Comienzo. part 2 + Celebración. part 1

4991 Words
Creo que no serviría ni todo el dinero del mundo. ― No tienes que pagarme nada, tu vestido y el traje de Eli es mi regalo de boda ― afirmó, sonriente. ― No puedo aceptarlo, Sarah, es demasiado… ― Para mí es un honor haber hecho los trajes de novios del Gran Lobo y su esposa ― me cortó con un poso de respetabilidad. Sabía que era así y que jamás aceptaría que se lo pagase. Y yo debía aceptar el regalo para no ofenderla. ― Está bien. Muchas gracias, Sarah, de verdad ― sonreí, y le di un beso en la mejilla. Ella sonrió, complacida y orgullosa. ― Vamos, ¿Qué esperas? Pruébatelo ― me apremió mamá, riéndose. ― Sí, sí ― asentí, comenzando a quitarme la ropa. Todas esperaron expectantes a que terminara y me pusiera el vestido, hasta que, por fin, Sarah acabó de abrocharme toda esa fila de botones de la espalda. Se hizo un momento de silencio en el que las cinco se quedaron absortas, mirándome. ― Bueno, ¿cómo estoy? ― inquirí, ya que no decían nada. ― Estás maravillosa ― sonrió Esmeralda, algo emocionada. ― Estás realmente preciosa, cielo ― siguió mamá, también con chiribitas en los ojos. ― Te queda perfecto ― declaró Alice. ― Preciosa ― afirmó Katy, sumándose a la emoción de las demás. ― Traía el neceser, por si tenía que hacerte algún ajuste de última hora, pero ya veo que te queda perfecto ― manifestó Sarah, analizando cada parte del vestido con satisfacción. ― Mírate en el espejo ― sugirió mi madre, levantándose para acompañarme al vestidor. Entramos, encendimos la luz y me plantó delante del espejo. Una vez más, mi rostro se iluminó. La parte de arriba era la misma, ese corsé hecho con esa tupida tela de seda blanca que dejaba mis hombros desnudos y que llegaba hasta mis caderas. Seguía estando revestida en su parte superior de esas grandes flores de seda vaporosa y en la parte izquierda delantera de la cadera continuaba llevando esas dos flores que eran semejantes a las del corpiño, solo que más pequeñas. El cambio venía en la falda. Ahora era una falda ligera y más estrecha que llegaba hasta los tobillos, hecha de una vaporosa seda que tenía más movimiento y caía libre desde mis caderas, ciñéndose más a mi cuerpo. En definitiva, se parecía bastante al anterior, solo que la falda ya no tenía volantes ni hacía esa forma de “A”, sino que era más suelta y ligera. ― Es precioso ― repetí, mirándolo sonriente. ― Bueno, pues, ya está ― irrumpió Sarah, entrando en el vestidor con precipitación ―. Quítatelo ya, que da mala suerte probárselo mucho tiempo antes de la boda. ― Vale, vale ― me reí. Salí del vestidor, acompañada de mi madre. ― En fin ― suspiró Alice ―, ya te hemos visto el vestido, así que te dejamos a solas para que te vuelvas a cambiar. ― Vallan bajando ustedes, yo voy ahora ― le dijo mamá. ― Por supuesto ― aceptó Esmeralda. Sarah cogió su neceser y salió con el resto, cerrando la puerta a sus espaldas. ― ¿Qué pasa? ― quise saber, algo extrañada, aunque ya intuía que me iba a dar uno de esos discursos que dan las madres antes de una boda. ― Quería darte una cosa ― declaró para mi sorpresa, porque eso sí que no me lo esperaba. ― ¿Una cosa? Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó una pequeña bolsita de tela violeta que iba cerrada en la parte superior por medio de una cinta. Cogió mi mano, poniendo mi palma hacia arriba, y dejó su regalo encima. ― Mamá, no tenías por qué haberte molestado. ― Oh, sí, claro que sí ― sonrió ―. No se casa tu única hija todos los días. Y, además, con una de las personas que más quiero del mundo, como es Eliot. Así que, vamos, ábrelo. ― Vale ― sonreí yo también. Tiré de uno de los extremos de la cinta, le di la vuelta a la bolsita y dejé caer su tintineante contenido en la palma de mi mano. Era una tobillera de oro blanco. De los eslabones de la cadena, colgaban una serie de figuritas talladas artesanalmente, también del mismo material, que se distribuían a lo largo de la tobillera. ― Son lobos ― murmuré, gratamente sorprendida. ― Sí. Mira la inscripción. ― Y me señaló el final de la cadena, donde uno de los eslabones no era hueco. Lo cogí con mis dedos y le di la vuelta para poder leerlo. Más que mi propia vida, rezaba con unas letras diminutas. ― Mamá… ― susurré, emocionada. ― Me gustaría que la lleves hoy ― murmuró, acariciando mi mejilla con dulzura. ― Claro que sí. ― Y me abalancé a ella para abrazarla ―. Gracias. Te quiero, mamá. ― ¿Te gusta de verdad? ― me preguntó, separándome por los hombros para mirarme. ― Me encanta ― asentí, secándome las lágrimas. ― Me alegro ― sonrió. Se hizo un silencio en el que aproveché para mirar la tobillera un poco más. ― Siento que papá y tú no puedan ser los padrinos ― lamenté, alzando la vista para observarla a ella con pesar ―. No pensábamos que esa tradición de bailar con los padrinos fuera tan importante. Pero lo era. Y Eliot no había podido convencer al Viejo y testarudo Quinbrit para que pasara por alto eso. Mis padres podrían bailar perfectamente con los lobos y sus parejas, ya sabían que eran vampiros, pero con el resto de wuilbritlautes que desconocían todo este mundo no podrían. A ver cómo se les explicaba que eran congelados al tacto, y no iban a llevar guantes en pleno junio, además, ni siquiera unos guantes servirían para disimular el frío de sus manos y sus brazos. El Viejo Quinbrit era un hombre de costumbres arraigadas, así que no nos quedaba más remedio que acatar la tradición. El año pasado no le habíamos dicho nada, menos mal que esta vez a Eli le dio por preguntárselo, si no, hubiéramos llegado al altar y hubiésemos tenido que cambiar los padrinos de sopetón e improviso; seguro que eso es lo que nos hubiera pasado el año anterior. ― No importa, después de todo lo que ha pasado esto es una tontería. Nosotros estamos muy felices por ti, igualmente ― aseguró con una sonrisa orgullosa, metiéndome el pelo detrás de mi oreja ―. Además, me gusta que lo vayan a ser Seth y Barbie, sobre todo por Seth, claro, a Barbie la conozco menos. ― Sí, creo que lo harán bien ― reí. Habíamos escogido a Seth y Barbie como los padrinos de boda. Quinbrit y Aleb eran los mejores amigos de Eli, sin embargo, Claire aún era una niña, y Aleb no tenía pareja. No era  obligatorio que los padrinos fuesen pareja, por supuesto, nosotros mismos habíamos sido los padrinos de Raquel y Raúl, y en aquel entonces no éramos novios, pero también estaba Seth en una de nuestras opciones, y su pareja daba la casualidad que era una de mis mejores amigas, así que nos decidimos por ellos. Además, Seth siempre había sentido debilidad por Eli, y había sido el primero en formar manada con él cuando Eliot se marchó en solitario. Al principio, Barbie iba a ser una de mis damas de honor, pero como ahora iba a ser la madrina, metí en su puesto a la pequeña Claire, a la que le hacía muchísima ilusión. Sarah también había tenido que arreglar el vestido de dama de honor de Barbie, para adaptárselo a Claire. Desde luego esa mujer se merecía un premio. ― En fin, ahora sí, me voy abajo con tu padre. ― Y empezó a caminar hacia la puerta. ― Sí, y yo me quitaré esto antes de que caiga un maleficio sobre mí o algo, ya he tenido    bastante con todos aquellos hechizos ― bromeé ―. Ah, ¿me desabrochas los botones? ― le pedí antes de que saliese. ― Claro. ― Se acercó a mí y desabotonó mi espalda con gran agilidad ―. Ya está. ― Gracias. ― Le di un beso en la mejilla. ― Te veo abajo ― repitió, ahora sí, saliendo de la habitación después de que yo asintiese. Mamá cerró la puerta y yo me quedé observando la tobillera un buen rato antes de quitarme el vestido, fijándome en los detalles con más calma. Más que mi propia vida, volví a leer. Y sonreí. La mañana pasó más bien despacio. Entre lo nerviosa que estaba, y lo que echaba de menos a Eli, no veía el momento de que llegase la tarde. Pero llegó. El cuarto de baño se había convertido en un salón de belleza. Mientras Alice me maquillaba, Katy se dedicaba a