1. Me gradué en desamores, cariño

2043 Words
Generalmente tenía pesadillas pero como la de hoy, nunca. Y todo por ver una película de terror. ¿En qué demonios estaba pensando? Me desperté, aun adormilada, y me vestí para ir a clases, no sin antes revisar mi perfil de f*******:. Unas veinte notificaciones, tres mensajes y varias solicitudes. Revisé los mensajes a ver que había de nuevo, y me encontré con varias sorpresas. Me enfoqué tanto en lo que estaba leyendo que perdí la noción del tiempo. —¿Marialejandra? —Llamó mi madre—. ¡Date prisa, es tarde! —Ya voy, madre, dame solo un segundo. —Marialejandra, por favor, es la segunda vez que llegas tarde, te suspenderán si sigues así. —Por favor, mamá, no seas dramática —repliqué—. Soy la mejor estudiante de la familia, todos lo saben. —Sí, pero este año debes ser mejor que los anteriores, recuerda que ya te falta poco para la graduación. —Lo sé —murmuré—. Oye, por cierto, este viernes hay una fiesta en casa de Miguel,  y los chicos me invitaron. —¿Miguel, tu…? —asentí—. Bueno, eso podemos discutirlo más tarde —vi como la decepción se adueñó de su rostro. —¿Eso es un no? —me miró fijamente. —Es un hablaremos tarde, Marialejandra, date prisa o llegarás tarde. Bajé las escaleras para subir al auto, enfadada. ¿Qué le pasaba a mi mamá con la familia de Miguel? Digo, cada vez que lo mencionaba, esa mujer enfurecía como si le estuviesen nombrando lo peor del universo. Tenía que averiguar eso. Por supuesto, era algo más para agregar a mi lista de tareas de la semana. Y como se imaginarán, también me lleve un regaño de mi padre. ¡Qué bonita manera de empezar el día, Mariale! —Pero es que tú te lo has buscado, querida —demandó Bárbara, mientras entrabamos al salón. —No sí, defiéndelos —contesté sarcásticamente, ella me fulminó con la mirada. —Pero es que es la verdad, Marialejandra. Te la pasas metida día y noche en las redes. Explicame algo,  ¿cómo es que no has reprobado ninguna materia en todo el año? —¿Por qué soy la mejor estudiante? —sonreí inocente. —Estoy hablando en serio —murmuró. —Y yo también —suspiré—. A ver, puede que si le esté dedicando mucho tiempo a mis r************* , pero sabes perfectamente que soy una buena estudiante y estoy al día con mis clases. —¿Ah, sí? A ver, ¿de qué es el examen de Literatura de hoy? ¿Qué? ¿Examen? Ok, debo confesar que me agarró con la guardia baja. ¿Había un examen? ¿Cómo era posible? Bárbara estaba seria, tanto que me asustaba. Nunca la había visto así. Ella esperaba que yo hablara. Tardé varios minutos en contestar, debo admitirlo. Y cuando iba a hacerlo, noté la maldad en su rostro. Una sonrisa maliciosa que me daba a entender que todo fue una broma. —¡Eres una estúpida, Bárbara! —soltó una risotada, causando que todos nos miraran. —No seas dramática, Mar. La ignoré, por supuesto. —¿Cómo me puedes hacer eso? Yo que siempre he estado para ti, ¡soy tu mejor amiga, y tú eres la mía! —Marialejandra… —Y yo que te consideraba mi hermana, mi todo. —Estás exagerando. —¿Segura? Yo no lo creo. —Mari, solo fue una broma. —Una de muy mal gusto, dejame decirte. —Okay, lo admito, fue una broma pesada Esperé. —¿Me perdonas? —preguntó luego, haciendo un puchero o el intento de uno. Sabía que con ese gesto yo no podía negarme. —Eres una — —Muy buena amiga, lo sé. —Iba a decir manipuladora, pero eso ya lo sabes. —¿Manipuladora? ¿Yo? —su boca se abrió en forma de “O”, mientras tocaba su pecho, fingiendo estar ofendida. ¿Les comenté que ella sueña con ser actriz? Bueno, ahora lo saben y déjenme decirles que es muy buena. Nos quedamos en silencio, mirándonos hasta que soltamos una carcajada. —Definitivamente, ustedes están locas —comentó Carlos Eduardo al tiempo que se sentaba detrás de nuestro mesón. —Ya lo sabíamos, cariño —respondimos al unísono. —No sí, el coro y tal. Stop. ¿Les dije que ellos dos son mis mejores amigos?  