Margot se encontraba boca abajo perpendicular a la cama. Sus pies y sus brazos colgaban de la cama, su corazón aun no había dejado de latir apresurado y su trasero punzaba de ardor por las nalgadas de Enzo. La bestia que se desató en ese hombre, era peor que cualquier castigo penitenciario. En el poco tiempo que llevaban juntos, Enzo jamás se había comportado de esa manera, ni había roto su ropa interior. Era sexo bueno, pero que no les volaba la cabeza, hasta esa madrugada, cuando los dedos de Enzo quedaron marcados en su piel como si ella fuese únicamente suya. Enzo, quien se encontraba recostado al espaldar de la cama, usó los dedos de su pie derecho para ascender por la pierna de Margot. Margot controló un poco su respiración y Enzo, quien, aunque estaba agotado no lo demostraba, se

