Este día ha sido uno de los días más largos, engorrosos y fatídicos de mi vida. Y he tenido unos terribles. Ernie no fue a quejarse a Recursos Humanos pero decidió pasar todo el día dentro del departamento, incluso en la hora de almuerzo. Una burda maniobra para irritar mi paciencia. Casi lo consigue. Por suerte encontré al menos en que distraerme; he pasado toda la tarde ideando bocetos con distintos ángulos que pueden servir para los anuncios promocionales para Dubois.
Ahora que he terminado, Ernie se ha instalado en el cuarto oscuro y no ha dado señales de vida ¿y si se tropezó con algo y está inconsciente? ¡Bah! Me da igual Echo un vistazo a la hora en el monitor del ordenador, cinco y cuarenta y siete, casi la hora de salida. Cierro todas las ventanas del navegador y apago el monitor. Incluso Mosi se marchó ya, tenía que comprar unas cosas antes de "la hora feliz", es así como le llaman al tiempo que pasan los empleados en el Happy Bar que está a dos cuadras de aquí; suelen reunirse todos los viernes en la noche o cualquier día que amerite celebración. Hoy se han juntado las dos cosas. Yo nunca he ido pero desgraciadamente he tenido que escuchar los chismes salientes de "la hora feliz", normalmente cada lunes.
Dejo escapar un bostezo y me estiro lentamente en mi silla cerrando los ojos y tratando de relajarme. En ese instante escucho dos golpecitos en la pared. Abro los ojos y me enderezo de golpe. Daisy está de pie en la entrada y me dice: —¿Puedo pasar?— Yo asiento.
Daisy es otra rareza en Owen and Larson, es una mujer cálida, afable y comprensiva. Un poco obstinada a veces pero solo cuando tiene exceso de trabajo. De todos los creativos es la más talentosa y la más trabajadora; es normal que tenga más de una campaña a la vez y para todas da el mil por ciento. No sé que edad tiene, pero calculo que si fuese unos años mayor podría ser como mi madre. Precisamente esa es el aura que irradia, el de una madre y su hijo es Owen and Larson, por quien daría la vida.
Ella extiende su mano hacia mi con un sobre blanco, yo lo tomo. Me percato a través del papel que se trata de un boleto de viaje. No hay vuelta atrás.
—Ese es tu pasaje a Colorado— Me confirma —Mañana a las siete de la mañana— Vuelvo a asentir —¿Ya empacaste, cierto?
—Sí, obvio— Miento.
—Sé que le correspondía a Fischer hacerte la entrega de esto pero quise hacerlo yo— Esboza una sonrisa —Además, sé que todos van a celebrar al Happy Bar. Y aunque yo no puedo ir y tú no quieres, es justo que también celebremos— Alza lo que trae en su otra mano. Es una hielera portátil.
—Daisy Flanagan, te desconozco— Bromeo. Y le hago un gesto para que pase a mi cubículo. Realmente necesito esa cerveza para reactivar mi moral.
—Algunas veces está bien romper las reglas— Se apoya en el borde del escritorio, destapa la hielera y saca dos latas de cerveza, muy frías. Yo tomo la que me ofrece y le doy un sorbo. Degusto el amargo y burbujeante sabor del líquido cuando pasa por mi garganta y activa un poco más mis sentidos. Incluso cierro los ojos por un segundo mientras saboreo la bebida. No soy amante de la cerveza pero justo hoy, después de este infame día, me ha caído como anillo al dedo.
—Hey, no entiendo ¿Por qué no puedes ir al Happy Bar? ¡No me digas que tienes que trabajar horas extras un viernes por la noche!— Espeto. Daisy niega y traga un sorbo de cerveza para hablar.
—Todo lo contrario, debo llegar temprano a casa— Frunce sus labios y cruza los brazos mientras se muestra indecisa —Estoy atravesando una crisis en mi matrimonio— Finalmente se sincera —Simon, mi esposo, dice que paso más tiempo aquí que en casa y lo peor es que tiene razón.
—Pero lo haces por trabajo, porque te gusta— Añado. Doy otro sorbo a la cerveza.
—Él lo sabe y nunca había sido un problema hasta ahora. Lo que me preocupa es que mi hija está molesta conmigo. Me ha dicho que si Simon y yo nos divorciamos, será mi culpa...— Oh, no. Que no llore, que no llore pienso cuando veo que es incapaz de terminar la frase y su rostro se torna rojo.
El hecho de estar hablando con ella, como dos buenas compañeras de trabajo, como dos amigas, es algo completamente nuevo para mi. Mucho menos sabré como lidiar con un llanto ajeno; algo que nunca he hecho. Doy otro sorbo a mi cerveza y ¡demonios! Se terminó y siento que necesito otra. Daisy cubre su rostro con una mano pero se sobresalta -ambas lo hacemos- cuando la puerta del cuarto oscuro se abre y Ernie sale.
