EL PACTO

1214 Words
Con el correr de los meses nuestras idas al correo central fueron estirándose cada vez con mayor asiduidad y la conexión con Sapito, por ende, fue adquiriendo una distancia importante hasta el día de hoy que, como mucho,  nos hablamos una vez al año. Mi condición física y orgánica se hallaban en una pendiente peligrosa. Para ese entonces ya superaba los ciento ochenta kilos y en rigor de verdad todo se me hacía cuesta abajo. A mamá, que ya pisaba los sesenta y cinco años, se le dificultaba darme una mano precisa. Si bien era todavía una mujer joven, con vigor y ansias de seguir adelante pese a la desidia que arrastraba desde la muerte de papá, estas tareas le daban más de un dolor de cabeza y se transformaba en un estorbo más que en una ayuda. Yo debía, prácticamente, luchar a destajo solo con mis urgencias a todo nivel y Fle tenía sus obligaciones primero antes de venir a casa a echarme una mano. Una noche antes de dormirme sentí ruidos extraños cerca de mi ventana. Debo reconocer que muchas noches me perseguía la imagen de Facundo y hasta fantaseaba con su presencia cerca de mí. Pude ver una sombra que merodeaba el sector inmediato a la ventana y, como desde las tinieblas, apareció Manuel, que a esas alturas estaba tan gordo como yo. Casi me estalla el corazón al verlo como un fantasma acechando a esas horas de la noche, asomándose a la ventana con una sonrisa, disimulando la incomodidad. -Hola, me dijo en voz ultra baja. -¿Qué hacés como un ladrón a estas horas?, le pregunté. -Nada, o sí. Necesitaba hablar con vos. Es urgente. Me levanté como pisando el aire para no activar el oído celoso de mi madre. Lo ayudé a entrar y lo invité a sentarse en la cama. -¿Qué sucede, Manuel?, le pregunté presuroso y ansioso. Noté un Manuel con un semblante diferente al de otras ocasiones, duro, recto metido en una mirada esquiva pero precisa. -Hoy fui al médico, contestó. Y prosiguió: –"No tengo mucho tiempo. Los análisis dieron todos mal y prácticamente estoy sentenciado"-. Lloraba y un nudo atroz se me instaló de prepo en las comisuras de mi garganta. Sufría el momento desparramado como una gelatina deshecha en la punta de mi cama. No tenía consuelo y se mostraba entregado a los designios de la vida. No podía sobrellevar más esta carga pesada sobre sus hombros y se le hacía dificultoso continuar respirando el aire de los mortales.  -Yo estoy muy mal también. Todos los estudios son un horror y si no pongo un poco de mí en todo esto irremediablemente el ocaso es mi destino final, le dije para que la pesadumbre le cayera con menos rigor sobre su cabeza. Yo me mordía los labios para no poner una cuota más de drama y tensión a esta charla, pero Manuel se disolvía como una manteca hirviente en su caldo de dolor. -Tenemos que hacer un pacto, Manu, me dijo con personalidad y fuerza. -¿Pacto? ¿Qué clase de pacto? ¿De qué me estás hablando? pregunté con cierto miedo a su propuesta. -No podemos seguir así, Manu, abrió la proposición apoyando su mano sobre mi hombro derecho: –"Esto ya no es vida, sólo somos dos seres amorfos que nos estamos destruyendo día tras día, mes a mes, año tras año. No tenemos expectativas de nada; no tenemos futuro, no hay proyectos en nuestras vidas y nuestro destino ya está trazado. Sólo nos resta sentarnos a esperar la guadaña caer sobre nuestras humanidades y listo. Pensalo bien, Manu, nada de esto tiene sentido ya. Magalí está haciendo su vida vaya a saber Dios en donde; Sapito se fue a buscar su propio destino a otra ciudad porque sabía que acá las oportunidades  son para unos pocos y nosotros dos no entramos ni en esos pocos. Sonaba tan lógica su presentación que no me animaba a meter bocadillo alguno, pero al mismo tiempo, la piel se me erizaba como en los peores días de invierno. Seguí escuchándolo hasta ver a dónde llegaba. -Te propongo que nos reunamos en el bosque de los ciervos y sellemos ahí nuestro destino. -¿Qué me estás…? Me tapó la boca con su manaza de oso y no me dejó terminar de confeccionar mi pregunta.  -¡No te apures!, me dijo con una tranquilidad que olía extraño: –"Pensalo, Manu, no hay más opciones para nosotros ¿qué vamos a seguir haciendo en este mundo de mierda? ¿hasta cuándo vamos a continuar aguantando las soledades, los desplantes, las burlas y, por sobre todo, las garras de este animal hambriento que convive con nosotros? Basta, Manu, ya es suficiente.  Me quedé mirándolo con la boca entreabierta. Nunca en todos estos años se había dirigido a mí en un tono tan autoritario y con aires de maldad. La irritación desmedida me hizo dar un salto de la cama y lo tomé con furia del brazo, al tiempo que él me observaba con un susto enorme. -Te vas ya de mi casa, le dije con firmeza y enfundado en una bronca extraña en mis comportamientos. Era tan pesado como yo y debí luchar a destajo para llevarlo de nuevo hacia la ventana. Logré sacarlo valiéndome de la maña y la destreza que aun me quedaban de mis tiempos más tranquilos, y una vez fuera de la habitación me dijo. -Mañana a las diez de la noche en el bosque de los ciervos o tu mamá va a saber quien fue realmente su sobrino Facundito y las cosas a las que se dedicaba y a quien amaba con locura. Huyó como los ladrones, esta vez sí. Me quedé parado al pie de la ventana masticando los insultos más atroces y maldiciendo a este enfermo mental que durante años me quemó la cabeza y me llevó a los peores lugares y me hizo convertir en lo que él es hoy, torturándome con sus consejos y con las soluciones más acertadas. Me senté en la cama y reflexioné. Tomé un poco de aire y me dispuse a poner la mente en paños frescos. No podía permitir que este loco se encargara de derrumbar un secreto que había guardado  celosamente durante tantos años al quererle contar a mi madre toda la verdad. Y sabía o suponía al menos que lo iba a intentar para amargarme la vida y para que caiga en su juego perverso de terminar cobardemente con todo esto por no saber hallar un camino correcto para pretender un escape. Apenas el sol se asomó detrás de las montañas me levanté con cautela para que mamá no lo advirtiera. Sabía que en un  par de horas ella ya estaría regando el patio y con todas las pilas como cada día de su vida. Aun mantenía en óptimas condiciones la escopeta de doble caño que mi abuelo paterno me había obsequiado cuando cumplí diez años, con la cual nos dedicábamos a cazar perdices para después venderle las plumas a Doña Pura con Fle y con Sapito. Estaba decidido. No me importaba pasar el tiempo que sea en prisión, pero no iba a permitir que Manuel vomitara todo mi historial en las narices de mamá. 
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD