SORTEANDO LOS OBSTÁCULOS

1220 Words
Dentro de mi edad y de mi inocencia sabía que para todo había que tomar el camino correcto porque en el alternativo podía perderme y no saber cómo regresar, y el camino correcto lo tomé por el lado del párroco. Él era muy amigo de mis padres pero el secreto de la confesión lo llevaba muy arraigado a sus principios tanto de sacerdote como de ser humano. Manuel aguardaba desesperado. Esperaba con ansiedad esa pregunta que salte de mi boca para darme con su daga filosa la respuesta que se le caía de los labios. ---- ¿Y qué debería cambiar según tus pálpitos?, pregunté escéptico. -Tenés que comer todo lo que encuentres a tu paso, de esa manera va a llegar un punto en que ese cretino va a dejar de mirarte y de perseguirte como una hiena hambrienta al verte deformado, lejos de ese cuerpecito flacucho que tenés ahora. Es la fórmula, te aseguro que no va a fallar. Me parecía un plan descabellado pero al mismo tiempo pensaba en esa frase asquerosa que mi primo me había tirado sobre la cara antes de irse: ”A partir de ahora vos y yo seremos marido y mujer, y cuando yo te precise vos tenés que estar a mi disposición”. Sacudía mi cabeza porque deseaba que ese pensamiento desapareciera lo más rápido posible de mi mente. No lo quería ahí, dando vueltas y triturándome por completo. Caminaba sobre una sola baldosa del baño pensando como continuar, imaginando mi presencia allá, en el patio, mirando a mamá a los ojos y ocultando este secreto y exponiéndome a que me acechen con preguntas porque se iban a dar cuenta de que mi comportamiento estaba cambiado y que mi caminar no iba a ser el de siempre y que mis pensamientos estaban extraviados y que mi cabeza iba a estar divagando por cualquier lugar y no por donde debería estar… ¿Cómo hacía para salir al patio y encontrarme cara a cara con este endemoniado? ¿Cómo hacía para disimular la situación con once años ante cincuenta personas que me conocían mejor que nadie en este mundo? ¿De qué forma tendría que llevar este tormento sobre mis hombros hasta el final de la fiesta y cómo proseguir por esta vida cargando semejante daño? Y la pregunta crucial: ¿cómo me quitaba a este depravado de mi vida con todas las amenazas que me había esputado en la cara como un vómito? Mis únicos aliados eran mis lágrimas y mi amigo Manuel que seguía inflexible a mi lado dándome al cien por cien su apoyo incondicional. -¡Manu! ¡Manu, mi cielo, ¿estás ahí? Era mamá. Le pedí a Manuel, mi amigo, que volviera al placar y se quedara ahí hasta que yo pudiera solucionar algo o, al menos, ordenar un poco la situación. Él no emitió palabra alguna ni se opuso y en silencio, casi retrocediendo, se metió de nuevo al placar. -Estoy yendo, mamá, dame un minuto, le dije con un tono alto y tratando de disimular el temblequeo que aun persistía en las paredes de mi garganta. -Bueno, no te demores, me dijo con su boca casi apoyada en la cerradura. Es hora de soplar las velitas. Sólo deseaba pegarme un tiro en el medio de mi cabeza y terminar con este tren de mentiras y engaños y cosas ocultas y oscuras. Miré el placar y las palabras de Manuel se me vinieron como un alud a la memoria. Algo debía hacer. Algo debía inventar y salir airoso de toda esta mierda en la que este mal nacido me había metido. Dentro de la marejada estaba tranquilo y sabía que podía manejar esto con total naturalidad. No sabía hasta cuando, pero mientras me durara la carga – como las baterías – haría todo lo que estaba a mi alcance para salir ileso e indemne de toda esta locura. Entre ellos – mis familiares, incluidos mamá y papá – usaron la indiferencia y el descuido, sumado a mi primo que me manipuló con su psiquis enferma y sus patrañas abusivas. Yo debía usar la inteligencia, el orden y la astucia para sortear este obstáculo pesado. En el camino hacia el patio fui dibujando en mi cabeza todos y cada uno de los pasos que debía dar. Tenía que cometer los menores errores posibles porque más allá de esa notoria despreocupación que se aspiraba alrededor mío, mis padres no eran ningunos estúpidos y, ante cualquier giro abrupto de timón, me caerían encima como un montículo de ladrillos. Respeté cada uno de los trazos que, obsesivamente, mamá había marcado en un papel para llevar a su gusto la fiesta. Los cincuenta estaban alrededor de las mesas unidas canturreando la canción del festejo y yo me fui aproximando para soplar las velitas con una sonrisa que, gracias a la Virgen, ocultaba mis ojos agrietados y mis expresiones demacradas. Luego de los saludos de rigor y de los deseos falsos de buenos augurios y de expresiones de futuros promisorios y toda la perorata que venía acarreada detrás de eso, continuaron en su salsa, bailando sus tangos y festejando hasta cerca de la cinco de la mañana. A mí no me quedó otra opción que inmiscuirme en ese fango de porquería para evitar cruzarme con Facundo o sentirme intimidado por él a lo largo de toda la noche o hasta que a estos se le ocurriera desaparecer de mi casa. El infeliz se la pasó toda la madrugada martillando mi cerebro con su actitud muda a la distancia, haciéndome recordar con su manejo desalmado y silencioso, cada una de las situaciones vividas en mi habitación. Yo sentía que el odio me invadía. Le rogaba a Dios que hiciera cambiar el tiempo y que una tormenta de dimensiones trajera un rayo inmenso y se lo incrustara en medio de la cabeza para verlo disgregarse en el suelo como si fuera la peor bestia satánica del universo. Me puse a jugar a los juegos ridículos que inventaban mis primas, metido en los calzones de ellas como si fuera realmente un maricón. Como si se asemejara a un pedido inclemente la celebración pasó rápidamente y todos se fueron cuando el sol comenzaba a despertar detrás de las montañas y el aire fresco de la mañana ronroneaba en las copas de los árboles. Papá y mamá se fueron a dormir porque estaban deshechos de tanto trabajo durante todo el día y de semejante ajetreo durante la noche y gran parte de la madrugada. Yo no quería entrar en mi cuarto. Sentía que el diablo estaba aguardando infranqueable en su sillón maldito deseoso de mi sangre. Me daba asco hasta de mí mismo por no haber sido capaz de arrancarle sin piedad a mi primo la tráquea con la furia de mis manos en ese momento. Pero el sueño remoloneaba dentro de mí y se me hacía ya más difícil mantener las formas parejas. Entré temeroso como si supiera que alguien detrás de la puerta estuviera anhelante ante mi ingreso. Sin levantar la mirada me desvestí con velocidad y con la misma vehemencia me interné en la cama, tapado hasta los dientes y me quedé entregado al guadañazo final, observando la pared e intentando descubrir con recelo la sombra del hacha directo a mi cabeza. 
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