Nos aniquila con la mirada pero, como el hombre educado que es, no dice nada, ni un “buenas noches”, “feliz fin de semana”, nada. Coge su chaqueta de la silla y se marcha. Gracias al cielo, oficialmente no lo veré hasta en un mes.
—Disculpa, realmente mi intención no era venir y deprimirte con mis desgracias— Se disculpa Daisy. Ella también termina de tomarse su cerveza —Mejor dime ¿cómo vas con...?— Mueve la cabeza como un gesto para hacerme saber que se refiere a Ernie que acaba de salir.
—Pésimo, como siempre— Respondo con amargura.
—Cuando no puedas lidiar con Ernie, deberías ir a Recursos Humanos.
—¿Crees que no lo he hecho?— Me burlo —En mi primer día de trabajo fui a Recursos Humanos porque me dijo “sí hubiese dependido de mi, no estarías aquí. Las mujeres no son buenas fotógrafos”. Sus palabras retumban en mis oídos, lo recuerdo como si lo acabase de decir ¿y sabes que me dijeron en Recursos? “el solo ésta bromeando”.
—Entonces este mes fuera te viene como anillo al dedo— ¿Por todos dicen lo mismo? —Vas a estar fuera de esta jaula de cristal— Continua —Vas a viajar, vas a recorrer el país. Vas a pasar mucho tiempo junto a Ethan Langford— Dice soltando una risita aniñada, mientras que yo inevitablemente hago cara de aburrimiento.
—¿Por qué todos están tan obsesionados con Ethan Langford?— Uso un tono aburrido en mi voz pero es que es así; desde que Ethan Langford puso un pie el lunes en esta agencia, escucho su nombre al menos tres veces al día. Da igual si es Mosi quien suelta un comentario, alguien en el baño o en la hora de almuerzo. Empieza a ser algo molesto.
—Es guapo, es rico y va a trabajar con nosotros. Por supuesto todos están obsesionados.
Sigo sin verle el chiste, me encojo de hombros y decido dejar el tema hasta allí. Es tarde ya y lo que más deseo ahora mismo es caer en mi reconfortante cama. Doy un vistazo a la hora en mi teléfono y doy gracias al cielo que Daisy entiende la indirecta. Ella se levanta del borde del escritorio, arregla el dobladillo de la camisa también inspecciona la hora. Se despide de mi antes de salir con un abrazo y un “nos vemos mañana” ¡Madre mia! El viaje es mañana y yo no he empacado.
Rápidamente salgo de la oficina, luego de apagar las luces, obviamente. Corro hasta la calle y una vez de pie en la Avenida Madison, apresuro mi paso para llegar a la parada. Si tengo suerte podría pillar el autobus que pasa a las seis y cuarto, no esperar hasta las siete ¡Bingo! Apenas llego a la parada se vislumbra un autobús. Me subo y tomo un puesto atrás. Por suerte vivir en Greenpoint, Brooklyn y trabajar en la Avenida Madison de Manhattan tiene sus ventajas: pese a la distancia, gracias al Queens Midtown Tunnel puede ir de aquí y de allá sin perder mucho tiempo en el proceso. De hecho, incluso antes de que termine de anochecer voy caminando a casa.
Me detengo en Ida's y entro. Inspecciono las vitrinas en busca de mi cena. Pues he tenido un día pésimo, me voy de la ciudad por un largo tiempo y simplemente me da la gana: cenaré con un pastel de chocolate ¿es prudente? No, pero a mi me da igual. Espero que salga el cliente que Ida estaba atendiendo y le pido una mini-cake de chocolate. Ida asiente y se dirige a preparar mi pedido.
—Eh ¿ya empezaste a buscar un nuevo sitio donde vivir?— Pregunta mientras abre una caja de cartón sobre el mostrador.
—No, Ida. He tenido un día terrible y lo último que quiero es pensar que en un mes no tendré donde vivir— Gruño.
—Perdón. Pensé que no te lo habías tomado a mal— Dice avergonzada; sé que lo está porque tanto su quebradizo tono de voz como sus mejillas rojas la delatan. Yo trato de exhalar para tranquilizarme un poco. Es cierto que no me esperaba salir de este piso tan pronto pero Ida no tiene la culpa. Ella y su padre simplemente tienen aspiraciones que, lamentablemente, se ven frustradas por mi presencia.
—No es eso, es solo que tuve un día terrible ¿vale? Peor de lo que esperaba.
—Siendo así, entonces esto corre por cuenta de la casa— Me ofrece la mini-cake ya en su respectiva caja.
—No, nada de eso— Insisto mientras saco mi billetera.
—No, de verdad. Es un obsequio— Suena casi como un ruego, tal vez quiere aligerar el sentimiento de culpa de dejarme sin casa. No lo sé. Tal vez esté siendo una buena amiga. Tampoco lo sé. Lo que sí sé es que no tengo ánimos de discutir; si quiere regalarme un postre, quién soy yo para negarme. Tomo mi caja después de agradecerle, le deseo una feliz noche y subo a mi piso a pasar la que podría ser mi última noche en este lugar.