Suzie había hecho un gran esfuerzo con el inventario, pero a media mañana la falta de sueño, comida real y los efectos de la gran noche anterior conspiraron contra ella y se subió a la parte trasera de su auto y cerró los ojos.
Sintió que apenas había cerrado los ojos un minuto cuando su teléfono empezó a vibrar insistentemente contra sus pechos. Rodando hacia su espalda, con un suspiro, lo sacó del sujetador y lo miró. El chico de esa mañana había estado intentando llamarla por f*******: Messenger, y ella gimió. Soltó el teléfono, se dio la vuelta y volvió a cerrar los ojos. Solo necesitaba una siesta de diez minutos y estaría bien.
Cuando despertó, el coche estaba completamente oscuro y entró en pánico. ¡Joder, qué hora es! No pude haber dormido en todo el día. Buscó a tientas su teléfono, el resplandor que iluminaba el interior del viejo coche. Solo había dormido una hora, y miró por las ventanas y se dio cuenta de que alguien había puesto una funda al coche. Si lo hubiera pensado un minuto, su padre no la habría dejado allí esa noche.
—Qué gracioso, papá —gimió al teléfono—. Ya puedes venir y dejarme salir.
Su risa en respuesta fue suficiente para que dejara de prestarle atención mientras la llamaba «inocente» por segunda vez esa mañana.
Se inclinó hacia adelante, mirando por el retrovisor. Su mata de rizos enredados estaba completamente despeinada, como siempre, así que buscó una goma para el pelo y se recogió el cabello en un moño despeinado. Si Quade la viera ahora, apostaría a que no seguiría enviándole mensajes. Suspiró y le sacó la lengua con rudeza a Douggy, que estaba ayudando a su padre a sacar la pesada lona opaca del coche.
—¿Qué? —se quejó su padre mientras ella bajaba del coche, lanzándole una mirada asesina—. Solo es una diversión, Suzie-pop.
Le dijo con una sonrisa, usando su nombre de la infancia. Regresó a la recepción del negocio sin mirar atrás y cogió su portapapeles.
—¿Te sientes mejor? —preguntó Molly, la recepcionista, al entrar al almacén.
—Muchas gracias —le devolvió Suzie la sonrisa—. Era difícil no querer a Molly. Era una mujer genuinamente amable y bondadosa que parecía preocuparse mucho por su padre y el negocio—. ¿Y cómo vamos?
—Si quieres empezar con las pastillas de freno de allá, seguiré por aquí —sugirió—. Si no quieres hacer esto, puedo empezar con ese lote.
—Sabes que está bien decirme qué hacer —rió Suzie—. Tú eres quien tiene que trabajar aquí todos los días mientras yo solo entro y salgo de vez en cuando.
—Tenemos que trabajar juntas, así que más vale que ambas estemos contentas —dijo con suavidad y volvió al trabajo, dejando a Suzie al otro lado del almacén. Trabajaron una hora más o menos antes de que los interrumpieran.
—Voy a buscar comida. ¿Alguien quiere algo? —cantó Douggy desde la puerta de la habitación donde trabajaban las chicas.
—Sí, dame algo que engorde y sea muy malo para mí —cantó Suzie—. Lo que sea que coma papá está bien.
—Una ensalada César y un té helado light —dijo Douggy riendo mientras ella lo miraba con asombro—. Sí, tu mamá lo tiene a dieta estricta por el colesterol.
—Dios mío —Suzie estaba horrorizada—. ¿Me traes una hamburguesa con tocino y huevo? Me salté el desayuno y necesito algo más sustancioso que una ensalada. Unas papas fritas y una Coca-Cola también estarían bien.
—Un infarto en un plato —rió Douggy entre dientes—. ¿Quieres un pastel o un hojaldre de postre?
—Oh, eso sería fabuloso —sonrió—, pero sólo si es fresco.
—Estoy bien, Douggy —sonrió Molly—. He puesto mi billetera a dieta, así que traje la mía de casa.
Rió levemente y volvió al trabajo.
—Está bien, vuelvo en un rato —salió hacia su auto y se fue calle abajo.
—Bueno, ya casi hemos terminado. Puedes irte después de comer si quieres y terminamos la semana que viene —dijo Molly dejando el portapapeles y lavándose las manos—. Tengo que ponerme al día con el trabajo de la oficina esta tarde.
—Sí, vale —asintió Suzie con naturalidad—. Terminaré esta sección antes de que vuelva Douggy.
—Gracias —sonrió Molly y se dirigió a recepción.
El teléfono de Suzie volvió a vibrar en su bolsillo, y lo ignoró. El tipo era persistente y lo consideraba casi un acosador. Era guapo y sabía muy bien por qué lo había llevado a casa la noche anterior, pero aparte de eso, no sabía nada de él, salvo que le gustaba su banda y tenía alguna conexión con uno de los chicos. Era un viejo amigo del colegio o algo así. El sexo había sido genial, urgente y brusco, pura atracción química en lugar de emociones más suaves. Era el mundo en el que había elegido vivir. El estilo de vida del rock and roll, como decía su madre todo el tiempo.
