba acostumbrada a estar rodeada de aquellas cosas. —Házmelo saber—. Susurré de vuelta, mordiendo con lentitud el lóbulo de su oreja. Con la mano libre sujetó mi espalda para pegar mi cuerpo al suyo. Su pulso se había acelerado levemente, al igual que el mío, y en aquella postura lo podía sentir golpear contra mi pecho. Sin previo aviso, alcanzó el borde de mi ropa interior para hacerla descender, hasta que la sacó por mis piernas, dejándola caer sobre el sofá. De nuevo llevó sus dedos a aquella parte de mí que pedía insistentemente un poco de atención. En cuanto uno de sus dedos localizó mi clítoris, lancé un jadeo contra su cuello. A cambio de sus caricias en esa zona, comencé a dejar un camino de húmedos besos por su cuello y mandíbula, dejando leves marcas que se irían a los minutos. Mis caderas, como si tuviesen vida propia, se movían contra su mano, esperando a que otro dedo suyo se introdujera por fin en mí. Tal y como si leyese mi mente, así lo hizo Zac, arrebatándome un leve gemido, que lo activó. Su otra mano sujetó con más fuerza mi espalda, mientras que con su rostro apartó el mío, para ser él quien dejase besos en mi cuello. Abrí más mis piernas, rodeando su cintura, para darle más libertad y enterré mis manos en su ondulado cabello, estirando de vez en cuando del mismo, ante el placer que me daba. De un momento a otro, fueron dos dedos los que introdujo en mí, haciéndome gemir más fuerte. No quería que se detuviera hasta que llegase a mi punto máximo, y aquella conexión momentánea que nuestros cuerpos habían creado, se lo hizo saber. No se detuvo hasta que gemí en alto su nombre, llevada por un orgasmo que me hizo descargar sobre sus dedos todo el placer recibido. —Soy la clase de hombre que hace que te corras con sólo dos dedos—. Susurró finalmente, antes de morder con suavidad mi cuello, tras lo cual se apartó de mí.
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