-Aquella noche, después de lo que te sucedió, las cosas no se dieron para sentarnos a hablar. Éramos muy chicos y tal vez no era el momento ni el lugar ni el tiempo para conversar.
Tal cual lo había pensado. Manuel estaba decidido a hablar, a contar lo que se atoraba con dolor en las cavernas de su garganta.
-Es así tocayo: “Las cosas ocurren cuando deben ocurrir, ni un segundo antes, ni un segundo después…”. -Tenés razón amigo. Esa es una sabia frase. Pero contame por favor, supliqué murmurante.
-Yo padecí lo mismo que vos Manuel, dijo regresando su mirada y clavándola en la mía.
Un témpano que parecía infinito me recorrió el alma y no me dejó aplicar un poco de disimulo a mi estampa estallada en miles de pedazos. Volvió su mirada a la naturaleza de fondo y prosiguió.
-Un hijo de puta se burló de mi inocencia en el mismo tiempo que aquel mal nacido se burlaba de la tuya. Por eso me sentí con el derecho y el deber de inmiscuirme en tu hogar aquella noche para darte el mejor consejo y para hacerte la vida un poco más llevadera y para que no pases por ésta perdido en el llanto día tras día y metiéndote un disparo en la boca finalmente para terminar con toda esta infamia de mierda.
Lloraba sin consuelo mientras vomitaba años de pena y martirio hechos una bola de fuego candente incrustado en lo más recóndito de su corazón. No tenía palabras para amortiguar, al menos, la desdicha de Manuel, destruido y acongojado, y quebrado sobremanera en el banco de piedra de la plaza central.
-Y acá me ves, liberado de las garras de esa bestia pero preso de esta voluptuosidad que convive conmigo cada segundo de mi existencia, que no me deja respirar, que no me deja dormir, que me obliga a matarme cada día más, que me quitó las esperanzas y la posibilidad de sentirme parte de un mundo que camina con total libertad e impunidad, mientras yo me desarmo día a día en este saco de adiposidad asquerosa.
Sus palabras me cortaban la sangre y me alejaban cada vez más de las exactas palabras que uno pudiere decir en estos momentos. Su dolor me enmudecía y me aplacaba definitivamente el aire en los pulmones, aprisionándolos con un par de manos gigantescas. -No te queda otra escapatoria amigo, me dijo mirando la naturaleza de mis ojos tristes.- Debes seguir por este camino como si se tratara de una condena impuesta porque el hijo de puta siempre va a estar al acecho esperando la posibilidad para atacar de nuevo.
Entonces supe que Manuel estaba en lo cierto y que sus consejos eran los más sabios del planeta, instándome a alejarlo de mi vida definitivamente con mi cuerpo deforme y cueste lo que cueste. Él se levantó del banco. Sus brazos quedaron como pegados y suspendidos a los costados de su cuerpo y se despidió.
-Me voy, hermano. Cuidate mucho. Y no te arrepientas de nada. Y recordá: Este enfermo sólo tiene los cañones apuntando a un solo objetivo: Vos.
Manuel desapareció entre los árboles de la plaza y se fue. ¿Dónde vivirá?
Para abril de mil novecientos noventa había ingresado a trabajar en una fábrica de café y especias que se instaló en Cucicaye, un pueblo algo fantasma que se hallaba unos veintiocho kilómetros al este del mío. Allí se ancló la empresa y, lejos de ser un fracaso – como se rumoreaba al principio – Antares (ese era el nombre de la fábrica), fue una de las apuestas más firmes en los últimos años en ese pueblo y en todos los de alrededor. En junio de ese año dejó de existir mi tía Coca, la mamá de Facundo, que ya hacía unos dos o tres años había agarrado sus cosas y se había mandado a mudar vaya a saber a dónde. El pueblo entero se agolpó en la casa de mi tía que vivía a unas veinte cuadras de la mía para darle la última despedida a una mujer adorada por todo el mundo. A mamá la desbastó la noticia porque con Coca eran carne y uña y era a la hermana de mi padre que mamá más quería y respetaba. Muchas veces pensé hasta el punto de hacerlo una sentencia, que la muerte de mi tía fue un gran punto de partida en la vida de mi madre. Y a pesar de no ser mi madrina ni mi mamá biológica se comportaba como tal y ahora que el tiempo transcurrió y que ya no pienso como un nene de once años descubro – hurgando y revolviendo las cosas – que toda la devoción y todo el amor que mi tía me dispensaba – más allá de hacerlo sinceramente y de corazón – lo hacía como una manera “sana” de brindarme el amor, el cariño y la dedicación que no pudo volcar con mi primo Facundo. Él vivía su mundo de incongruencias y de desvaríos cada día de su vida. Trataba como a un trapo a mi tía y ella sólo intentaba tapar con su sonrisa angelical y sus excusas traídas de los pelos y sus refranes quemados todo lo que el “nene” le hacía, intentando que no haya habladurías ni en el seno familiar y menos aun en el pueblo. ¡Pobre! Nunca lo logró. Todo el mundo hablaba del demonio enfermo de mi primo Facundo; todos sabían la clase de escoria que era; todos sabían a qué se dedicaba, qué hacía y qué no hacía; todos sabían que era un drogadicto asqueroso y todos sabían a las degeneraciones que el enfermo se dedicaba. Gracias a Dios nunca hizo públicas las vejaciones a las que me sometió, o al menos eso creo yo, y con ese pensamiento he vivido hasta este entonces.
Mi tía Coca parecía descansar de una tremenda vida de desilusiones y desamparos. Allí estaba ella, en su ataúd como expresando su conformidad con esta sentencia que le tocaba vivir en otra dimensión de su existir. Y allí estaban todos, los que siempre se reunían para los cumpleaños o para las desgracias, llorando con mucho ruido para que se sepa bien - y quede bien claro - que esa tarde se lloró y mucho por la muerte de la tía Coca. Me daba asco y repulsión tanta hipocresía junta, tanta maraña de falsedades y tanto despropósito desparramado como un vómito sin fin frente a la pasividad de esa pobre mujer que hasta en su estática postura parecía querer disimular esos vientos calientes de la falsía que danzaban a su alrededor como lo había hecho en vida.
Ese día, a media tarde, se hizo un silencio sepulcral repentinamente. Como si se tratara del ingreso de un capo de la mafia italiana, entró Facundo a la casa con aires de Al Capone, enfundado en una arrogancia desmedida y palmeando a los familiares y amigos de su madre como un político vendiendo su campaña. Lejos de ignorarlo y de escupirle sobre el rostro todo el infierno que le hizo vivir a su madre y de refregarle hasta con sangre el abandono que le proporcionó, estas serpientes venenosas lo recibieron como a un príncipe, internándose en los abrazos que él les propinaba, tratándolo como a un ídolo indiscutido frente a las narices de la pobre tía Coca, intentando – sin lugar a dudas – prenderse como garrapatas sedientas a lo que ellos creían como un certero pasaporte hacia un futuro definitivo.