—¿Qué tanto haces, Marialejandra? ¿Por qué no has probado siquiera un bocado? —habló Carlos, con sincera preocupación.
—No tengo hambre —contesté con desgana, la discusión con mis papás me bajó los ánimos al suelo.
—¿No nos contarás lo que tiene tan mal? —preguntó antes de morder una manzana. Les miré y luego solté un suspiro antes de hablar—. Mari, ¿qué pasa?
—¿Recuerdan que les hablé de un viaje a París? —Ambos asintieron con la cabeza—. Bueno, resulta que no será un viaje de vacaciones como lo pintaron al principio.
—No entiendo, ¿cómo que no será un viaje de vacaciones? —murmuró Barbie.
—Yo sí —habló Carlos, quien parecía estar más molesto que yo—. No sé porque no me sorprende lo que hicieron. ¿Y que harás, Mariale? ¿Te vas a mudar?
—No lo sé, la verdad es que no sé que hacer. —confesé, estaba devastada y no podía ocultarlo por más que quisiera—. La cosa es que esta mañana discutí con ellos por eso, porque aceptaron las ofertas de trabajo cuando se supone que solo era un viaje de vacaciones. Podían hablar de trabajo en cualquier otro momento, ¿pero justo para esta semana? Eso es lo que me molesta de ellos. Siempre ponen de primero el bendito trabajo.
—Tranquila amiga, ya sabrás que hacer.
—Espero que sea así, no quiero irme de aquí —murmuré—. El solo pensarlo me da migraña.
—Vayamos a clases, ya casi es hora de Matemáticas.
Gemí al escuchar aquello.
¿Por qué se supone que estaba estudiando Contaduría Pública si odiaba los números?
¿No que querías ser igual que tu madre?
¡Oh! ¡Eso es cierto!
¡Es por eso que la estudias! ¡Duh!
¿Alguna vez se bucearon a un profesor en la universidad? Porque yo sí, y espero no quedar como una alumna sádica. Pero si lo vieran, podrían comprenderme a la perfección. El tipo realmente estaba bueno, y yo seguramente no era la única que babeaba sobre su mesón cuando le veía llegar. Realmente no lo era.
—Y bien, chicos, espero se estén preparando para el último parcial del semestre. Será este viernes en la última hora.
Guardé todo en mi bolso para salir con los chicos que me esperaban.
—Señorita Castellanos, ¿puede venir un momento?
Aquello me tomó desprevenida.
Actúa normal, Mariale, actúa normal.
—Claro, profesor —me acerqué a su escritorio y le miré.
—Estaba revisando tu carpeta y debo decirte que has mejorado notablemente en matemáticas, sin embargo, tienes algunas fallan que yo sé que puedes mejorar si te lo propones —me dijo sonriente—. No lo tomes como un regaño sino como consejo.
—Gracias profesor, pero, ¿podría decime las fallas? Para trabajar en ello y no repetirlas.
—Claro, siéntate aquí, y te iré explicando cada una —él miró hacia la puerta, percatándose de que mis amigos me esperaban—. Oh, chicos, creo que hoy tendrán que irse sin Marialejandra —les dijo—. La verdad, me interesa que sepa en que está fallando y pueda mejorar.
—No hay problema, te esperaremos Mariale —asentí.
No podía evitar sentirme intimidada cada que el profesor Méndez me miraba. Debo confesar que en ocasiones me perdía en su bella mirada. Aquellos ojos azules tan profundos como el mar… Y esos labios…¡Dios! ¡Estaba tan besable!
¡ Marialejandra, concentrate! ¡Enfocate en matemáticas!
Me regañé mentalmente por pensar en él de esa manera, aunque la voz que escuché parecía más la de mi madre. Ya la imaginaba gritándome que debía enfocarme en mis estudios.
Mi madre…Ella era tan especial.
Dios quiera y no se entere de mis clases particulares con Miguel.
—¿Me estás prestando atención? —me preguntó el profesor, sacándome de la nube de mis pensamientos.
—¿Perdón?
—Marialejandra, esto es importante —recalcó la última palabra—. Lo sabes, ¿verdad?
—Sí, profesor, disculpe —respondí apenada—. Hoy no he tenido un gran día que digamos.
—No hay problema, linda, pero necesito que prestes más atención. Este viernes es el último parcial y es el que mayor peso tiene en la calificación final.
—Voy a estudiar bastante, profesor. Y aprobaré el examen, lo prometo.
Él sonrió a medias.
—¿Ya me puedo ir? —asintió. Tomé mis cosas nuevamente para salir del salón, pero me llamó de nuevo. Me giré para verle.
—¿Todos esperan demasiado de ti, cierto? —preguntó.
—¿Por qué me pregunta eso?
—Porque veo que te exiges demasiado a ti misma, y te estresas si no apruebas alguna evaluación o no sacas la máxima nota.
Suspiré.
—Mis padres son muy quisquillosos con eso, quieren que sea la mejor, la primera en todo.
—¿Y tú no les has dicho cuanto te molesta eso?
—No me gusta llevarles la contraria, la verdad.
—¿Te podría dar un consejo? —asentí—. Exprésales lo que sientes al respecto, o terminarás con una espina por ello.
—¿Cómo así?
—El estrés enferma y mucho, no te imaginas las consecuencias de ello, y si llegases a enfermar —tragué saliva—, les culparás a ellos por haberte exigido tanto, y a ti misma por no expresarles que eso te molestaba.
Mis ojos se abrieron de par en par, sorprendidos: —¡Guao! Nunca me imaginé escuchar esas palabras por parte de un profesor.
—Yo también lo viví, por eso te digo que lo mejor es que les digas lo que sientes.
—Lo haré —sonreí y él me imitó—. Hasta luego, profesor, y gracias.
—No es nada, nos vemos el viernes —me respondió.
Salí en busca de los chicos, pero no les encontré. Parecía estúpida dándole vueltas al estacionamiento. Ellos se habían ido, me habían dejado sola. Y no se los dejaría pasar.