El Brindis
En la noche que lo cambió todo, Kat Russell se aferraba a una copa de sidra espumosa, el corazón latiéndole rápido y errático. Estaba al borde de la boda, como un espectador que nunca podría formar parte de lo que sucedía frente a ella. En el otro extremo del jardín, Mathias Goich, de veinte años, alto, con los hombros anchos, su esmoquin n***o impecable bajo la luz dorada, se apoyaba contra una columna envuelta en enredaderas. Su mirada fija, casi vacía, apuntaba a un punto invisible, ajeno a las risas y el brillo de las copas. Kat lo había observado en silencio durante años, desde su ventana, en cada fiesta familiar, y reconocía ese gesto: algo a punto de estallar, y ella, por alguna razón, temía ser la que quedara atrapada.
El jardín de los Goich era un sueño que se desmoronaba bajo el peso de su perfección: luces cálidas que no lograban ocultar el vacío que se filtraba entre las sombras, flores en cada rincón, y un cuarteto de cuerdas tocando suavemente, como si tuviera miedo de interrumpir algo que ya no podía detenerse. Todo era hermoso, pero vacío, como un cuadro con grietas cubiertas por un marco dorado. Kat, con su vestido azul marino, elegido por su abuela Lilly, se sentía como una intrusa en un mundo de adultos. No era que tuviera miedo, pero sí la sensación constante de que allí no había lugar para ella. Cada momento, cada mirada en su dirección, la hacía desear desaparecer.
Mientras observaba a los invitados, un nudo de incomodidad se formaba en su estómago. Thomas, el novio, resplandecía junto a Millaray, que lo miraba como si no existiera nada más. Lisa Goich, con su elegancia de piano, tocaba como si cada acorde fuera una sentencia. Ian Harris, camisa desabotonada y sonrisa torcida, no se apartaba de su papel de encanto peligroso, rondando cerca. Y luego estaba él. Mathias. Sostenía una copa de champán sin tocarla, la mandíbula tensa, como si el aire de la fiesta lo estuviera asfixiando.
Max, su hermano, apareció a su lado, la corbata floja y el rostro relajado.
—¿Sigues mirando? —bromeó, dándole un codazo—. No es muy discreto, hermanita.
—No estoy mirando —mintió Kat, sintiendo el calor de sus mejillas. Pero lo estaba. Desde los doce años, Mathias había sido su secreto, una obsesión imposible. El chico que nunca la veía.
Max la miró, divertido pero con algo de preocupación.
—Ten cuidado, hermanita —dijo, bajando un poco la voz—. A veces, los que parecen atrapados son los que más daño pueden hacer… sin querer.
—Claro. —Kat intentó sonreír, pero el comentario se le quedó clavado en el pecho.
Max, como si no esperara una respuesta, dejó caer:
—No parece muy feliz, ¿verdad? Gran noche para el heredero, y parece que lo están mandando a un destino que ni él puede elegir.
Kat no dijo nada. El silencio de Mathias hablaba más fuerte que cualquier palabra. Y ella lo entendía demasiado bien.
La multitud se congregó frente al escenario, y Nikola Goich subió con su bastón, su presencia autoritaria. Ivana, en seda blanca, lo acompañaba, su mirada siempre controladora. Nikola levantó la copa.
—Hoy celebramos el amor —dijo, su voz llena de poder—. Thomas y Millaray comienzan un nuevo capítulo, y estamos orgullosos. Pero esta noche también marca otro comienzo.
Ivana miró a Mathias, su mirada un mandato silencioso.
—En dos días, nuestro nieto Mathias partirá a Italia con una beca de excelencia para formarse como futuro CEO de Goich Atelier. Él es nuestro futuro.
Los aplausos estallaron, algunos cálidos, otros forzados. Alexis Goich, el padre de Mathias, permaneció rígido, su rostro una máscara de cortesía que no ocultaba su furia. Sus puños se apretaron con tanta fuerza que las venas se marcaron bajo la piel. Por un instante, sus ojos reflejaron un destello de miedo, como si perder el control fuera su mayor derrota. Había conspirado contra su propia familia, pero este anuncio lo despojaba de poder, humillándolo ante todos. Forzó una sonrisa, pero era un filo, no un gesto.
Mathias no reaccionó. Bajó la mirada, como si el peso de las palabras lo aplastara. Kat sintió un nudo en el pecho. Dos días. Y él nunca la había notado. No de verdad.
—¿Y si no quiere ir? —susurró, aunque su voz temblaba un poco.
Max la miró, entre ternura y algo más cercano a la verdad.
—Entonces se parece más a ti de lo que imagina.
Mathias se apartó de la multitud, sus pasos firmes, como si quisiera escapar. Ian lo interceptó, todo sonrisas y bordes afilados.
—¿Ni una mirada cuando soltaron la bomba? Esperaba algo de fuego, heredero.
—Ya lo sabías —dijo Mathias, la voz baja, tensa.
—Claro, pero quería un espectáculo. —Ian sonrió—. Aunque admito que lo tuyo tiene su encanto: el estoico CEO adolescente.
—No estoy de humor.
—Míralo desde el lado bueno. Tienes una beca, una herencia, y alguien te observa desde el rincón más inesperado.
Mathias siguió su mirada. Kat estaba junto a la mesa de postres, su vestido azul captando la luz, su rostro sin barreras. No era la niña callada de los veranos en Laurel Heights. Había cambiado. Y esa transformación lo golpeó como un relámpago. Pero tenía dieciséis años—demasiado joven, un abismo entre ellos que no podía cruzar.