Pues creo que olvidé mencionarlo, pero sí, Carlos y Bárbara son una especie de hermanos para mí. Los conocí en el jardín de niños cuando tenía cuatro años, y desde ese día hemos estudiado juntos. Somos inseparables, por así decirlo. —Hablando de otra cosa —ellos me miraron atentos—, no me maten pero creo que no podré ir a la fiesta de Miguel el viernes. —¿Qué? ¿Por qué? —habló Bárbara. —Mi madre se pone furiosa cada vez que hablo de él o lo menciono siquiera. No sé qué le pasa. —Tu madre tiene serios problemas con él, eh? —Pues sí, la verdad no entiendo el motivo, de hecho, lo desconozco. —Tranquila, eso lo resolveremos luego, cariño —me dijo Carlos. —¿Y se lo has dicho? —preguntó Bárbara. —No, de hecho ya ni hablamos. —¿No estaban saliendo? —habló Carlos. —Exacto, Carlos, “estábamos”, o sea, tiempo pasado. —¿Y por qué ya no?¿Qué pasó? —No quiero hablar de eso. —Tú, amiga, necesitas un trago. —¡Iugh! ¡No, qué asco! ¡Sabes que no tomo! —exclamé—. Además, no es el fin del mundo, estaré bien. —¿Cómo qué no? —preguntó asombrada—. Cariño, vamos a terminar el semestre y tú no puedes estar soltera. —Me gradué en desamores, cariño. —¿Eso qué significa? —Que venga quien venga, soy un desastre para el amor. Ellos rieron. —No veo lo gracioso. Pero es como si no hubiese hablado, porque ellos seguían riendo. Les miré en silencio, esperando que en algún momento se percataran de que estaba hablando en serio. Y lo hicieron, aunque un poco tarde. —Ok, ya no más risas —habló Carlos. Pero sabía que ambos estaban reprimiendo las carcajadas. Esos dos eran los peores en cuanto a bullying, ¿qué cómo lo sé? ¡Porque lo he vivido! ¡Son mis mejores amigos! Y esto son los amigos que yo me gasto.  Cuando finalizó la clase, esperé que todos salieran del aula. Obviamente Carlos y Bárbara me esperarían. Y ese fue el momento perfecto para matarlos, en el sentido literal de la palabra. —Gracias, en serio chicos. —¿Y ahora qué hicimos? —¿En serio, Carlos? ¿De verdad lo preguntas? —Mariale, no seas picada, por favor, ¡solo estábamos bromeando! —Sí, es lo que mejor saben hacer cuando se trata de mí. —Ay, ya, deja los dramas, mujer, pareces actriz de telenovela —reprochó mi amiga. Las dos últimas clases fueron lentas. Fue tanto así que ya me estaba durmiendo. Yo amaba estudiar, de verdad, pero con profesoras como la de Cálculo IV, no era tan fácil. Créanme que no lo era. Y para evitar dormirme, comencé a hacer garabatos en la última página de mi libreta. Típico. —Señorita Castellanos, ¿podría tener su atención? —habló la profesora. Exaltada, le miré—. ¿Puede pasar al pizarrón a resolver el ejercicio? Todos, absolutamente todos mis compañeros me miraban. ¡Dios, no! ¡Eso sí que no! —Señorita, Castellanos, ¿no escuchó lo que le dije? Venga ahora mismo si no quiere que la suspenda de mi clase. ¡Eso te pasa por andar haciendo garabatos! ¡Pon más atención la última vez! ¡Ve, antes de que te suspendan, no querrás que tu madre se entere de esto! Mi madre. Me había olvidado por completo de que todos en la universidad, conocían a mi madre. No quería ganarme otro sermón, menos si quería ir a la fiesta del viernes. —Claro, claro —dije. Como