Capítulo V: El tiro por la culata

1682 Words
Pese a mi sueño y mi inagotable cansancio, una parte de mi cerebro captura el insoportable sonido de la alarma de mi celular. Seis de la mañana, a esa hora coloqué la alarma. ¡Madre mía! ¡Seis de la mañana! Me espabilo de repente y me giro sobre mi cuerpo. Casi me olvido que hoy es el viaje. No es justo. Hoy debería ser un sábado como cualquier otro, uno para consentirme, para cumplir mis caprichos que empiezan por despertarme a las nueve de la mañana. No debería estar despertando ahorita cuando aún no termina de aclarar para ir a un viaje al que no quiero ir. No es justo. Suelto un bufido y aparto las sabanas. Me pongo de pie a regañadientes y arrastro mis pies hasta el baño. Cuando abro la ducha, mi cuerpo recibe un baño fortuito de agua fría. Maldigo internamente pero luego lo agradezco. Soy yo al cien por ciento. Salgo de la ducha y me encuentro con un pequeño detalle: olvidé dejar fuera la ropa que iba a llevar hoy. De la maleta saco lo primero que encuentro, que es unos pantalones de lino gris, una sudadera negra de The Smiths y unos converse blanco. Dejo mi melena castaño claro suelta para que se seque y me coloco unos lentes de sol. Me doy un vistazo en el espejo. Me sonrío a mi misma. Me veo regia, como siempre. Sonará poco modesto pero me considero una mujer atractiva. Claro, tuve suerte de heredar los genes de mis padres. Saqué la altura de mi mamá, ni muy alta ni muy baja; y sus senos pronunciados. De mi papá heredé sus ojos verdes, su cabello castaño y su piel blanca. La contextura delgada es el resultado de una vida físicamente activa. Cuando era niña practiqué danza y de joven me animé a practicar varios deportes. Basta de verme en el espejo, la hora del narcisismo ha terminado. Dejo escapar una sonrisa y llamo a un Uber. Supuestamente tengo siete minutos para terminar de arreglarme antes de que llegue el taxi. Así que bajo, compro un café en Ida's; aprovecho para decirle que el pastel estaba delicioso y ella me desea buen viaje. Estamos en buenos términos otra vez. O eso creo. Me planto fuera a esperar el auto. Cuando lo vislumbro doy un último sorbo, tiro el vaso en la papelera sobre la acera y subo al coche después de guardar el equipaje. Cuando llego al aeropuerto reconozco a todos los rostros que veo. Daisy, Fischer, Feldman, Chandler, las dos personas de Dubois; el resto son miembros del equipo técnico cuyos nombres no recuerdo pero sé que es un diseñador de vestuario, dos chicas de peinado y maquillaje; un asistente de cámara, un iluminador y un técnico de sonido. En conclusión solo faltaba yo. Bueno, y él. Muerdo mi labio levemente mientras paseo mi mirada a mi alrededor ¿dónde está? Sacudo la cabeza y niego. «¿por qué debería importarme si está o no». Daisy se acerca a mi, se ve sofocada. «¿Es tarde?» No, he llegado a tiempo. No es mi culpa que todos hayan llegado antes. —Daisy— Pronuncio llevando mi mano a mi frente como un saludo militar. —Bowell, gracias al cielo estás aquí. Sabía que vendrías— Dice en tono apaciguador. —Obviamente iba a venir— Un segundo después entiendo su tono y sus palabras —¿Alguien dijo que no iba a aparecer?— Espeto rabiosa. La veo titubear, tal vez quiere reservarse el comentario y evitar pleitos pero probablemente Daisy sabe que no, no descansaré hasta que me diga quién demonios dijo eso de mi porque puedo estar repleta de defectos pero ser irresponsable no es uno de ellos. —Fischer le escribió a Ernie, que sólo faltabas tú y Ernie le dijo que tal vez te acobardaste y no te crees a la altura del compromiso. Pero eso no lo digo yo, yo dice él— Se apresura a decir —Yo sé totalmente que tu eres responsable, por eso normalmente te incluyo en mi equipo. Por eso y porque a veces soy su única opción. La agencia cuenta con cinco creativos, Daisy es una de ellos, la más talentosa desde mi punto de vista. Pero no siempre es la opción principal de Larson. Otros de los creativos suelen tener prioridad al momento de desarrollar campañas y estos prefieren trabajar con Mosi o Ernie. La primera vez que Daisy me incluyó en su equipo fue porque era su única opción. Pero sirvió. Creo que al menos profesionalmente hacemos buen equipo. —Pues no soy la única que faltaba— Digo a la defensiva —La estrella Ethan Langford no está aquí. —El no viaja con nosotros— Me replica —Él irá en primera clase, nosotros no. Pongo los ojos en blanco y suelto un bufido. Por supuesto, tenía que viajar en primera clase. Es imposible que alguien que esté