—No empieces —advirtió Mathias, apretando la copa.
—No digo nada —sonrió Ian—. Pero si fuera tú, no la dejaría ir.
—Tú la dejarías por otra en cinco minutos.
—Cierto. Pero tú no. Tú sientes.
Mathias bajó la voz, casi en un susurro.
—Ian… es una niña. ¿Qué tendrá? ¿Dieciséis?
—Crece rápido —replicó Ian—. Y tú no estarás aquí para verlo.
Una modelo le pasó una copa a Ian, su sonrisa una distracción. Él guiñó un ojo.
—No lo pienses tanto. Actúa. Antes de que tu apellido decida por ti.
Mathias lo vio perderse entre la gente, luego miró a Kat. Estaba sola, jugueteando con un macaron, el cabello suelto sobre un hombro. Su pecho se apretó. Dio un paso, luego otro, la copa fría contra su palma.
—Kat Russell —dijo, su voz más suave de lo que quiso, cargada de algo que no podía nombrar.
Ella se giró, sobresaltada, el macaron casi cayendo.
—Mathias Goich —respondió, conteniendo un temblor.
—No sabía que vendrías. —Se acercó, su mirada recorriendo su rostro—. Estás… diferente. Ya no te escondes en las sombras.
Sus labios se curvaron en una media sonrisa que le aceleró el pulso.
—Y tú te vas. Italia, ¿no? Suena… grande.
—No es mi plan —dijo, sus dedos rozando el borde de la mesa, a centímetros de los de ella—. Es el de ellos.
—Siempre estás en estas fiestas, pero nunca hablamos. ¿Por qué?
Kat tragó saliva, bajando la mirada.
—Porque tú nunca me ves.
Un tic recorrió el rostro de Mathias, pero antes de que pudiera hablar, una interrupción cortó el aire como un disparo.
—¿Interrumpiendo algo?
La voz de Liam Norris, afilada y burlona, lo sacó de su trance. Se apoyaba contra una columna, sus ojos ámbar brillando con desafío. Kat se tensó. La mirada de Liam, clavada en Mathias, estaba cargada de algo nuevo, algo que nunca había visto antes: reto.
—¿Y tú eres…? —preguntó Liam, despectivo.
—Nadie que te importe —respondió Mathias, la mandíbula apretada.
—Solo vine a saludar a mi compañera. ¿Verdad, Kat?
Laura soltó una risita, tirando del brazo de Liam.
—¿Vamos a bailar, amor?
—Enseguida —dijo Liam, sin apartar los ojos de Kat—. ¿Nos acompañas?
Kat no respondió de inmediato. Sus ojos seguían fijos en Mathias, como si su presencia fuera la única que importara. Ignoró la mano extendida de Liam, apenas pestañeó. Para ella, solo existía Mathias.
Luego parpadeó, como si recordara dónde estaba.
—No, gracias. Mi hermano me espera. Permiso. Ya me iba.
Se giró, sintiendo la mirada de Mathias quemándole la espalda, y también la de Liam, cada una tirando de ella de formas que no entendía. Pero al final, era Mathias quien quedaba en su mente.
Mathias la observó irse, sus dedos apretando la copa hasta que crujió. Quería seguirla, decir algo—cualquier cosa—antes de que la noche llegara a su fin. Pero ella tenía apenas dieciséis años, y no podía cruzar esa línea, no con su familia observando, no con un avión esperándolo.
Aun así, en ese instante, algo dentro de él—algo salvaje y urgente—le ordenó moverse.
Dio un paso. Luego otro. Estaba a punto de alcanzarla, a punto de hablarle, cuando una mano pesada se posó sobre su hombro.
—Mathias —dijo Nikola, su voz tranquila pero firme—. Los inversionistas quieren conocerte.
Mathias se detuvo, atrapado por el mundo que no le daba opciones. Cuando volvió a buscarla, Kat había desaparecido entre la multitud. El momento se desvaneció, y él lo dejó ir—por su edad, por su destino, por todo lo que no podía cambiar. Y se odió un poco por ello.
—¿Todo bien? —preguntó Max cuando Kat volvió.
—Perfecto —respondió ella, forzando una sonrisa.
La noche terminó con brindis y sonrisas forzadas, pero para Kat, el silencio de Mathias fue el eco más fuerte. Mientras las luces de la fiesta se apagaban, una pregunta se repetía en su mente: ¿por qué no dijo nada?
Más tarde, solo en su cuarto, Mathias sacó su celular. El nombre de Kat brillaba en la pantalla. Había guardado su número después de un verano en Laurel Heights, cuando ella le pasó una limonada en una fiesta, sonriendo tímidamente. Su dedo dudó sobre "llamar", el corazón latiendo fuerte, pero la imagen de ella—tan joven, tan fuera de su alcance—lo detuvo. Presionó “cancelar”. No esta noche. No mientras fuera una niña.
Dos días después, en el avión, su celular vibró. Un mensaje, sin remitente:
“¿Por qué no te despediste?”
Las palabras de Kat lo atravesaron. Miró la pantalla, los motores rugiendo, los dedos temblando sobre el teclado. Quiso responder, explicar que no era un adiós, que la había visto, que lo sentía. Pero las palabras no llegaron.
Guardó el teléfono, el peso de su silencio hundiéndose en su pecho.
Y mientras el avión despegaba, Mathias supo que había algo que no debió dejar atrás.