La alarma de mi teléfono móvil suena con estruendo. Son las seis de la mañana. Qué mal. Con mi mejilla apoyada en la almohada, a regañadientes, alzo la mano y empiezo a buscar mi teléfono sobre la mesa para apagarlo. Lo tomo, apenas abro los ojos y deslizo el dedo sobre la pantalla para acabar con el martirio. Me doy la vuelta, clavo la mirada al techo y dejo escapar un suspiro. Es viernes, Chrys. Has sobrevivido a otra semana, me animo. O eso intento para abandonar por fin mi cama.
Voy al baño que está al fondo del pasillo para tomar una ducha que me termine de espabilar. De vuelta a la habitación abro mi armario y tomo unos vaqueros desteñidos, una sudadera blanca, unos tenis a juego y un blazer verde oliva. Nada llamativo pero bastante casual. Cierro el armario para poder echar un vistazo en el espejo de la puerta. Nada mal. Me siento en el tocador, recojo mi cabellera castaño claro en una cola alta y dejo el flequillo suelto al descuido. Debato por un instante entre aplicar maquillaje o no. Me vence la flojera así que me limito a aplicar un poco de brillo. Nada mal.
Salgo hasta la cocina, estoy hambrienta. Y justo en el momento en que abro la nevera, recuerdo que anoche tuve que ordenar pizza porque no había nada en la lacena. Nota mental: debo ir pronto al súper. No me queda de otra que tomar un vaso de agua, y hurgar en la caja de pizza que dejé en la sala de estar para ver si encuentro sobras de anoche. ¡Bingo! Queda medio slice. Duro y correoso pero igualmente me lo como. Si mi madre me viera ahora mismo negaría lentamente con mirada acusadora, estaría completamente avergonzada de mi. Oh, es cierto. Ya lo está.
Tomo mis llaves, mi teléfono, mi bandolera y me marcho. Vamos, Chrys. Doce horas. Tu puedes. Bajo las escaleras a toda prisa y salgo a la calle; aprovecho para entrar a Ida's, la panadería que está en la planta baja del piso donde vivo. Apenas abro la puerta, el olor de pan recién horneado y café recién hecho hace rugir mi estómago. Esto es lo que necesito. Me dirijo al mostrador, hecho un vistazo a los distintos bocadillos.
—Hola, Ida— Le digo, ella me regala una sonrisa.
—Un bagel y un café grande, por favor.
—Enseguida, Chrys— Me responde.
Es inevitable no sentirme extraña al escuchar que alguien se dirige a mi como Chrys, no como Bowell. El último que me llamó así fue el insoportable de Ethan y antes de él, ni siquiera recuerdo quien me llamó de esa forma.
—¿Decías algo?— Interrogo a Ida luego de escuchar su voz y abandonar mi pensamiento.
—Decía que tenías tiempo sin entrar a la panadería— Dice colocando mi pedido sobre el mostrador.
—Sí, es que he tenido mucho trabajo— Me excuso y de mi billetera saco el dinero para pagar —De hecho, creo que dentro de poco estaré al menos un mes fuera de casa.
—¿De verdad?- Me pregunta con un tono descontento. Es extraño ver a Ida cabizbaja. Desde que estoy viviendo aquí, es una chica muy risueña. En su rostro casi siempre hay dos hoyuelos permanentes que se forman en sus mejillas cuando sonríe. Además es una persona muy amable y muy atenta. Cuando he tenido un inconveniente en el piso, es ella quien me ha socorrido. Como el día en que se reventó un tubo y casi me inundo; si Ida no llama a un plomero, probablemente hubiese perdido todas mis pertenecías bajo el agua. Nunca hemos tenido una salida juntas, ella no me ha contado nada de su vida o yo a ella de la mía pero desde que llegué a Greenpoint, Ida es lo más parecido a una amiga que he tenido.
—Sí. Tengo que viajar a a Colorado, California y otros lugares.
—Oh— Deja escapar y confieso que “Oh” no es lo que esperaba de su parte. Ida es más el tipo de persona que solitaria un “Eso es genial”, “Espero te diviertas”, etc.