cobrando siete millones de dólares viaje en un vuelo de ciento cincuenta. Durante el viaje me desligué del mundo. Me senté junto a Chandler pero me coloqué mi antifaz, mis auriculares con cancelación de ruido y dormí dos horas más. Al llegar al aeropuerto de Colorado, no quería bajar del avión. Ni siquiera quería abrir los ojos. Mi cuerpo está acostumbrado a dormir a esta ahora, al menos los fines de semana. Cuando todos estamos fuera esperando el transporte para dirigirnos al hotel, Fischer vuelve al grupo con el móvil en la mano y una expresión extraña. Es como si tuviera una mala noticia que decir pero por la sonrisita en sus labios, no tiene vergüenza de hacerlo. —Hay un pequeño detalle— Comienza —El transporte está en camino pero la camioneta van solo tiene once asientos disponibles. Uno ha quedado fuera pero ¿quien?— Cuestiona y me ve directamente a mi lo cual funciona porque todos, excepto Daisy giran para verme, ella lo mira a él. Con el ceño fruncido yo los miro a ellos, a todos. —¿Por qué me miran?— Les cuestiono. —Deberías irte aparte— Dice Feldman con expresión irritante. —¿Perdón? Según tú ¿por qué debo ser yo?— Exclamo y me importa un bledo si tengo que bajar la voz. —Es la lógica, Bowell. Eres quien llegó más tarde, así que...— Fischer se encoge de hombros como si fuese muy obvia su explicación. — Un momento. En vez de decidir quien se va aparte, deberíamos pensar cómo hacemos para irnos todos juntos— Dice Daisy en un intento de calmar los aires. Lo cual es imposible porque en ese instante digo: — ¡Que les den a todos! Excepto a ti, Daisy— Me apresuro a añadir —Veré como me voy. Cuando me dispongo a marcharme y ver si un taxi quiere llevarme hasta El Sanchez Hotel por cinco dólares, que es todo el efectivo que me acompaña, escucho una voz grave tras de mi: — ¿Qué demonios está pasando? Todo el mundo les mira. Incluyendo los ejecutivos de Dubois. Yo me giro y lo tengo frente a mi, a escasos centímetros. Oh, azules. Sí, no cabe duda que sus ojos son azules. Hoy brillan bajo el sol. Tal vez el color n***o de su sudadera hacen que resalten aun más. —Hemos tenido un percance— Le responde Fischer con una sonrisa hipócrita. — Un percance y una discusión— Añado —Fischer ha hecho mal su trabajo y ha contratado un transporte de once asientos, cuando somos doce y arbitrariamente han decidido que sea yo quien se vaya en taxi. Pero no hay problema, me viene una hora bien lejos de todos— Gruño. — Vente conmigo— Dice como si nada. Yo pestañeo un par de veces «¿he escuchado bien?» —A ustedes les falta un puesto; yo tengo una camioneta solo para mi. Si han decidido que seas tú quien viaje aparte, pues te vienes conmigo. Mi orgullo me empuja a decirle que no. No quiero deberle favores a nadie menos a un hombre con el que discutí el mismo día que conocí. Un hombre que me parece guapo e insolente a partes iguales pero, en primer lugar, no tengo otra opción, es que ningún taxi va llevarme por lo que tengo en mi bolsillo, y en segundo lugar, puedo percibir a Feldman, Chandler y Fischer rabiando de coraje. El plan de enviarme sola hasta el hotel les ha salido por la culata. —Vale, me voy contigo— Sonrío abiertamente y les dedico una mirada de superioridad a mis espantosos compañeros de trabajo. Incluso puedo ver a Daisy contener una sonrisa también. Ella sabe que he ganado —Nos vemos en el hotel— Les digo, luego me dirijo a Ethan —¿Nos vamos? Él asiente y con un gesto me dice que lo siga. No tenemos que esperar mucho porque su transporte no está muy lejos. Es una camioneta negra blindada. En los asientos de adelante van el chofer, obviamente, y estoy casi segura que su publicista; no puedo verlo porque hay una ventanilla que separa los asientos delanteros de los traseros dando mayor privacidad. —Gracias— Recito a regañadientes, con el ceño fruncido y la mirada al frente. Comienzo a arrepentirme de mi impulsiva reacción de haber aceptado. —De nada— Responde en tono calmado, pero cuando lo veo por el rabillo del ojo me percato que una sonrisa burlona se vislumbra en su rostro —No sé que me gusta más, el poder ayudarte o el disfrutar de tu cara por tener que decirme "gracias"— Suelta una risa que a mi me crispa de rabia. —No te conozco pero te odio— Exclamo al girar para verlo a la cara, él trata de contener una risa pero se nota que le está dando mucho trabajo. — Siendo así, creo que pasaremos tres grandiosas horas en carretera— Me contesta. Sí, es oficial: no lo soporto.
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