pude me levanté del mesón y me dirigí al frente. Sentía las miradas de cada uno sobre mi espalda. Para desgracia de muchos, y sorpresa mía, pude resolver el ejercicio antes que sonara el timbre de salida. —Tuviste suerte, Marialejandra. Para la próxima, presta más atención por favor —me dijo la profesora. Asentí, avergonzada y salí del salón con mis compañeros. —¿Qué fue eso? —me preguntó Bárbara. —No tengo idea, pero debo prestar más atención. Mamá se enterará de esto y no quiero más problemas. —No sabía que estabas teniendo problemas con cálculo —escuché decir, y no pude evitar sentir la corriente de electricidad en mi cuerpo. —Miguel…—murmuré. —Te esperamos en el auto, Mar —dijo Bárbara, llevándose a Carlos por el brazo. La cosa está así, ellos dos se gustan, pero son demasiado tímidos para darse cuenta y decírselo. Creo que alguien tendrá que actuar de cupido para unirlos de una vez por todas. En cuanto a Miguel… Bien, él es mi ex novio. Aún me gusta, no puedo negarlo. Mis amigos me han dicho que él todavía me quiere, y hemos intentado seguir saliendo… Pero conociendo a mi madre… No será la mejor cosa que haga en toda la vida. —¿Qué haces aquí? Creí que tu última clase ya había acabado, yo… —Te sabes mi horario, ¿eh? Debería denunciarte por acosadora. —No seas tonto —él sonrió—. ¿Qué estás haciendo aquí? Yo te hacía en tu casa. —Quisiera que habláramos, Marialejandra. —¿Hablar? ¿Sobre qué? —Primero me gustaría proponerte algo —le miré confundida—. No te asustes, no es nada del otro mundo. —Bien, ¿entonces qué es? —Ser tu profesor de matemáticas, te daría clases particulares. —¿De verdad harías eso por mí? —pregunté asombrada. —Claro que sí, eso y mucho más. —Bien, entonces acepto la propuesta —sonreí, y él me imitó enseguida. —Bueno, podríamos empezar mañana mismo, si quieres, claro. —C-cla-claro —tartamudeé. —Bueno, podría llevarte a tu casa, si no te molesta —me dijo. —No, claro que no —respondí—. Deja le escribo a los chicos. Escribí algo breve y claro para mandárselo a los chicos. Siempre lo hacía así. Marialejandra: Me iré con Miguel, sigan ustedes adelante. No se preocupen, estaré bien. Caminé con Miguel hacia el estacionamiento —cosa que no hacía hace bastante tiempo, bueno realmente, hace dos semanas—, y cuando llegamos a su auto, nos detuvimos. Tomó mi cintura y comenzó a besarme. No dudé en responderle. Aun le quería. —Lo… Yo…Lo siento mucho, no debí hacer eso —se disculpó. Parecía apenado. —No hay problema —mascullé. Subimos al auto para dirigirnos a mi casa. Y cuando llegamos, tocó el nervio más débil de mí ser. —La verdad, estaba esperando que salieras porque quisiera hablar contigo…sobre nosotros. —¿Nosotros? Ya no hay un nosotros, Miguel, tú lo arruinaste y —. —Fui un idiota, lo admito. —Me interrumpió como de costumbre—. Escucha, Mari, yo no debí engañarte de esa manera. Te oculté muchas cosas de mi vida. Por supuesto, debes estar molesta conmigo, lo comprendo. Pero estoy aquí, pidiendo tu perdón, porque aun te quiero. —No, Miguel, lo siento —murmuré, no podía permitir que me hiciera más daño. Bajó la mirada, y luego me miró.  —¿Hay alguien más? —preguntó. —No, no hay nadie, por ahora. —¿Entonces porque no podemos estar juntos? ¿Por qué no darme la última oportunidad? —No puedo, Miguel, sería muy masoquista de mi parte. —Yo simplemente no podría perderte, Mariale, tú eres mi chica…—aquello me calentó el cuerpo. —No, Miguel, ya no soy tu chica —respondí y me bajé—. Adiós.
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