darme tirones supersónicos en el pelo. Mamá me estaba haciendo la manicura a la francesa y Esmeralda  se dedicaba a traerme tilas de vez en cuando. Sí, estaba hecha un flan. En ese momento estaba sentada, pero temía levantarme y que mis piernas cedieran. Estaba tan nerviosa, tan ansiosa de que llegase el momento… Después de toda esa sesión, mis tías y mi madre me obligaron a vestirme sin dejar que me mirase en el espejo. Esmeralda  ya tenía mi vestido preparado en mi habitación, así que fue llegar y cambiarme. Mi madre abrochó toda esa retahíla de botones y Alice me puso delante unos bonitos zapatos de tacón, no muy altos, de color blanco para el trayecto, ya que en la playa iba a tener que quitármelos. Mientras me calzaba, mamá me puso la tobillera y Katy abrió la caja redonda de cartón, donde se encontraba la corona de flores. Mi tía la sacó y se acercó a mí. La corona de flores estaba construida a base de unas preciosas orquídeas y campanillas blancas, estas se unían entre sí por medio de unos verdes tallos que también estaban llenos de unas pequeñas flores níveas, confiriéndole a toda la corona un aspecto armonioso, compacto y homogéneo. ― Trae, yo se la pondré ― se ofreció mi madre, cogiéndola. La llevó sobre mi cabeza y la colocó con cuidado, enganchándola bien para que no se moviera. Cuando terminaron, las cuatro se quedaron observándome maravilladas y emocionadas. Si no hubieran sido vampiros, se habrían puesto a llorar. ― Estás maravillosa ― alabó mamá con ojos vidriosos ―. Eliot tiene razón, pareces un ángel. ― Toma, el ramo ― me dio Katy. Cogí ese ramo también hecho de orquídeas y campanillas blancas que hacía juego con mi corona. ― Ahora ya puedes mirarte ― me anunció Alice, haciendo rodar un enorme y alargado espejo con ruedas que seguramente solo había comprado para esta ocasión. Lo colocó justo frente a mí y por fin pude mirarme. Tengo que reconocer que yo misma me quedé anonadada. Sí, por qué no decirlo, estaba muy guapa, preciosa, como diría Eli. Katy había despejado mi cara sujetando los mechones laterales de mi pelo hacia atrás con unas horquillas que no se veían y que tampoco lo dejaban tirante, sino que simplemente lo amarraban de una forma casi  ocasional, eso hacía que mi pecho y mis hombros se vieran mucho más, dándole también protagonismo a la parte superior de mi vestido. Mi cabello caía con una cascada de rizos sobre mi espalda, sueltos, naturales, vivos, y la corona de flores se adaptaba perfectamente a ese peinado, formando parte del mismo. Mi maquillaje era muy suave y natural, sutil. El rosa claro de los párpados le confería más luminosidad a mis ojos, llevaba el toque justo de rímel y una fina línea negra perfilaba mis pestañas. Alice había preferido no pintarme mucho los labios, según ella, para no recargarme, tan solo les había puesto un ligero toque de carmín prácticamente del mismo color de mis labios. Todo era armonioso y sencillo en el conjunto, justo lo que yo había buscado. ― Estoy preciosa ― reconocí, boquiabierta. ― Bueno, pues, venga ― me azuzó mamá, empujándome hacia la puerta ―. Tu padre ya te está esperando abajo para irnos. ― Sí. ― De repente, mis nervios subieron hasta el infinito de nuevo. No sé ni cómo fui capaz de bajar esas escaleras, porque mis pies no obedecían muy bien a mi cerebro. Cuando llegué abajo, mis tíos, Carmelino y mi padre, que eran los únicos que se  encontraban aquí, puesto que el resto ya estaba en La Rush, exclamaron impresionados. ― Guau, nunca he visto una novia más bonita ― aclamó Brend. ― Desde luego. Está muy, muy hermosa ― coincidió Carmelino, sonriendo con orgullo. ― Está bellísima ― dijo Josh. ― Estás maravillosa, impresionante ― sonrió papá, emocionado, dándome un beso en la mejilla cuando llegué a su lado. Todos los vampiros que acudían a la boda, incluida mi familia, también iban maquillados con una base opaca, pero muy suave, cuya misión solamente consistía en mitigar todo lo posible los destellos de su piel con el sol. Apenas se les notaba, pues Alice había utilizado el color más claro que había encontrado en el mercado, aunque, aun así, su piel de verdad seguía siendo más nívea. Los rayos iban a ser débiles, puesto que la ceremonia era al anochecer, pero toda precaución era poca. ― Gracias ― sonreí yo también, algo ruborizada por las miradas y los comentarios de todos. ― ¿Preparada para casarte con Eliot Bancot? ― me preguntó, sonriente, ofreciéndome su brazo. ― Llevo preparada toda la vida ― reconocí con una sonrisa, enganchándome a él. Brend se frotó las manos con emoción y todos comenzamos a caminar hacia la puerta de la casa. Hoy tenía licencia, así que mi padre aparcó cerca del tramo final de la media luna de la playa. Nos bajamos de su Volkswagen marrón metálico, que estaba adornado para la ocasión, me agarré a su brazo derecho y comenzamos a caminar hacia la playa de First Beach. Mi padre estaba especialmente callado, pero creo que no me decía nada porque sabía que yo no le iba a escuchar. Estaba demasiado nerviosa, ya observando a esa muchedumbre que se veía entre los árboles y que ya estaba esperando mi aparición. El cielo era de color anaranjado, solo unas dispersas nubes salpicaban el firmamento de pinceladas blancas y rosadas. El astro rey parecía estar suspendido sobre el horizonte de ese chispeante y brillante océano, también esperando mi llegada para comenzar a sumergirse. Hoy el sol parecía más grande que nunca. Los escarpados acantilados parecían estar encendidos en las zonas donde la sombra no podía llegar, casi parecían enormes bloques volcánicos debido al azafranado tan intenso con que la luz solar del anochecer los bañaba. Las altas y rojas llamas de la pira también sobresalían de entre los árboles, podía notar su calor desde nuestra posición, y verla me ponía más ansiosa, porque justo ahí es donde me esperaba Eliot. Llegamos al borde de la playa y papá me ayudó a descalzarme. Conseguí poner un pie sobre la arena y después el otro, y así fuimos avanzando poco a poco hasta llegar al fondo de ese ancho pasillo de gentío, donde nos quedamos quietos. Entonces, por fin vi a Eliot. El corazón no podía latirme más deprisa, casi se me salía del pecho, y las mariposas iniciaron ese revolucionado vuelo, incitándome a acercarme a él. No pude evitar que se me escapase un suave jadeo, de la impresión. Estaba guapísimo, perfecto, más que eso. Dios mío, ni siquiera podía describirle. Estaba nervioso, se balanceaba levemente, oscilando el peso de su cuerpo de una pierna a otra mientras sus manos no sabían dónde colocarse. Como marcaba la tradición wuilbritlayute, también iba de blanco, pues era símbolo de castidad y fidelidad absoluta, y aquí no solo las mujeres tenían que cumplir eso, aunque ya se sabe que, hoy en día, lo primero casi nadie lo cumplía.  Vestía una elegante pero informal camisa de lino de manga larga, de color hueso, que hacía juego con unos pantalones del mismo estilo y tonalidad y que hacía resaltar su preciosa piel cobriza. La camisa caía sobre los pantalones, libre, suelta, así como estos, que lo hacían sobre sus pies descalzos. Noté cómo mi cara reflejaba el encantamiento al que fue sometida con esa espectacular imagen. Las fuertes llamas de la hoguera lo hacían todo más mágico. El sol todavía se sostenía en el horizonte y sus rayos se reflejaban en el blanco de su ropa, haciendo que su hermoso rostro contrastara y se iluminara más. Me obligué a respirar para no ahogarme. Pero mi corazón pasó a latir a trompicones cuando él también me vio, quedándose paralizado al momento. Pude escuchar cómo se quedaba sin respiración por un instante, aunque su ritmo cardíaco enseguida se aceleró, y sus ojos me repasaron entera para, después, clavarse en los míos, maravillados, totalmente deslumbrados. El ramo de flores no se me cayó al suelo de puro milagro. Por un momento nos quedamos inmóviles, hipnotizados el uno por el otro, sonriéndonos atontados. La energía ya empezó a fluir incluso desde esa distancia, mágica, increíble, cálida, giraba y giraba a nuestro alrededor, sumiéndonos aún más en ese estado de deslumbramiento mutuo. La pequeña orquesta empezó a tocar la marcha nupcial wuilbritlayute, una sencilla música tradicional india tocada con instrumentos típicos de viento y percusión, y de repente, todo el mundo se giró hacia mí. Me pareció oír que se producía una exclamación popular consistente en un sonoro y alegre ¡Oooooooh!, pero apenas lo percibí. Mis damas de honor comenzaron a andar por la arena, portando sus pequeñas cestas. Raquel, Hall, Olga y la pequeña Claire, con sus preciosos vestidos de gasa azul claro, fueron lanzando los pétalos de rosas de color rojo y rosa para que yo caminase por esa alfombra que caía sobre la arena. Mi pulsera vibró suavemente para avisarme, aunque papá tuvo que tirar levemente de mi brazo para que mis pies reaccionaran y pudiesen comenzar a caminar, pues seguía embelesada mirando a Eliot. Mientras caminaba hacia él, mi mano se aferró al brazo de mi padre, ansiosa. Por fin mi sueño se estaba haciendo realidad, por fin mis pies me llevaban por esa arena hacia mi destino, yo había nacido para estar con él, y él había nacido para estar conmigo, nuestras almas habían nacido para moverse como dos constelaciones unidas e inseparables que bailaban una danza armónica, como si fuesen una. Caminaba nerviosa pero segura hacia mi mejor amigo, mi ángel de la guarda, mi alma gemela, mi compañero, el amor de mi vida, el hombre de mi vida, todo, él lo era todo para mí. Eliot era todo lo  que deseaba, lo único que ansiaba, Eliot era mi sueño, y había esperado tanto para esto. Mi padre apoyó su mano sobre la mía para infundirme confianza. La necesitaba, estaba hecha un flan, porque no veía el momento en que el viejo Quinbrit pronunciase esas ansiadas palabras, pero todavía me quedaba la ceremonia por delante. Ese sueño que había esperado tanto tiempo estaba a punto de hacerse realidad. Aunque esto no era el final de una meta, no era el final de nuestro cuento de hadas, era un comienzo, un comienzo nuevo de nuestras vidas. Ese sueño iba a empezar ahora. Todo el centro de atención estaba puesto en mí, pero yo apenas noté las miradas de los invitados, ni siquiera me fijé en mi familia y amigos. Mi único punto de visión, entre todo  aquel revoltijo de pétalos, era Eliot. Era como si casi estuviésemos a solas, no había nada más alrededor. Él me observaba llegar completamente deslumbrado, maravillado, y yo me acercaba a él exactamente con el mismo rostro. Hasta que mis damas de honor se retiraron hacia atrás, soltando los últimos pétalos, y por fin llegué a  él.  Mi padre  y yo nos colocamos al lado de Seth, que creo que me sonrió. Yo solo podía mirar a Eliot. Sus grandes ojos negros y brillantes, penetrantes y dulces al mismo tiempo, profundos e intensos, no se despegaron de los míos en ningún instante, hipnotizándome aún más, atrayéndome hacia él aún más, reclamándome aún más. No hizo falta palabras, con mirarnos, lo dijimos todo. Sin embargo, cuando ya me disponía a dejar a mi padre para agarrar la mano de Eliot, mi progenitor me detuvo, quedándonos frente a él. Fue el único momento en que Eliot apartó la vista de mí, para mirar a mi padre. ― Sé que aquí no es costumbre, pero me gustaría decir unas palabras. Seré muy breve ― le dijo al viejo Quinbrit, pidiéndole permiso. Este miró al sol, algo apurado, pero asintió, así que papá comenzó a hablarle a Eli, que clavó la vista en él con esa honorabilidad con la que solo saben mirar los indios ―. Ya te lo dije en una ocasión, sin embargo, hoy lo hago públicamente. Aunque empezamos con muy mal pie en el pasado, ahora te aprecio como a un hijo, Eliot, ya formas parte de mi familia. ― Los invitados que no estaban al corriente de que él era mi padre no entendían nada, pero sonrieron ante el discurso tan emotivo de mi primo ―. Amas a mi… a Alexandria ― rectificó a tiempo ―, darías la vida por ella, como ya has