Repentinamente me acordé de Manuel. Recordé que lo había dejado escondido en el placar del baño y ya habían pasado muchas horas de eso. Me levanté presuroso pero sigiloso a la vez y en punta de pie me fui hasta el baño para sacarlo de ahí para que él pudiera irse a su casa. Con dedos de cera encendí la luz y entré con una precaución extrema. Tras ello cerré la puerta del baño con mis manos temblorosas a punto de delatarme y le eché pestillo para asegurarme cobijo ante cualquier invasión. Como esperando ver caer un c*****r, abrí silencioso la puerta del placar y me fui asomando en busca de Manuel. Pero ya no estaba ahí. No lo entendía. Revolví los trastos puestos en ese hueco olvidándome de los ruidos que estaba haciendo. Nada. Me quedé tomado de la manija de la puerta perdido en algún recuerdo e intentando hallar una respuesta coherente a esta situación. Nada. En realidad, sí, era más fácil de lo que yo suponía: Manuel aprovechó un hueco, un espacio, un recoveco y, así como llegó, se largó. Por un lado respiré profundo y le di gracias a la vida, pero al mismo tiempo me quedó dando vueltas en la garganta ese sabor agrio de la confusión. Salí del cuarto de baño un poco más distendido y arrojando los miedos por la borda volví a mi dormitorio. Después de un rato mágicamente el miedo se me fue yendo y me dormí con el ruido del coche motor a lo lejos y esa brisa estival ingresando por la ventana y cubriendo mi alma como hacía mucho tiempo no lo sentía.
Papá murió en un diciembre muy caluroso justo dos días después de haber terminado el cuarto año en el Instituto Juan Antonio Machado. Ese año fue uno de los más cruciales en todo mi secundario porque a lo largo de los doce meses tuvimos que lidiar a destajo con la enfermedad de mi padre. Fue un cáncer de pulmón muy severo que se lo llevó definitivamente a pesar de los esfuerzos que hicimos con mi madre, cuidando cada uno de los detalles, respetando los pasos que los médicos nos hacían dar y con él como colaborador número uno, dejando decididamente de fumar y de comerse con papel y todo los tres atados por día.
A pesar de esa crisis pude pasar de año a los tumbos y, en rigor de verdad, gracias a la gran ayuda que todos los profesores me dispensaron y que siguieron paso a paso la enfermedad de papá. También tuve que lidiar con las mismas burlas de siempre que salían de la boca de los mismos estúpidos de siempre, que no dejaban de acosarme y no respetaban, al menos, la situación por la cual estaba yo atravesando con mi familia.
Para ese entonces yo arañaba los ciento treinta kilogramos y salvo un grupo muy selecto de compañeros, para el resto, era la vaca, el lechón, el gordo asqueroso, la ballena hedionda y miles de adjetivos más que me defenestraban dolorosamente y me descalificaban como persona. Al principio, apenas ingresé en el secundario – que rondaba los noventa o noventa y cinco – fue como una condena, una tortura espesa y triste, millares de latigazos a mi cabeza que me horadaban sin piedad y no me dejaban ser ni existir. Me recluía en un silencio muy personal y me valía de cualquier maniobra para pasar inadvertido ante las miradas hostiles de mis compañeros y de otras personas que no tenían que ver directamente con el instituto. Conforme fue pasando el tiempo mis compañeros se fueron acostumbrando al “fenómeno”. Se acomodaron a este ente enorme y flácido, de piernas inseparables y de vientre prominente y caído sobre su falda, que deambulaba por los pasillos largos y sombríos con sus brazos casi en pose de vuelo y su ropa suelta y desgreñada, con sus gafas opacas como si fuese una pequeña pantalla que, al menos, escondía parte de su rostro, y con su tristeza y languidez colgada de su vida como si cargara la muerte del mundo de manera eterna. Era una edad muy difícil y complicada. Las palabras de los pocos que se dignaban a compartir algo conmigo eran como piedras en el agua porque ellos vivían sus locuras de adolescentes plagados de fantasías irrisorias y de llantos desconsolados y de desmayos atroces y de historias inventadas y de dimes y diretes que ocasionaban las grandes y mas batalladas guerras y que al otro día veían danzar la bandera de la paz mundial entre ellos con un olvido total de los muertos esparcidos la tarde anterior.
Un año y medio atrás, un domingo lluvioso y gélido en un invierno desgarrador, Fle y su familia desaparecieron del mapa sin dejar rastros y sin despedirse. Fue muy duro para mi perder a Flequillo de esa manera. Nadie supo nada. Fue como si una nave espacial se los hubiera llevado a un planeta no descubierto todavía. Anduve mucho tiempo averiguando en cuanto lugar podía hasta que la tristeza y la falta de información me enterraron en su cieno. Sólo me quedaba el Sapito que trabajaba como un esclavo de áfrica en una aceitera en Monteverde, un pueblo que se encontraba a doscientos cuarenta y cuatro kilómetros del mío. Al Sapito también se le murió su papá y debido a una severa hemiplejia de su madre, se vio obligado a salir a buscar la vida y halló ese trabajo, en donde los dueños de la fábrica le ofrecieron un cuartito humilde y limpio para quedarse durante la semana y volver a casa sólo los sábados y domingos y así evitar gastos innecesarios, mientras Estela, su mamá, se quedaba acá en el pueblo en compañía de doña Ana, la abuela de Sapito. Todo un drama. Lo cierto es que a Sapito lo veía una o dos veces por mes cuando ambos teníamos un poco de tiempo para dedicarnos porque él no tenía descanso ya que su abuela volvía a la ciudad y Sapito se dedicaba a su mamá las cuarenta y ocho horas que permanecía en su hogar.
Yo, por mi lado, a pesar de todos los desajustes en mi vida con sólo dieciséis años intentaba – contra todos mis obstáculos – terminar de estudiar para comenzar mi carrera de licenciatura en administración de empresas, con el sólo objetivo de proporcionarle una mejor calidad de vida a mamá, que después de la muerte de mi padre, ingresó en un tobogán invisible de silencios y extravíos que despertaron un alerta rojo en mí.
Yo la veía caminar por la casa como un alma errante, metida en su mundo de soledades pero aferrada a una armadura concreta para no torcerse ante mi presencia y ante mi posible falta de rudimentos. Ella me tenía aun en sus pensamientos como aquel retoño que cazaba perdices las tardes enteras junto a Fle y a Sapito. Tal vez yo conspiré contra mi crecimiento también y preferí morirme en ese niño de padres tiernos y rectos pero descuidados al mismo tiempo. Quizás lo mejor para mí fue encarcelarme en el cuero de ese pobre infante vejado y abusado arteramente sin darme cuenta que mi cuerpo y mis huesos iban a estar ajenos a los traumas de mi mente.