2. ¡Déjenme ser, caray!

2055 Words
—¡Mamá! ¡Ya llegué! —grité pero nadie respondió. Ok, eso era el doble de extraño—.  ¡Mami! ¿Dónde estás?¡Ya llegué! Y de nuevo, se pronunció un silencio demasiado incómodo. Dejé mi bolso en el comedor, y entré a la cocina para encontrarme con una nota de mi madre: Hija, tuve que salir a resolver un inconveniente en la empresa. Te he guardado macarronada con pollo y albóndigas. Ah, y en el refrigerador está la Pepsi. De merienda, el toddy que está en la parte baja del refrigerador y el pan de Tunja que está sobre la mesa. Cuídate mucho. Cero imprudencias ni desastres, por favor. ¿Imprudencias? ¿Pero qué significaba eso? Yo era una muchacha muy prudente. Pero esa frase era muy común de ella. Era una madre, por Dios, siempre va a estar exigiendo prudencia y buen comportamiento. Oh, eso me recordaba algo… Miguel. Menos mal mi madre no estaba en casa, porque de estarlo, le habría dado un paro cardiaco al saber que mi ex novio me llevó a la casa. Como dije, no quería otro sermón. No me convenía si quería ir realmente a la fiesta del viernes. Mi móvil sonó, había recibido un mensaje. Espero no haberte causado problemas con tu madre, querida. Nos vemos mañana para la primera sesión. –Miguel. Dejé el móvil sobre la barra, para ocuparme de mi almuerzo. Calenté todo tal cual me había enseñado mi madre a los diecisiete años. Y luego de aquel tedioso proceso, me concentré en comer. ¡Dios! ¡Mi madre debía enseñarme a hacer esta macarronada! ¡Era deliciosa! Al finalizar, me tumbé en el sofá a ver televisión. De inmediato coloqué Mtv, y por suerte – aunque no creo en ella – estaban pasando mi programa favorito: Catfish: Mentiras en la red. Con esa serie, que en realidad era como una especie de documental, había aprendido mucho sobre las relaciones por internet. De pronto, el timbre de la casa comenzó a sonar. —¿En serio? ¿Ya no puedo siquiera ver televisión tranquila? Me levanté, perezosa, y abrí la puerta. Eran mis dos mejores amigos, Carlos y Bárbara, por supuesto. —¿Qué hacen aquí? —pregunté. —Oh, Barbie quiso que viniéramos a molestar a nuestra mejor amiga, o sea, a ti. —Qué lindo gesto, chicos, pero mamá no está. —Eso lo sabemos, digo, ninguno de los dos autos está y… Cerré la puerta y Bárbara me tomó del brazo, arrastrándome, literalmente hacia el sofá: —¿Por qué no mejor me cuentas lo que pasó con Drake cuando salieron de la universidad? —No fue importante —mentí. —¿No quieres contarnos? —preguntó Carlos, saliendo de la cocina con dos vasos de Pepsi. Se sentó luego de entregarle uno a mi mejor amiga. —No es eso, solo que realmente no fue importante. —¿Me ves cara de estúpida, Marialejandra? —habló Bárbara. Estaba molesta, ella solía llamarme por mi nombre completo cuando se molestaba conmigo. —¿Pero qué rayos les pasa a ustedes dos? —A ver, chiquilla —dijo Carlos—, los vimos besarse, ¿Okay? Ok, eso no lo esperaba. —Así que por favor, cuéntanos todo lo que sucedió —añadió. —Somos tus mejores amigos, ¿no? —Claro, claro que lo son —respondí. —¿Y por qué diablos no confías en nosotros? —Les contaré, pero antes debo decirles que sí confío en ustedes, solo no quiero darle mucha importancia al asunto —ambos suspiraron. Les conté lo que sucedió desde el beso hasta que llegamos a la casa y lo del mensaje, por supuesto. Mis amigos parecían haber entrado en shock. —Detente ahí, ¿cómo que “nos vemos mañana para la sesión de matemática”? —Él será mi profesor particular, les acabo de decir. —Oh, cierto, entonces hay un acercamiento… —No, no hay ningún acercamiento. Solo serán clases individuales —expliqué—, así que por favor, ni se les ocurra mencionarlo delante de mi madre, o juro que les quito el habla por lo que nos queda de carrera. —Lo prometo —dijeron los dos. —¿Y Sandra dónde está? —preguntó Bárbara. —Resolviendo un asunto de la empresa —respondí, ella asintió. Cuando terminamos de ver el programa, nos sentamos en el comedor a estudiar para el examen de Sistemas y Procedimientos Generales. Por supuesto que era más fácil hacerlo cuando estaba en grupo, pero sola…¡Era la peor pesadilla! Aunque le pedía ayuda a mi madre, de vez en cuando, realmente había temas que para mí, eran letras chinas, árabes… Todo menos español. Salvo la teoría, claro. —¿Se quedarán a cenar? —les pregunté cuando hubo terminado la sesión de estudio. —No, no que pena, tu madre debe cocinar para ti, tus hermanos y tu padre —habló mi amiga. —No, no, Jesús y Gabriel están en casa de mi tía, así que pueden quedarse a cenar con nosotros. —Bueno, está bien. —¡Yeeeeei! ¡Cena en casa de Mariale! —chilló Carlos. —Ya bajale, Carlos, tampoco es la gran cosa. —Si eres aguafiestas —masculló. —¿Segura que eres venezolana, amiga? No pude evitar reírme ante aquel comentario. Inhalé antes de hablar: —Por supuesto que soy venezolana.   —Oh, bueno, es que a veces hablas como las mexicanas de “rebelde”. —¿Rebelde? ¿En serio, Barbie? —Lo siento, pero es que es la verdad. Mis padres llegaron justo cuando iba a responderle a mi amiga. Saludaron a mis amigos mientras dejaban todo sobre la mesa. Y cuando digo “todo” me refiero al tremendo mercado que hicieron. —Te trajimos tus postres favoritos, Mariale. —¿En serio? ¡A ver! ¡Yo quiero comer algo! —No, señorita, si comerás dulces será después de la cena, ¿qué te he dicho sobre eso? —Está bien, mamá —repliqué. —¿Los llevo a casa chicos? —preguntó mi padre. —No, no, señor Antonio, no se preocupe, nosotros…Yo cargo el auto de mi padre. —¿Manejas? —preguntó asombrado, mi amigo asintió—. Qué bueno, un chico casi independiente. —Esto…Papá, mamá, los chicos cenarán con nosotros. —Oh, eso cambia todo, creí que me esperaban para llevarles a sus casas —ellos sonrieron. Mi madre preparó panqueques para la cena, con sirope de chocolate.   Chocolate… ¡Rayos, olvidé la merienda! —¿Qué hacían cuando llegamos? —preguntó mamá. —Oh, acabábamos de terminar de estudiar —habló Carlos. —¿Qué estudiaban? —Teoría de sistemas, para el examen del viernes —respondí. —Me parece muy bien —afirmó mi padre, con una ancha sonrisa en su rostro. Olvidé decirles que mis padres son muy quisquillosos con el tema de mis estudios. Solo por tres razones: 1- Soy la mayor de mis hermanos, por lo que debo ser ejemplo para ellos. 2- Pertenezco al cuadro de honor de la universidad. 3- Ellos sueñan, y yo también, con verme graduándome de blanco. ¿De blanco? Sí, de blanco, o sea, la toga y el birrete de color blanco. Porque eso significa graduarse con honores o algo parecido. Y tanto ellos como yo, tenemos ese sueño en común. —Creo que ya deberíamos irnos —comentó Bárbara, se hará tarde. —Sí, es verdad, además mañana hay clases —respondí—. Si fuese viernes o un fin de semana, les diría que se queden. —No hay problema, cariño. Les acompañé hasta la entrada para luego despedirnos: —Nos vemos mañana, chicos. —Hasta mañana, Mar. Cerré la puerta y caminé hacia mi habitación, cuando de repente, sucedió. —¿Marialejandra? La expresión de mi madre era Giré sobre mis talones y les miré, tratando de actuar lo más natural posible. —¿Sí? —pregunté. —¿Tienes planes para este fin de semana? —habló mi padre. —La verdad es que —recordé la fiesta del