—¿Sucede algo?— Arqueo una ceja. Destapo mi bagel y le doy un mordisco.
—Sí. No. Bueno, sí. Verás Chrys, mi papá y yo pensamos que es momento de agrandar la panadería pero para ello necesitamos tu piso. Pensábamos decírtelo esta semana— se apresura a decir —para darte un mes para que busques un lugar pero si estarás fuera de la ciudad creo que será difícil.
—Oh, no te preocupes— Le suelto desde mi orgullo herido —Eso no será un inconveniente. Cuando regrese será para llevarme mis cosas— Le digo. Eso no se hace a una amiga Ida, ahora tengo algo más en que preocuparme. Nota mental: buscar un nuevo sitio donde vivir. Gracias.
—¿Te enojaste?— Dice apenada cuando ve que tomo mi bolsa y café y me dispongo a salir.
—No. No. No— Digo alzando la comisura de mis labios en una sonrisa —Es que se me hace tarde— Miento —Nos vemos, Ida. Me saludas a tu papá.
Con un gesto me despido y salgo del local como una bala de cañón. Dónde demonios se supone que voy a vivir ahora. La sien me arde, estoy sudando. No cabe duda que no me esperaba este cambio de planes repentino. Y aun no son ni siquiera las ocho de la mañana. Tomo una bocanada de aire y trato de controlarme. Ya tendré tiempo de pensar en ello. Subo al autobús cuando se detiene frente a mi y tomo un asiento vacío junto a una de las ventanas.
En poco más de diez minutos me encuentro en la Avenida Madison. Camino por las ajetreadas aceras hasta llegar a la imponente Steinfield Tower, donde quedan las oficinas de Owen & Larson. Paso la puerta giratoria de cristal, y atravieso el lobby para tomar el elevador. Piso veinte. Muevo inquietante mis pies mientras la caja metálica asciende con lentitud. En el tercer piso se suben varias personas, me veo obligada a moverme al fondo. En el octavo piso vuelvo a quedarme sola. Cuando llego a mi sitio de trabajo, echo un vistazo al piso y me percato que no ha llegado ni la mitad del personal. Cuando me adentro a la Dirección de Fotografía, me encuentro con Mosi, mi colega.
Mosi tiene veintiocho años, sólo un año menor que yo. Pero de lejos es más maduro que muchos de nuestros compañeros de trabajo que fácilmente podrían ser nuestros padres. Él dice que le ha tocado vivir “una vida difícil” y maduró de golpe, sin previo aviso; tal vez tenga razón. Por lo poco que me ha dicho, sus padres son de Nigeria y emigraron del país cuando él tenía dos años; vivieron en muchos países, en pobreza extrema, hasta que sus padres encontraron estabilidad económica aquí, cuando el era un adolescente. Mosi, a diferencia de mi, ama trabajar en este lugar; algo que no entiendo. Él me parece un hombre de espíritu independiente, de mucho talento y Owen & Larson es una prisión.
—¿Nerviosa?— Me dice con una sonrisa cómplice en su rostro.
—¿Por qué debería estarlo?— Respondo en un tono casual mientras sigo a mi cubículo. Mosi se pone de pie y camina hasta la entrada. Su oficina está contigua a la mía.
—Hoy finiquitan todo para comenzar el rodaje de la campaña de Dubois, firman con las primeras locaciones, ya sabes todo ese lío ¿no lo sabías?— Se cruza de brazos.
—No. O tal vez sí y me olvidé— Me encojo de hombros y enciendo la pantalla del ordenador
—Igual, no es mi trabajo. Hasta donde sé eso le corresponde a Fischer.
—Bowell, Bowell— Dice Mosi antes de estallar en una carcajada
—Sabes que me gusta tu actitud cínica, pero entiendo porque no te la llevas bien con nadie.
Pongo los ojos en blanco, tecleo mi contraseña y mi estómago ruge del hambre. Me giro nuevamente hacia Mosi y me percato que, detrás de él, en su escritorio, hay una taza de café.