demostrado, y eso es lo más importante para mí. Sé que no habría hombre para ella mejor que tú, que nadie cuidaría de ella mejor que tú, nadie la amaría de la misma forma en que tú la amas, y sé que será eternamente, por eso estoy feliz y orgulloso de entregártela aquí y ahora. Les doy mi bendición. ― Gracias, Axel ―asintió Eliot con la misma mirada ―. Te prometo que siempre cuidaré de ella. ― Gracias, papá ― murmuré yo, muy emocionada, dándole un beso en la mejilla. Mi padre asintió también para los dos, aflojó su brazo y me dejó con Eliot. Se retiró de ese altar de arena y fuego, y se colocó junto a mi madre, que agarró su mano y me sonrió, visiblemente emocionada. Le correspondí la sonrisa y la emoción. Fue cuando me fijé en que el resto de mi familia estaba allí, más nuestros aliados, muy cerca de nosotros, y que también se encontraban Sol, Bonjo y Billy. Estos últimos no podían reprimir una inundación en sus ojos, aunque ambos consiguieron que las lágrimas no rebosaran. Eliot volvió a pegar su vista en la mía y, sin dejar de mirarnos con ese deslumbramiento, nuestras manos se aferraron automáticamente, entrelazando los dedos para apretar ese amarre. Las mariposas de mi estómago saltaron con ímpetu, haciéndome cosquillas sin parar. La energía era electrizante y muy intensa, incluso mi pulsera de compromiso estaba ansiosa. El Viejo Quinbrit, que estaba apoyado sobre su bastón de castaño e iba vestido con su traje tradicional wuilbritlayute, carraspeó para llamar nuestra atención y ambos nos obligamos a bajar al planeta Tierra para mirar al frente, aunque las miradas de reojo se nos escapaban continuamente. Los chasquidos de la hoguera hacían que las chispas volasen hacia arriba, cayéndose después, ya como cenizas. ― Queridos hermanos y amigos ― comenzó el anciano Quinbrit Atarea, usando su tono majestuoso ―, estamos reunidos frente a esta hoguera y esta puesta de sol para unir en matrimonio a Alexandria Knoch y Eliot Bancot, dos almas gemelas que caminan juntas, que se aman, dos espíritus que se mueven unidos para formar un único todo, un vínculo inseparable y único, mágico y espiritual. Eli y yo nos miramos y volvimos a apretar nuestro amarre. Se hizo un brevísimo silencio y el fuego quiso chasquear los leños de la pira para soltar otra descarga de chispas hacia  ese cielo que ya estaba más oscurecido. Ya fuimos incapaces de despegar los ojos el uno del otro. ― Desde el principio de los tiempos, todos los elementos de la tierra, el aire y el agua han tenido y tienen un ciclo. El sol ― elevó la voz y señaló a ese medio círculo que quedaba con la mano ― es testigo y símbolo de que se cierra uno para dar comienzo a otro más hermoso y prodigioso, como es el formar un vínculo inseparable y una familia, pero también más importante y trascendental, puesto que una nueva era llena de amor y paz también comienza ahora. Nuestros ancestros lo saben, y así lo han querido. »Si hay alguien que, delante del fuego y de los espíritus, quiera oponerse a esta unión, que hable ahora o que su boca sea sellada hasta el fin de los tiempos. Eliot apretó aún más mi mano y miró de reojo hacia atrás con una mirada un tanto amenazadora. Pero nadie dijo nada, así que sus ojos regresaron a los míos. El Viejo Quinbrit siguió con su discurso nupcial, pero yo apenas le presté atención. La casi noche hacía que el romántico fuego se reflejara en su hermoso rostro y en sus preciosos ojos negros, que estaban clavados en los míos, enganchándome a cada segundo. Ya me estaban besando con pasión. Otra vez esas luciérnagas de fuego bailaban a nuestro alrededor, danzaban junto con la extraordinaria energía que emergía de nosotros. Entonces, algo llamó nuestra atención en la alocución del anciano Quinbrit Atarea y ambos volvimos la vista al frente de nuevo. ― Los anillos, pequeña ― le pidió a Claire, haciéndole un gesto con los dedos para que se acercase. La niña se acercó, sonriente, pasando por delante de su también sonriente y orgulloso