EL KARMA

1259 Words
Una mañana de un viernes de Mayo, frío y desolado, oí a mamá desarmarse en un llanto desgarrador. La oía desde el baño, mientras me preparaba para ir al cardiólogo, bajo lágrimas que me recorrían la carne como si se tratase de arañas hambrientas. Velozmente salí y me puse algo ligero. Desde el baño no podía darme cuenta en dónde se encontraba la vieja, pero una vez fuera la vi a través de la ventana del comedor parada a metros de la tranquera rodeada de algunas personas que no podía distinguir quiénes eran. Salí y me dirigí hacia la entrada y lentamente fui cayendo en los rostros a medida que me iba acercando. Junto con mamá estaban la tía Clementina y el tío Hilario sumidos en una depresión horrorosa y con sus párpados hinchados de tanto llorar. Mamá al percatarse de mi llegada buscó rápidamente cobijarse en mis brazos. Se enterró en mi humanidad y ya se la sentía con el sollozo cansado y la carraspera a flor de piel. -¿Qué sucede, viejita, por qué lloras de esa forma?, pregunté inquieto por una respuesta rápida. Sinceramente me asustó porque pocas fueron las veces que la vi llorar de esta manera. Intentó con un esfuerzo sobrehumano darme una explicación, pero la angustia no la dejaba expresarse normalmente. -Estamos destrozados, hijo, abrió tía Clementina con su clásico e inconfundible aliento a perro, pero visiblemente consternada al igual que Hilario que se mostraba dolido pero en una posición más expectante. Mamá no paraba de llorar. -¡Pero digan que pasó!, dije con una dureza camuflada haciendo hincapié en la parsimonia con la que se estaban manejando. -¡Se nos fue Facundito!, respondió mamá con una voz cavernosa salida de entre sus tinieblas:- ¡Falleció tu primo hijo! - . Las piernas se me aflojaron como si fuesen de un barro húmedo y putrefacto. La noticia me revolvió el estómago y sentí ganas de vomitar y me costaba sobremanera disimular el gesto agrio distinto a la mueca del dolor. Ellos no lo notaron porque persistían en las entrañas de sus dolores, mientras yo abrazaba con más ahínco a mamá para buscar un refugio certero a mi inexpresividad. -¡Pobrecito mi ángel!, murmuró mi madre con su boca pegada a mi pecho asordinando sus palabras: - "¡Tanto que luchó para conseguir sus propósitos, para establecerse, para que un hijo de mala madre le corte las piernas! ¡Tan jovencito que era mi nene para terminar de esa forma!" -. Evidentemente parecía más grave de lo que suponía. Alcancé a interpretar que había sido asesinado pero debía corroborarlo. -¿Qué le pasó?, pregunté con poca sensibilidad pero ciertamente golpeado por la noticia. -Lo encontraron muerto en el sillón de su oficina con un disparo en la sien, respondió tío Hilario dentro de sus formas oscuras y con ese sonido gris detrás de su tono vocal. Y continuó: -"Al principio barajaron la hipótesis de un s******o porque en su mano izquierda hallaron el arma de donde, en teoría, salió el balazo, pero las últimas novedades que llegaron ya están hablando de un homicidio. Incluso se han referido a ajustes con grupos mafiosos o de esa índole…" Mamá lo cortó en seco. -¡Qué grupo mafioso ni ocho cuartos, Hilario, por favor!, expresó caliente como pocas veces la había visto a mi madre: –"Facundito era un ejemplo de persona, un joven sobresaliente que el único pecado que cometió fue despegarse un tiempo de su madre – que Dios la tenga en su santa gloria – para armarse un futuro y así seguir sosteniendo a esa pobre mujer". Mis oídos parecían sangrar en silencio ante cada palabra de mi madre y mi corazón sonaba a un tren descarrilado al tiempo que sentía pena y dolor por ella y un deseo infinito de gritar en ese momento la verdad dormida de este descarado hijo de puta que había pasado por esta vida vendiendo panfletos de su comportamiento como si se hubiera tratado de la mismísima madre Teresa de Calcuta. Pero haber gritado a los cuatro vientos esas verdades hubiera desatado un sinfín de torbellinos que sólo hubiera matado a mamá de un disgusto y me hubiera enterrado a mí por haber difamado a un ser tan iluminado y triunfador como era mi primo Facundo. No me convenía. Y no servía. Esa noche no pude dormir. Las noches subsiguientes me las pasé dando vueltas y vueltas sumergido en uno de los cuestionamientos más demoledores de mi vida: Y ahora, ¿Cómo sigue todo esto? Él ya nunca más estaría entre nosotros; jamás volvería a interrumpir los sueños de las personas ni se atrevería a desparramar su indolencia y su suciedad por los vértices de nadie, ni se animaría a volcar su enajenación sobre las fragilidades expuestas o las debilidades que él aspiraba con gran audacia y tino, ni se relamería en las expresiones dolientes de sus víctimas, ni trazaría nunca más los destinos de los pobres imbéciles que se cruzaban en su camino de llamas o que elegía con su índice malévolo. Ya nunca más. Pero sus muñecos extirpados de vida y de felicidad sí iban a quedar aquí en esta vida de miserias atormentados por las escrituras de su maldad, rendidos a un vivir de fusta negativa, perseguidos por el halo de la incertidumbre, la infelicidad y la desdicha. Claro, el señor tuvo la fortuna de irse en silencio (como podría pasarle a cualquier hijo de puta que ande derramando malicia en este mundo y bien merecido lo tendría) y dejar varados en este océano de locura y crueldad a sus pobres esclavos de su lujuria. Para él todo fue fácil en esta vida. Será que uno debe convertirse en un ser demoníaco para pasarla bien e irse sin culpa alguna. Ese fue el karma con el que empecé a arrastrarme a partir de la muerte de Facundo, la carga descomunal con la que tuve que lidiar con mi vida después de que este engendro del demonio se fuera como se lo merecía y me dejara muerto en vida mientras él se llevó consigo sus inmundicias y  una de las pocas armas con la que yo iba a defenderme en el pasar de mi destino. Mis complicaciones cardiovasculares y el desequilibrio general de mi estado de salud se iban agravando con el correr de los años y hacía mis visitas médicas cada vez más regulares. Mamá era incondicional conmigo y Fle dividía su tiempo entre su familia, su madre y yo. Para esa época ya hacía unos cuantos meses que había muerto Estela, la mamá de Sapito. Fue desbastador para Luis, como era en realidad su nombre, perder a su madre luego de una lucha titánica contra un cáncer de colon, por lo que después de su deceso, Sapito tomó la decisión de alejarse definitivamente del pueblo e instalarse en Monteverde en donde trabajaba desde muy joven. Para nosotros la ida de Sapito fue una situación muy triste por todo lo que habíamos vivido desde niños, pero yo era un convencido de que la vida se encarga de los ramales de nuestros destinos y a veces huelen a un dolor inconmensurable. Muy de vez en cuando nos llegábamos con Fle hasta el correo central y después de interminables esperas lo hablábamos por teléfono a la aceitera en las tandas de salida a los almuerzos y cruzábamos unas cuantas palabras en pocos minutos para no quitarle el recreo merecido después de una mañana agotadora en una fábrica de esa envergadura.
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