LA CITA

1208 Words
Preparé todo y lo dejé dispuesto en la puerta de entrada del galpón para tomarlo por la noche y terminar con este otro demonio que se me cruzó como una burla en la vida. Sabía que mamá no iba al galpón ni por todo el oro del mundo, y sólo cuando se antojaba con salamines o quesos, yo la acompañaba a buscarlos en la heladera donde guardábamos los fiambres.  Media hora antes de las diez me empecé a preparar para la cita con Manuel. Me temblaba todo el cuerpo como si miles de manos me hicieran cimbrar de pies a cabeza porque él también estaría armado para su propósito desquiciado. Tenía un plan, estúpido, pero plan al fin y al cabo. La idea era hacerle creer que lo de la noche anterior había sido sólo un mal entendido producto de su proposición, pero que aceptaba el pacto porque, después de analizarlo toda la noche, había llegado a la conclusión de que su sugerencia era la única salida probable a nuestros problemas sin resolución. Otra cosa no se me cruzó en toda la noche y preferí aferrarme a ese plan para no andar barajando posibilidades y darle la oportunidad de la duda y así, anteponerse a la situación. Le dije a mamá que me iba a cenar a lo de Fle y que en un par de horas estaría de regreso en casa. Mamá estaba perdida en un programa que enseñaba diferentes clases de puntos y tejidos, pero alcanzó a escucharme, y sólo estiró su boca carnosa sin despegar los ojos del televisor para despedirme con un beso fuerte en mi cachete carnoso. Preferí ser precavido y manejarme en consecuencia. Fui hasta el galpón, tomé la escopeta y me dirigí directo al bosque de los ciervos. Al cerrar la tranca alcancé a ver a mamá por el espacio que dejaban las cortinas amarradas y una saliva de proporciones retumbó en mi estómago malamente. Giré y me fui. No podía arrepentirme. Era terminar con él u otro infierno terminaría de destrozarme la existencia. Llegué al bosque de los ciervos a las diez de la noche en punto. Temblaba como una hoja y con cierto fingimiento cuidaba mis espaldas. Aguardé unos cuantos minutos, pero Manuel no daba señales de vida. La cabeza me trabajaba a una velocidad inusitada. Pensaba miles de opciones al mismo tiempo, las cruzaba entre ellas y las volvía a descruzar sin dejar de otear con el rabillo del ojo para no caer en sorpresas. La escopeta la había dejado parada sobre el césped y apoyada en el banco de piedra para que no mal interprete una jugada previa y se convenza así de mis buenas intenciones. -Viniste, dijo su voz desde algún lugar que no podía establecer. Se mostró. Yo lo observé con tranquilidad sin dejar que mi mirada le transmitiera otra cosa que no sea eso. -Sí, Manuel, vine, dije apocado, pero no entregado. -¿Y qué te hizo cambiar de idea? preguntó como hurgando en la temperatura de mi aliento. -Que tenías razón, respondí firme. -¡Ah! ¿Ahora tengo razón? Anoche no pensabas lo mismo, agregó con tono sarcástico. -Es que me viniste con un planteo muy peculiar, Manuel. Y proseguí:- "Comprendeme así como yo te entendí cuando no quisiste meterte mientras mi primo abusaba de mí-". No iba a dejar que manejara él la situación a su antojo.  -¿Y qué esperabas que te proponga, casamiento, como te propuso Facundo? Un hervor infernal me movió los esquemas pero inmediatamente me repuse y no le di tiempo a que se tomara de eso. -Obviamente que no, Manuel, pero no podés pretender que tome una cuestión de semejante envergadura con una naturalidad como si se tratara de cualquier cosa. Flotó un silencio n***o en la oscuridad reinante en el bosque de los ciervos. Nos miramos fijamente y parecía que ninguno tenía argumentos para continuar.  -Bien, dijo cortantemente ¿estás dispuesto entonces a que sellemos ya, aquí, nuestro pacto? preguntó con altanería. -Creo que es lo mejor, Manuel, respondí. – Creo que es lo mejor para los dos. Estamos como dos almas en pena, de aquí para allá, buscando un lugar en el mundo, desde hace muchos años, y todo parece caer en un saco roto hacia un vacío sideral-. Manuel se acercó a unos escasos metros. Sin que él lo notara le eché un ojo a la escopeta para tener un cálculo más cercano a la hora de actuar. -Usaremos tu escopeta, dijo. -Está bien, no hay problema, respondí. Al verlo desarmado rápidamente levanté la doble caño y le apunté a la cabeza. -No hagas un solo movimiento, le ordené mientras mis manos sudaban a destajo en la fresca noche. Él quedó petrificado con su cuerpo arqueado hacia atrás. De pronto se repuso y con un movimiento brusco metió la punta de la escopeta en su boca. -¡Dispará, dispará cagón de mierda! ¡Dispará si tenés huevos obeso de porquería!, me gritaba con una violencia extrema en su voz. -¡Callate la boca, basura! ¡Callate la maldita boca!, le escupí bajo un coctel de miedo que me estaba desordenando por completo. -¡Por eso has llegado hasta este punto sin haber conseguido nada! ¡No servís ni para apretar un puto gatillo! ¡Por eso te cogieron porque ya te olían el perfume de marica que tu piel despedía! Un grito desgarrador brotó en la noche desde algún punto. Volteé mi cuerpo y Fle corría como loco hacia donde estábamos con Manuel. Lo veía cada vez más cerca aullando: ”¡No! ¡No Manu!”... Volví mi mirada a Manuel y le descargué un cartucho en la boca antes de que Fle me detuviera. Fle llegó justo y se aventó sobre mí. Ambos caímos al césped húmedo y nos golpeamos contra el banco de piedra. A unos cinco metros Manuel yacía muerto sobre el césped con la cabeza deshecha y un mar de sangre alrededor. Me puse de pie y largue - como un vómito atorado por años - un llanto desgarrador que se oyó hasta en las heladas montañas. Fle me abrazó y me dijo:” Ya pasó, amigo, ya todo pasó". Mamá  sostenía mi brazo izquierdo con una mano y de la otra pendía un rosario color marfil que mi abuela Catalina le había regalado para su comunión. -Hola, me dijo suavemente. -Hola, vieja, dije con la voz cortada intentando averiguar en donde me hallaba. Ella pareció darse cuenta de eso.  -Estás en la clínica del Doctor Russell, dijo mamá despejando todas mis dudas. -¿Y qué hago acá?, pregunté con cierto desvarío.  -Es sólo un chequeo, hijo. Viviste una situación poco agradable y sufriste un desmayo. Te trajimos aquí y el doctor ordenó una serie de análisis para despejar cualquier duda. Es sólo eso. La puerta de la habitación se abrió. Era Fle. -¡Hey, amigo mío! ¿Cómo estás, hermano?, preguntó con una alegría que lo desbordaba. -Bien, creo, dije todavía sumido en mis delirios momentáneos. -Los dejo un instante así conversan, dijo mamá y le cedió el asiento a Fle. -Marga, justo te iba a decir que Russell necesitaba verte.  -¡Ah! bárbaro. Yo también necesitaba verlo.
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