Entro a mi apartamento, cierro la puerta y dejo mi riñonera, llaves, teléfono y la caja de la mini-cake sobre la mesa de la sala de estar. Me desplomo en el mueble y contemplo el lugar. Este piso no es un palacio, pero ha sido mi hogar por un año y he aprendido a quererlo. Por supuesto que me duele tener que dejarlo. Cuando llegué a él, con sólo doscientos dólares en el bolsillo para pagar el primer mes de arriendo, me encontré con un lugar desabrido, en condiciones óptimas pero un poco deprimente, la verdad. Las paredes eran todas blancas, insípidas y el piso de madera. Lo básico, es decir, una cama, una cocina y una nevera. Nada más. Poco a poco lo fui amueblando, con objetos vintage que fui adquiriendo en línea. Me gusta pensar que tiene un estilo minimalista, perfectamente a mi gusto. Y ahora es momento de decirle “adiós”. No es justo.
Dejo escapar un suspiro y me pongo de pie. Tomo la caja con el postre, la llevo a la cocina y en un plato sirvo una rebanada. Manos a la obra. Me dirijo al cuarto y abro el armario. Ahora mismo debería empacar solo lo que llevaré al viaje; pero creo que lo ideal es empacar todo de una vez. Sosteniendo el plato con la torta, tomo un bocado con la cucharilla antes de sacar mis seis maletas. Dispongo dos para guardar lo que llevaré conmigo al viaje y las demás para el resto.
Cuatro vaqueros, dos pantalones de lino, tres vestidos, dos chaquetas para el frío, dos camisas y seis blusas. Así conformo mi arsenal para el viaje que por suerte consigo apañar en la maleta grande; en la pequeña guardo los zapatos. En el bolso de mano llevo la ropa interior y los artículos de aseo personal. Note mental: Nunca cuentes con los artículos de aseo personal de los hoteles.
Después de terminar con esas dos maletas, voy por otra porción de pastel y cuando vuelvo me las apaño para guardar el resto de la ropa en las maletas restantes. De repente recuerdo que necesito empacar también la lencería, los muebles, los electrodomésticos «¡qué demonios voy a hacer!» inhalo tratando de mantener la calma. No es la primera vez que me mudo, conozco muy bien el procedimiento, solo tengo que pensar cómo lo haré. Ya tendré tiempo para eso. Ahorita estoy tremendamente cansada. Mi cuerpo me exige una ducha.
Me dirijo al baño, pongo a llenar la bañera mientras voy a por mis cosas. Me sirvo una cuarta rebanada de pastel, tomo mi portátil, y la mesita plegable. Me desvisto y me meto a la bañera, la espuma contra mi piel me genera un alivio inmediato. Me acomodo y tomo la mesa plegable para luego colocar sobre esta la portátil y el plato con el pastel de chocolate. Mientras saboreo mi cena empiezo a navegar por Internet. Busco “Dubois” y me topo con la página oficial, con la página en Wikipedia, con algunas imágenes de su CEO; y, por supuesto, con la noticia de que Ethan Langford será la nueva imagen de la marca. Ethan Langford. Inevitablemente siento necesidad de pinchar su nombre por enésima vez. No me resisto y lo hago.
Me voy directo al apartado de vídeos y hago click en el primer resultado: una alfombra roja de 2017, donde asistió con Tiffany Roy, su novia de turno en aquel entonces. «Demonios, tengo que reconocer que le sobra carisma» Después de cinco vídeos, donde sale acompañado de otras personas difícilmente puedo quitarle la mirada de encima. La cámara lo ama. Hago click en el mítico comercial de la fragancia de Jac Ross. Es curioso que pese a todo el revuelo que causó, nunca le había prestado atención al comercial. Es hora de hacerlo. Como buen comercial de perfumes, no tiene sentido, es un montaje continúo entre él en la ciudad y él dentro del agua. Al final, sale del mar como un James Bond cualquiera y la imagen se torna borrosa justo cuando muestra parte de la pelvis. Hay que darle crédito a que el comercial sea provocador y elegante al mismo tiempo. Y vaya que es provocador. Los planos de la cámara son muy sugerentes y lo muestran como un completo Dios Griego. No me doy cuenta que me estoy mordiendo el labio mientras veo el vídeo -por tercera vez- hasta que siento un leve sabor a sangre en mi boca. «Vamos, Crys. Compostura».
Tengo la sensación de que no han pasado ni cinco minutos pero debe ser tardisimo. Me he quedado dormida y me he despertado de golpe cuando al inhalar entró agua por mis fosas nasales. Me alzo abruptamente y toso con fuerza. Por poco y me ahogo. No puedo sentir vergüenza de cómo sería el titular: “Mujer muere ahogada en su bañera mientras se queda dormida viendo vídeos de Ethan Langford”. Dios mio, estoy muy mal. Salgo de la bañera, tomo mi bata para cubrirme y me dirijo hasta mi cama.
Me dejo caer sobre el colchón e inspecciono mi teléfono. Una llamada perdida. Trago grueso cuando veo el número. A pesar de haberlo borrado de mi lista de contactos, recuerdo cada dígito. No tengo dudas de que es él. Vaya suerte no haber escuchado, así no hubiese estado tentada de contestar. De hecho, elimino la llamada. Cuando me dispongo a dormir, la imagen del número telefónico en la pantalla de mi teléfono, taladra mi cabeza «¿para que demonios me llama?» Cubro mi rostro con mi almohada como si eso sirviese de algo. No, no sirve de nada. No voy a llamarlo, no caeré tan bajo pero la curiosidad me carcome. Muerdo mi labio inferior, indecisa, no sé que hacer. De repente una idea bizarra cruza mi cabeza. Tomo mi móvil, y llamo a mi mamá. Tal vez ella ha hablado con él y pueda decirme algo. Me frustro cuando no contesta. Tomo aire y mantengo la compostura. Me resigno a dejarle una nota de voz y cruzo los dedos para que responda pronto: —Hola, mamá ¿Qué tal? ¿Cómo está papá, Maggie y River? Tengo tiempo sin saber de todos. Eh...— Trata de pensar en algo rápido —Mañana me voy de viaje. Cuestiones de trabajo. No es que les importe— No puedo reprimir mis pensamientos —Pero igual te lo comento. Eh...— Me falta valor para preguntarle por él, así que doy fin a mi fallido intento de averiguar algo —Adiós.
Me detesto. Lo único que he conseguido es humillarme frente a mi mamá por enésima vez. Al menos, la vergüenza sirve como somnífero. Derrotada, apago la luz de la mesa de noche. Me giro sobre mi cuerpo y me dispongo a dormir. Mañana, gracias al cielo, será un nuevo día.