—Deténgase, señorito Christopher —dijo en un tono sarcástico el director. Estoy parado en la puerta a punto de pasar las fronteras hacia la libertad y me ha pillado. Me doy la vuelta para ver su rostro sonriente, su rostro triunfante y regordete que delata su dicha. —Dígame mi querido director, ¿En qué puede servirle esté humilde estudiante? —le respondí en el mismo tono y sus ojos brillaron de furia. —No deberías hacerte el chistoso jovencito —agregó entre carraspeos su voz gruesa, volviendo a su postura de director. —¿Dónde quedó la formalidad? —pregunté entre dientes. No alcanzó a escucharme, o eso pienso porque ladeó su cabeza y se quedó momentos mirándome fijamente. —Puede ir al área de limpieza, tome un trapeador y quiero ver estos pasillos brillando como pista de baile —cantur