imprimado, y entró en la zona del altar. Me ofreció a mi primero una pequeña bandeja de mimbre, donde reposaban las dos sencillas alianzas de oro. Cogí el aro más grande y esperé. Claire se fue hacia Eliot y él cogió la mía. ― Pueden proceder a los votos y al intercambio de anillos ― nos instó el anciano Quinbrit Atarea. Me giré hacia él, separando nuestras manos para tomar la suya izquierda y alzarla. Mis ojos ya estaban clavados en los suyos, pero los hundí más, si cabe, y pronuncié las palabras lentamente. ― Yo, Alexandria Carmen Knoch, me entrego a ti, Eliot Bancot, para ser tu esposa, y prometo amarte, serte fiel y respetarte en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad, durante el resto de mis días y en la eternidad del más allá ― juré con la voz entrecortada de la emoción, aunque con confianza y determinación. Deslicé el anillo por su dedo anular y se lo puse. Los dos alzamos la vista y sonreímos. Eli cogió mi mano izquierda y la levantó. ― Yo, Eliot Bancot, me entrego a ti, Alexandria Carmen Knoch, para ser tu esposo, y prometo amarte, serte fiel y respetarte en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad, durante el resto de mis días y en la eternidad del más allá ― juró él sin  ningún titubeo ni duda, enganchándome con esos ojazos negros. La alianza dorada entró perfectamente por mi dedo cuando él me la puso, parecía que este estuviera hecho para llevarla. ― Por el poder que me otorgan los espíritus, yo los declaro marido y mujer. Puedes… Antes de que el Viejo Quinbrit terminara su frase, Eliot y yo nos abalanzamos el uno al otro para besarnos con auténtica pasión y felicidad. El ramo se me cayó a la arena cuando arrojé mis manos a sus hombros y a su pelo para acercarle más a mí y las suyas me apretaron contra su cuerpo, mientras ya dejábamos descargar las lágrimas contenidas durante la ceremonia. Noté cómo la pulsera vibraba suavemente, casi parecía que suspiraba, tranquila, pues ya había cumplido su principal cometido. Los integrantes de la manada corearon unos aullidos entre aplausos y risas, uniéndose al resto de invitados, que también aplaudían con entusiasmo y silbaban por nuestro efusivo e interminable beso. Sí, hoy era el día más feliz de mi vida, por fin, por fin mi sueño se había cumplido, por fin era la joven señora Bancot.        Celebración. El Viejo Quinbrit terminó dando unos toques con su bastón sobre la espalda de Eli para avisarnos. ― Bueno, bueno, ya está, ¿no? ― protestó, aunque riéndose. ― ¡Estos dos ya han empezado la noche de boda! ― se burló Brend, todavía desde su puesto entre los invitados, que se rieron de la broma. Eli y yo tuvimos que obligarnos a despegar nuestros labios y tomamos una buena bocanada de aire para recuperarnos de todas las emociones y sensaciones que sentíamos. ― Te quiero ― susurró, aún con su ardiente frente pegada a la mía. ― Te quiero ― murmuré. ― No te lo he podido decir antes, pero estás impresionante, nena, pareces salida de un sueño. ― Tú también estás guapísimo, todo un Rey de los Lobos. Nos sonreímos, nos dimos un beso corto y nos separamos, entrelazando nuestros dedos de nuevo. ― Vamos, ya te están esperando para el lanzamiento del ramo ― me anunció el anciano Quinbrit Atarea, señalando a mis espaldas. Seth me pasó el ramo con una enorme sonrisa. Ni siquiera me había dado cuenta de que ya habían encendido los farolillos que se distribuían sobre nosotros y todos los invitados. Me giré y vi a toda la masa de chicas solteras detrás de mí, medio peleándose por mi cotizado ramo. Volví a girarme, con una risilla, y lancé las flores hacia atrás. Se escucharon unos gritos y una exclamación, y cuando me volví, Hall levantaba el ramo, triunfal, mientras los chicos ya le daban empujones a Simón en broma, el cual sonreía. ― ¡Ya era hora, Hall! ― se mofó Jared. Esta le dedicó una mirada de odio que hizo que a él se le borrase la sonrisa de la cara al instante.
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