viernes pero no iba a decirlo, no quería otra reprimenda de mi madre—, no. No tengo ninguno en especial. Mi madre, quien me miraba fijamente, murmuró: —¿Segura? —Sí, digo, todo está bien —me apresuré a decir—. Aunque la verdad me gustaría ir a…—me quedé callada cuando reconocí sus miradas. Ambos estaban muy extraños, nunca se habían comportado así. Por lo que me atreví a preguntarles: —¿Qué planean ustedes dos? —Hablábamos del viaje a París —Contestó mi madre, sonriente. —Ya sacamos los boletos, nos vamos en cinco días. —¡Genial! —Sonreí feliz. Mis padres se miraron. —¿Que más hay? —Conocía esa mirada. —¿Que dices princesa?¿A que te refieres? —Respondió mi madre, nerviosa. —A que los conozco y sé que hay algo más —espeté—. Escúpanlo. —Bueno, Marialejandra…—comenzó a decir mi padre—, no solo iremos de vacaciones, yo tengo trabajo allá y tu madre también. —Perfecto —Dije irónica—. Mis únicas vacaciones junto a ustedes están completamente arruinadas y por culpa de sus trabajos. ¡Felicidades! —Fingí una sonrisa. Me iban a contestar pero yo no los dejé y subí corriendo a mi cuarto. Cerré la puerta con llave. Me acosté en mi cama y me puse a llorar. ¿Es que acaso no tienen tiempo para mí? Siempre están tan ocupados. De tanto llorar mis ojos se cerraron y me quede dormida. A la mañana siguiente, me desperté con la alarma de mi celular. Me duché rápidamente y me vestí para luego bajar. Traté de actuar natural, juro que lo intenté. Pero no pude. Mi padre me dirigió una mirada sonriente y arrepentida al mismo tiempo. —Buenos días, hija querida. —Buen día —me limité a contestar. —Marialejandra, hija, tenemos que hablar. —¿Hablar? ¿De qué, papá? —Lo de anoche, nosotros…Te pedimos disculpas, sabíamos que era incorrecto aceptar las ofertas de trabajo, pero, por Dios, las ganancias iban a ser el triple de las que obtenemos en nuestras empresas. —No hay problema, papá —repliqué—. Ya las aceptaron, no hay marcha atrás. —No, si la hay, solo si tú de verdad quieres quedarte. —¿Dejarían eso por mí? ¡No lo creo! ¡Ustedes nunca piensan en mí! —chillé. —Mari… —No, mamá, mari nada. Estoy cansada de que siempre sea igual. Siempre sus trabajos por encima de mí que soy su única hija, su princesa. —¿Pero cariño, que te sucede? —Ustedes, mamá, ustedes me suceden. Siempre el trabajo antes que su hija ¿verdad? Genial, quédense con sus queridos trabajos y déjenme en paz —Dicho eso, tomé mis llaves de la casa junto con mi mochila y me dirigí hacia la parada del bus. Una vez llegué a la universidad, Barbie me recibió con una cara de sorpresa. Carlos apareció justo al momento que llegué.  —Okay, esto sí es raro —comentó Bárbara al verme entrar—. ¿Te viniste transporte público? —Sí, porque... Porque sí, porque me dio la gana —respondí—. ¡Déjenme ser feliz, caray! Ella no respondió. —Lo siento, Barbie, he empezado mal el día. Torció el gesto y me abrazó. —Siempre puedes contarme lo que te sucede, ¿recuerdas? Somos las mejores amigas. —Gracias, Barbie, pero realmente no quiero hablar de eso. —Cuando estés lista, lo escupes —reí. —Vale. Déjame decirte una cosa, Barbie nunca te presiona para que le cuentes algo que te duele. Ella es así, solo espera que estés lista para contarlo y te escuchará fiel y atentamente. Por eso y más, ella era mi mejor amiga. Cuando hubo terminado la primera clase del día, nos dirigimos al cafetín. Compré algo ligero pues no tenía apetito. Nos sentamos en uno de los mesones y comencé a comer. Sentía ya el nudo en la garganta, impidiéndome pronunciar alguna palabra. 
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