El aire fresco trajo promesas sencillas. Prepararon café en silencio, compartiendo miradas cómplices. El primer sorbo selló la noche que se iba y el día que llegaba. No celebraron, reconocieron. El amanecer dejó su hilo. Y ellos lo siguieron juntos. El día no llegó con golpes ni anuncios. Llegó con opciones mínimas, casi invisibles. Lucía dejó la taza en el fregadero sin lavarla de inmediato; Daniel decidió no mirar el teléfono durante un rato más. Esas fueron las primeras. —Después —dijo ella. —Después —repitió él. El sol avanzó por la casa, marcando territorios nuevos. La intimidad se adapto al día sin perderse: caminar juntos mientras cada quien hacía lo suyo, cruzarse en el pasillo y detenerse un segundo más de lo necesario. Hablaron de tareas simples. Qué comprar, a quién ver

