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Entre la ley y El Fuego

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En una ciudad fronteriza donde la justicia se compra y la lealtad se quema, Lucía “La Fiera” Montoya es una bandida legendaria: audaz, inteligente y marcada por un pasado que la empujó fuera de la ley. Al frente del operativo para capturarla está el comandante Daniel Reyes, un policía incorruptible cuya carrera y principios se ven puestos a prueba cuando sus caminos se cruzan más allá del deber. Un encuentro fortuito en medio de una redada fallida enciende una tensión peligrosa entre ambos. Mientras Lucía lucha por proteger a los suyos y escapar de un sistema que nunca le dio opciones, Daniel descubre que la línea entre el bien y el mal no es tan clara como creía. Entre persecuciones, traiciones y secretos enterrados, surge un romance imposible que amenaza con consumirlo todo. Atrapados entre la ley y el fuego, deberán decidir si el amor es suficiente para romper cadenas, o si el destino exige un sacrificio final donde solo uno puede sobrevivir sin perder el alma.

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Entre la ley y El Fuego
CAPITULO 1: La noche en que ardió la Ciudad La noche cayó espesa sobre la ciudad fronteriza, como si el cielo hubiera decidido ocultar lo que estaba a punto de ocurrir. El aire estaba cargado de polvo, papeles viejos, electricidad contenida, y el eco de una sirena lejana. Desde el edificio Lucía Montoya observaba el horizonte de luces pobres y promesas rotas. Mientras avanzaba por la azotea con pasos medidos, contando respiraciones, escuchando más allá del ruido. Había aprendido a leer la noche como otros leen mapas: Cada sombra tenía intención, cada silencio escondía una trampa. La ciudad nunca dormía del todo; simplemente aprendía a cerrar un ojo. Abajo, el almacén parecía dormido. Demaciado dormido. Lucía ajustó la capucha de su chamarra negra, y cubriéndose el rostro con cubrebocas oscuro, revisó el reloj. Todo debía haber terminado diez minutos antes. El camión ya tendría que haber salido. Demasiado silencio. Demasiada calma. —Algo está mal — murmuró. No necesitaba confirmarlo. Su cuerpo ya lo sabía. Desde hacía años, el miedo se había transformado en una voz interna y precisa, casi científica. Aprendió a escucharla cuando la vida dejó de darle segundas oportunidades. No era paranoia. Era instinto, Y el instinto rara vez fallaba. Recordó, sin querer aquella vez que robó. No fue por ambición ni por adrenalina. Fue en un hospital, frente a un escritorio de vidrio donde una mujer de uñas perfectas le explicó que la cirugía de su madre no podía esperar...ni ser gratuita. Aquella noche entendió que la ley no siempre estaba del lado correcto del mostrador. Un destello azul cortó sus pensamientos. Luego otro. Las sirenas estallaron con un grito colectivo. —Nos vendieron dijo,— esta vez en voz alta. El operativo cayó con precisión militar. Demasiada. Lucía corrío. No hacia el pánico, sino hacia la salida que había planeado usar solo en caso de traición. Saltó desde la azotea con el cuerpo tenso, cayendo sobre una escalera de incendios que crujió bajo su peso. Abajo, los gritos se mezclaban con órdenes cortas, secas. —¡Objetivo visual! —se oyó por radio. —¡objetivo en movimiento!— gritó una voz por radio. En la calle, el comandante Daniel Reyes observaba la escena con el ceño fruncido. Había liderado decenas de operativos, pero ninguno le había dejado esa sensación incomoda en el pecho. Todo estaba saliendo demasiado bien... excepto ella. —Mantengan posiciones —ordenó —. Nadie dispare sin mi autorización. Cuando Lucía apareció en lo alto del edificio vecino, el mundo pareció detenerse un segundo. La luna la recortaba como una silueta viva. Ella se había quitado el cubrebocas oscuro y la capucha de su chamarra negra. No corría como alguien acorralado. Saltaba como quien ya ha aceptado el riesgo. Sus miradas se encontraron. Daniel no vio a una criminal. Vio cansancio, furia contenida y una determinación que reconoció de inmediato, porque también había vivido con ella. —No...—susurró, sin saber a quién. Lucía aprovechó el titubeo. Cayó rodó, se levantó. El impacto le robó el aire, pero no la voluntad. Se internó en el laberinto de callejones donde la ciudad se volvía cómplice. Detrás las botas resonaban cada vez más lejos. Cuando por fin se detuvo, apoyada contra el muro grafiteado, el corazón le golpeaba el pecho como si quisiera escapar primero. Cerró los ojos. No pensó en el dinero ni en la traición, ni siquiera en la próxima huida. Pensó en los ojos del hombre que había decidido no disparar. En otro punto de la ciudad, Daniel permanecía inmóvil, viendo cómo las luces se alejaban. —Se nos fue —dijo uno de sus hombres. Daniel asintió lentamente. Sí. Y por alguna razón que aún no entendía, no estaba seguro de querer atraparla. Daniel Reyes no recordaba la última vez que había llegado a casa con la sensación de haber fallado sin haber cometido un error. Cerró la puerta de su departamento y apoyó la frente contra la madera, respirando hondo, como si el aire pudiera acomodar las ideas que le golpeaban la cabeza. Afuera, la ciudad seguía su curso. Motores, voces lejanas, música filtrándose por alguna ventana. Todo normal. El departamento estaba impecable, casi impersonal. Muebles funcionales, colores neutros ningún objeto fuera de lugar. Todo impecable, El lugar era sobrio, ordenado hasta el exceso. Un reflejo exacto de la vida que había construido; líneas rectas, reglas claras nada fuera de su sitio. Orden, control, disciplina. En una repisa descansaban los reconocimientos oficiales, placas de agradecimiento, fotografías con mandos superiores estrechando su mano. Sonrientes, recortes de periódicos que hablaban de operativos exitosos. De párrafos felicitando su buen trabajo. Historias claras y limpias Esa noche, todo parecía ajeno. Daniel dejó las llaves sobre la mesa y se sirvió un vaso de agua que no bebió. Encendió la computadora y reprodujo nuevamente el vídeo del operativo, una y otra vez. Lo había visto ya varias veces, Avanzó retrocedió, pausó. Únicamente para volver a mirar con detenimiento a La Fiera. Aquella misteriosa mujer. Que en esa ocasión no tenía capucha negra. Aquella mujer que dejó descubierto su rostro sin cubrebocas. Quedando perplejo por esos ojos. Y por esa mirada que no podía sacar de su mente. Detuvo la imagen justo en el instante en que Lucía giraba el rostro. No había miedo en sus ojos. Tampoco sorpresa. Había algo peor: aceptación. Cómo si supiera que ese momento llegaría tarde o temprano, y aún así hubiera decidido seguir adelante. —¿Quién eres? murmuró Daniel, acercándose a la pantalla. El expediente oficial decía Lucía Montoya alias La Fiera. Delitos múltiples: robos agravados, asociación delictuosa, evasión de la justicia. Sin embargo, había demasiadas notas al margen. Demasiadas excepciones. Nunca joyerías. Nunca domicilios particulares. Nunca civiles heridos. Los objetivos siempre eran empresas con historiales turbios: constructoras fantasmas, importadoras ligadas al contrabando, financieras bajo investigación interna. Daniel había notado ese patrón desde el inicio. Lo había registrado, analizado y luego descartado. Porque no encajaba. Su teléfono vibró sobre la mesa. Un mensaje de su madre.

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