—¿Hiciste café?
—Sí ¿quieres?— El me hace un gesto con la cabeza para que le siga.
Caminamos a un reducido espacio al final de la dirección donde tenemos una especie de cocina, aunque sólo hay una cafetera, un microondas, una nevera y un estante con artículos esenciales para la cocina. Delante de todo esto, hay una mesa de café y un sillón rojo para nuestro respectivo tiempo de descanso. Me dejo caer en el sofá y presiono mis labios mientras Mosi sirve café para él y para mi.
—¿A qué hora llegaste? ¿Acaso dormiste aquí? Gracias— Añado después de tomar mi taza amarilla que Mosi amablemente me entrega.
—Tengo como una hora, estaba trabajando en algo. Ven— Me pongo de pie y nos dirigimos a su cubículo. El enciende el monitor del ordenador y me muestra la imagen del cielo, en pleno ocaso, pero en blanco y n***o. Es hermoso, parece una especie de cuadro abstracto gracias a la mezcla de grises —Es solo una idea que tengo, un estilo que quiero perfeccionar.
—Es hermoso— Digo con honestidad, porque realmente lo es -Deberías buscar exponer esto. Tienes que exponer esto en un lugar.
Mosi me mira y sonríe, tal vez encantado por mi reacción genuina. Supongo que es eso lo que quería escuchar pero pronto su sonrisa se desvanece y dice: —Ya quisiera, pero no tengo dinero suficiente para rentar una galería.
Abro mi boca para decir algo, para hacer mi mejor esfuerzo de animarle. Vamos, no soy la persona más optimista del mundo pero puedo hacerlo. En eso entra Ernie quien abre y cierra la puerta con un golpe estrepitoso. Sin verlo ya su presencia me irrita y se debe reflejar en mi rostro porque Mosi, de espaldas a él, hace un gesto de inhalar y exhalar, pidiéndome mantenga la calma.
—Bowel— Grita —¡Bowell!— Suelta aun más alto cuando llega a la puerta y se detiene junto a Mosi —Pensando bien las cosas. Si no cambiaron de opinión y te quieren a ti para la campaña, al menos me hace feliz saber que no veré tu cara por un mes.
—Gracias, Ernie— Suelto con un tono calmado a pesar de que mi corazón late con furia mientras siento unas ganas inmensas de pararme y patearlo en su hombría —¿Sabes? Yo tampoco quería estar en la campaña pero pensándolo bien me hace feliz saber que no veré tu cara por un mes— Le sonrío.
—¡No seas insolente, muchachita!— Farfulla con furia.
—¿Perdón?- Exclamo y suelto una amarga risotada
—He utilizado tus mismas palabras— Digo, ya no tan calmada —Sí lo dices tú está bien, si lo digo yo no ¿es así?
—Okey, Okey. Calma todo el mundo— Dice Mosi alzando sus manos, una en dirección a Ernie, otra a mi. Como un referí cualquiera.
Ernie no dice nada pero de la furia farfulla, casi bufa como un toro salvaje encerrado en un establo. Me daría mucha satisfacción verle así, enojado, pero lamentablemente a estas alturas yo estoy igual. Desaparece, gracias al cielo, saliendo de la oficina. Me pregunto si irá a Recursos Humanos, me da igual. Si fuese así, él empezó todo.
—Lo siento mucho— Dice Mosi por lo bajo. Yo me encojo de hombros —Tal vez ese mes lejos de la oficina te hará bien— lo dudo —Por cierto, cuando regreses quiero detalles sobre cómo es trabajar con el guapetón de Ethan Langford.
—¡Fuera de aquí!— Le grito mientras le tiro un lapicero mitad en juego, mitad en serio. Tengo tanta furia que no razono. Mosi se lo toma con humor, suelta una carcajada mientras esquiva el lapicero pero funciona y vuelve a su cubículo. Yo apoyo mi rostro entre mis brazos sobre el escritorio. Un viernes de paz es todo lo que pido.