Al terminar de desayunar, otro botones vino a recogerlo todo.
Zac atendió otra llamada, y en vez de esperarle como una tonta en medio de la sala, salí a tomar el sol en una de las sillas del balcón.
El día estaba un poco nublado, así que mi propósito inicial pasó a convertirse en mirar la ciudad.
A diferencia de muchas personas que temen a las alturas, a mí estar allí arriba me hacía sentir bien. Con todo el mundo bajo mis pies nada podía hacerme daño, sólo estábamos yo y mis pensamientos.
Bueno, y Zac.
Miré la hora en mi teléfono y suspiré. Apenas quedaban veinte minutos para las nueve, y aún debíamos prepararnos.
Asomé la cabeza por la ventana para ver si Zac había terminado, pero en vez de eso me encontré con una escena típica de un adolescente.
Lanzó el móvil contra la pared contraria, donde se hizo añicos y varias piezas cayeron al suelo. Zac se agarró del cabello con rabia y reprimió un grito.
No quise molestarlo en un momento así, pero parecía que mi cuerpo respondía ante el peligro, así que me levanté y fui hasta él.
—Oye, ¿Estás bien?—. Murmuré, caminando despacio en su dirección.
—Métete en tus asuntos, Ingrid—. Espetó con los ojos inyectados en sangre y con dos zancadas se encerró en su habitación.
—Qué grosero—. Susurré ofendida.
Me crucé de brazos y tuve que morderme la lengua.
De haber sido otra la situación, de no haber sido un cliente, habría ido detrás de él para dejarle bien claro que a Ingrid Gómez no se le habla así.
Bufé y al escuchar dos toques en la puerta fui a abrirla.
—¿Qué?—. Dije, dispuesta a desahogarme con algún botones, pero mi expresión se ablandó al ver quién era.
—Señorita Ingrid, somos nosotras, ¿Nos recuerda?—. Mary sonrió, con temor a que volviese a gritarle.
Automáticamente me sentí mal y abrí la puerta del todo, para hacerlas pasar.
Supuse que Zac me tendría preparado otro cambio de imagen para la gala.
—Claro, perdón, adelante—. Murmuré avergonzada, sin mirarlas directamente.
Ellas se adentraron en la estancia en silencio, solamente se escuchaban sus tacones pisar la moqueta.
Como si fuese su propia habitación, dejaron lo que llevaban consigo sobre "mi" cama y comenzaron a danzar por allí cómodamente.
A diferencia de la noche anterior, esa vez solamente llevaban una caja de zapatos, un estuche de joyas y un sólo vestido enfundado.
—Este vestido es uno de los mejores que tenemos, le va a encantar—. Aseguró Mary mientras Ruby lo sacaba de la funda blanca.
Mi boca se abrió y aguanté la respiración sin darme cuenta.
Ambas me miraron, esperando mi opinión, pero estaba muda. Era deslumbrante.
Era de color rojo sangre y la tela, seguramente raso, se veía hermosa bajo las luces de la habitación.
Un círculo sujeto al cuello daba paso al escote. La parte de los pechos se limitaba a dos rectángulos separados, que se enlazaban en la cintura estrecha.
La falda caía con vuelo hasta los pies, donde irían unos tacones del mismo color.
Solamente llevaría unos pendientes para complementarlo.
El vestido no podía ser cubierto por nada, cualquier otra joya le robaría atención.