Podía oír la voz de su madre en su mente sermoneándola sobre crecer y conseguir un trabajo decente. Le decía que su belleza se desvanecería junto con su voz y que se quedaría sin nada si no se esforzaba por perfeccionar su talento y conseguir un trabajo de verdad. Su padre estaba en el extremo opuesto, siempre esperando la noticia de que su banda había conseguido su gran oportunidad, sugiriendo que se postularan para esos concursos de talentos de televisión donde los ganadores consiguen contratos discográficos. Sus padres eran completamente opuestos, y aun así se adoraban. Suzie nunca lo entendió y desde pequeña decidió que, cuando se separaran, viviría con su padre. El problema era que nunca discutieron, y mucho menos hablaron de separarse, para su disgusto.
Oyó el V8 devorador de gasolina de Douggy regresar y entrar en el pequeño estacionamiento frente al negocio, y dejó caer su portapapeles con un suspiro. —Comida, gloriosa comida —canturreó para sí misma mientras iba a lavarse las manos.
—Ven a comer —llamó su padre desde recepción.
—Alto ahí —gritó—. No a todos nos gusta el sabor del polvo y la grasa en nuestra comida.
Se rió.
—¿Decías? —le levantó la hamburguesa grande y grasienta mientras ella entraba al pequeño comedor junto a la recepción. Ella gruñó y se sentó, arrebatándole la hamburguesa. La observó desenvolverla y darle un buen mordisco, con la salsa y la grasa goteando sobre sus dedos—. ¿Planes para el fin de semana? —preguntó.
—No me he olvidado de la cena de cumpleaños de mamá —puso los ojos en blanco.
—No lo creías —dijo con inocencia—. ¿No surgió ningún concierto entonces?
—Todavía no —bromeó, sabiendo que su padre llevaba tiempo planeando esta sorpresa—. No te preocupes, papá, los chicos no están disponibles. Estaré allí el domingo, llueva, truene o truene.
Una campana avisó que alguien entraba en recepción y Molly se levantó de un salto y corrió a la recepción. Regresó unos minutos después diciendo que un chico guapo venía a ver a Suzie. Frunciendo el ceño, Suzie dejó la hamburguesa y se limpió las manos antes de levantarse y dirigirse a la recepción. Vio a Quade allí de pie mientras se acercaba a la puerta. Llevaba toda la mañana intentando contactarla, y pensó que era persistente, pero seguirla al trabajo era acoso, así que respiró hondo, lista para decirle lo que pensaba.
—Ya lo sé —levantó las manos en señal de rendición—. Harry y Eks me obligaron a venir a buscarte porque no contestas el teléfono y están grabando.
—Qué bien, pero ya he caído en suficientes bromas por hoy —Suzie se cruzó de brazos y lo miró fijamente—. ¿Qué más tienes? ¿Eso es todo?
—Así que oíste que la emisora no se quemó —rió, genuinamente divertido por su suposición—. Aun así, estuvo genial que aparecieran todas esas bandas. Parece que llevan tiempo planeándolo y tomaron los nombres de las bandas y un demo si estaba disponible. La emisora va a organizar una batalla de bandas.
—Eso es genial, pero no estábamos allí para meternos en la pelea —dijo manteniendo su postura de desaprobación.
—No, pero sí lo fue, así que presenté un vídeo de tu concierto anoche y les encantó, así que te apuntas —dijo con orgullo al notar la consternación en su rostro—. Esta sería la ocasión perfecta para darme las gracias. Besarme, decirme que era tu héroe. A estas alturas, incluso un apretón de manos sería bienvenido.
—Es una linda historia, pero si estás tratando de meterte en mis pantalones ese barco ya zarpó, ¿recuerdas? —dijo secamente.
—Sí, no me importaría repetirlo —rió entre dientes—. Eres una mujer salvaje.
Miró por encima del hombro, y como era de esperar, su padre y Douggy estaban escuchando a escondidas.
—No estoy segura de que eso sea algo que mi padre necesitara escuchar —sonrió mientras lo observaba buscar rápidamente al hombre a su alrededor.
—Me pillaste —rio hasta que vio al hombre mayor entrar por la puerta de recepción—. Entonces, atónito, los miró a ambos.
—¿Cómo llamaste a mi hija? —gruñó amenazante.
—Oh, mierda, lo siento, no me había dado cuenta, o sea... un placer conocerlo, señor —Quade recuperó la compostura rápidamente. Extendió la mano—. Quade Armstrong.
—Je, señor. Me cae bien este chico, Suzie-pop —rió entre dientes y le estrechó la mano—. Bob Mackey. ¿Qué decías de mi hija? —preguntó, recuperando el gruñido en la voz, que se vio arruinado por la risa en sus ojos.