Y tal vez a mamá le sucedió algo similar. Ignorante totalmente de aquel episodio desgarrador, prefirió llevar – vaya a saber por qué cosas del destino – mi imagen de niño metido en sus recuerdos que lentamente se iban desuniendo en sus años hechos trizas.
Ella estaba muy sola. La muerte de papá parecía haberle marcado en la tierra una huella que mamá debía seguir hasta encontrarse con él. Y la desaparición de mi padre trajo un efecto dominó en donde yo no podía quedar afuera del juego: yo también estaba muy solo. Prácticamente no podía contar con mi madre. Ella hacía por ósmosis las cosas en la casa. Parecía un robot deshecho que se levantaba a la mañana y hasta la hora de la siesta hacía las mismas cosas, en el mismo tiempo y de la misma manera, como una obligación vaya a saber para quién.
Y sumado a toda esta situación descuartizada yo no tenía en quién apoyarme fuera de mi hogar. Mi imagen voluminosa y exacerbada, lejos de ser un aliado, se había convertido en mi peor enemigo y me fui mimetizando con esa figura apática, gruesa y sombría que vagaba por el pueblo como un oso solitario y que prefería estar sumergido en su adiposidad y en su oscurantismo antes que entreverarse en la bufonada indiscriminada y en el repudio generalizado.
Magali era la única persona en el instituto que perseguía mi sombra. Una muñeca de cristal, un canto dorado para el alma y un aire sutil y delicado para los oídos. Ella me amaba como al hermano que perdió cuando tenía siete años. Veía en mí a ese niño rubio y regordete que murió entre sus brazos un día de abril, en un otoño gris y desapacible, cuando entró a la habitación de él y notó que su respiración lo había abandonado hacía un buen tiempo. Todos sus esfuerzos cayeron en la nada y gracias al trabajo denodado de sus padres y de algunos profesionales en conjunto con el padre Ernesto, después de unos años, pudo regresar a ser aquella niña preciosa y llena de vida, la cual apareció en mi camino como enviada por los brazos del cielo en los inicios del secundario y de la que sigo enamorado perdidamente, más allá de haber muerto hace tres años ahorcada en su propia habitación, dejando una nota manuscrita casi con sangre y explicando su inutilidad y su incapacidad de sostenerse en este mundo después de no haberse sentido apta de salvar la vida de su hermano.
Su inocencia y el halo de su magia nunca le permitieron darse cuenta del amor que yo por ella sentía. Vivíamos una amistad de cuento de fantasías sin dejar de pisar con firmeza esta tierra que nos albergaba y éramos el uno para el otro en la tristeza, en la alegría y en cada uno de los aspectos positivos y negativos de nuestra existencia. Era el elixir de las heridas cortantes de mi alma y su paz interior y ese espíritu afable y soberbio que vestía su aura radiante, lograban estancar en mí algunos dispersos atisbos de locura y de venganza, que se debatían en mi interior y formaban una guerra disparatada entra la conciencia y el corazón. Me enamoré como un loco perdido. Vagaba como un desquiciado por los senderos de su hermosura y hasta fantaseaba con su carne trepidante mezclándose en el caldo hirviente de mi sangre, noches enteras, y me escondía solitario en la complicidad de mis sábanas que enmudecían ante tamaña expresión de deseo estancado en las cavernas de mi alma.
Pero más allá de ese placer trémulo que me hablaba al oído ella alcanzaba su cometido sin proponérselo por el sólo hecho de que su existencia estaba adornada de ese fulgor y de ese perfume que en ella habitaba. Después, el destino, la vida o vaya a saber que burla macabra trazó una fina línea que, malévolamente, se fue ensanchando y adquiriendo grosores notorios que pudieron con nuestras fuerzas y nos dejaron a varios millones de años luz de distancia, y que veintiún años después, por otra chanza sombría, se comprimió y trajo a mis oídos su dolorosa y triste muerte. En la actualidad, en este presente que hoy me toca vivir, he adquirido su halo de seda para que atesore mi andar por esta vida y, dispuesto a no perderla jamás, he decidido que sea mi ángel guardián por siempre y para siempre. Después de muchos años, una tarde sombría y fresca, decidí sentarme en la plaza central a lidiar con mi soledad. Ya lejos de mi vida Magali, sentía que sólo mi propia presencia podía transformarse en un aliado potente y feroz, la cual jamás me mentiría ni me daría consejos traídos de los pelos, ni falsas expectativas, ni grises esperanzas. Esa tarde mientras alimentaba a las palomas de la plaza un aire denso y certero me atravesó como una serpiente la espalda desde la nuca hasta el final de la última vértebra. Sabía, o podía determinar, que no era una brisa cualquiera que se había levantado intempestivamente. Giré mi cuerpo y un muchacho regordete estaba sentado a mi izquierda, observando la naturaleza que estaba detrás de mis espaldas, opuesta a la que mis ojos veían. Me incliné hacia atrás y él hizo lo mismo, como reparando mi actitud. No pude creerlo. Manuel. Aquel Manuel que apareció como un fantasma en el placar del baño de casa. Aquel que huyó sin dejar rastro y del cual nunca más supe nada. Él sonrió gustoso y me preguntó. -¿Te acordás de mí?
-¡Cómo no me voy a acordar de vos, hermano!, dije con una mezcla de agrado y enfado. Él pareció percatarse de esa mixtura y me dijo.
-Bueno, no te enojes conmigo. Comprendeme. No podía seguir metido en ese placar porque si no me moría asfixiado, en algún momento ingresaba tu mamá o tu papá y me mataban seguro.
Ambos reímos a carcajadas durante un largo rato. Las risas fueron aplacándose como si el polvo de una explosión se fuera desvaneciendo y fuera durmiéndose sobre el césped de la plaza. Manuel fue bajando lentamente y con un halo de vergüenza su cabeza para internarla en lo profundo de su pecho. Yo comencé a delinear mejor a ese niño que una vez supo ser y a otearlo de arriba a abajo, de derecha a izquierda y por todos lados. Manuel había engordado una barbaridad. Estaba tan obeso como yo, sentado en el mismo banco desparramado como una gelatina y sumido en una vergüenza clara, intentando esconder los secretos de su situación.
-Manuel, dije con serenidad, ¿Qué te sucedió?, ¿Por qué engordaste de esta manera?
Hubo un silencio largo. Antes de repreguntar preferí pensar una respuesta mía, una deducción. Un leve alejamiento, como un tic nervioso, me apartó de él. Por un segundo barajé la posibilidad de estar frente a un monstruo persecutor apostado frente a mi vida por tantos años deseando mi suerte. Imaginariamente sacudí mi cerebro y me deshice de un pensamiento tan cruento.
Insistí.
-Contestame, Manuelito, dije con ternura y cuidado. Él me miró y luego sus ojos prefirieron perderse en la naturaleza allá, en lontananza, seguramente buscando un lugar apropiado en donde quedarse y sentirse cómodo para hablar.